CALLES SIN MÁCULA

Mientras insistamos en poner nombres de persona en el nomenclátor de nuestras ciudades, es imposible que existan calles sin mácula. Por mucho que se eliminen los nombres del pasado y se coloquen otros del gusto actual. Ninguna persona tiene una trayectoria intachable; las personas evolucionan y cambian: es la propia naturaleza humana

VIRGINIA LÓPEZ DE MATURANADOCTORA EN HISTORIA

El historiador británico Richard J. Evans, autor de una excelente trilogía sobre la Alemania nazi, escribía en el prefacio del primer tomo titulado ‘La llegada del Tercer Reich’: «Me parece impropio que una obra de Historia se permita el lujo del juicio moral. Es, por una parte, antihistórico y por otra, arrogante y presuntuoso. Yo no puedo saber cómo me habría comportado si hubiese vivido bajo el Tercer Reich, aunque solo fuese porque si hubiese vivido entonces, habría sido una persona diferente de la que soy ahora». Desde que leí estas palabras, las grabé en letras de oro, sobre todo teniendo en cuenta que desde hace ya unos cuantos años me dedico al estudio de la dictadura franquista, una etapa histórica reciente que, como es lógico, aún duele a muchos de quienes la padecieron. No dudé en plasmar la reflexión de Evans en el informe sobre los vestigios de la Guerra Civil y la dictadura franquista encargado por el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz y que ahora algunos colectivos de memoria histórica tachan de «escándalo» porque «pretende edulcorar el franquismo».

Antes que nada, quiero destacar que dicho informe es fruto de años de trabajo en archivos locales y nacionales. El informe que entregué está repleto de notas al pie que indican el origen de la fuente para que el lector pueda acudir al archivo correspondiente y comprobar el documento concreto. A esto cabe añadir la bibliografía específica que incluí en dichas notas y en sus últimas páginas. Sin embargo, hasta el momento en que se me encargó esa tarea, el Ayuntamiento venía trabajando con cuatro informes elaborados por uno de estos colectivos que ahora desprecian mi labor académica. De esos informes, solamente uno contiene una nota al pie de página -sin una referencia que permita comprobar la veracidad de sus afirmaciones-, y ninguno de ellos una bibliografía. Esto les permite asegurar a la ligera, por ejemplo, que los sacerdotes cuyos nombres figuran en la base de la cruz de Olárizu estaban «alistados en el bando golpista», cuando esto no es cierto, y es comprobable en archivos y bibliografía relativa al tema. De hecho, de los doce sacerdotes que figuran en la base de dicha cruz, ocho fueron ejecutados en Bilbao en los barcos prisión Cabo Quilates y Altuna Mendi entre septiembre y octubre de 1936, otro en la cárcel de Los Ángeles Custodios, dos fueron asesinados en las inmediaciones de su domicilio tras ser detenidos y un último apareció en Liendo (Cantabria). Por tanto, ni uno solo pudo alistarse «en el bando golpista», cuyo territorio ni siquiera pisaron, al ser asesinados antes de que estas zonas fueran conquistadas por los sublevados.

Este es solo uno de los muchos ejemplos que confirman la falta de rigor histórico de esos informes. Por eso he venido insistiendo desde hace ya tiempo sobre la necesidad de contar con la presencia de historiadores en el grupo de trabajo sobre la memoria histórica del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. Y es que «si la Universidad abandona el terreno, quienes lo aprovechen para abonarlo lo harán con herramientas ajenas a la Historia» y construirán su propio relato (Javier Gómez Calvo: ‘Matar, purgar, sanar. La represión franquista en Álava’).

Un criterio claro

En el controvertido debate sobre las calles con origen en el franquismo, he dejado siempre clara mi opinión: no pueden pervivir entre nosotros nombres ligados a un régimen dictatorial (por ejemplo, Franco, División Azul o Carlos VII) que, por otro lado, ya fueron revocados tras la constitución del primer Ayuntamiento democrático en 1979. Sin embargo, existen una serie de personas con una trayectoria «compleja o ambigua, imperfecta», a la que se concedió un determinado reconocimiento «por lo bueno que hizo y a pesar de lo malo», en palabras del escritor Javier Marías (El País Semanal, 8-X-2017). Tal es el caso del alcalde Pedro Orbea (1949-1951), importante empresario local a quien el Ayuntamiento concedió calle en 1976 por haber presidido el Deportivo Alavés y haber contribuido, entre otras cosas, «al prestigio industrial de nuestra capital y a proporcionar buen número de puestos de trabajo», tal y como se refleja en las actas del Ayuntamiento. Lo mismo sucede con José María Díaz de Mendívil (y no Mendibil) a quien, tras acercarse al PNV durante la República, fomentar el euskera en la provincia dirigiendo el Grupo Baraibar de Eusko Ikaskuntza, impulsar la fundación de la Sociedad Excursionista Manuel Iradier y ser presidente de la Diputación Foral de Álava entre 1938 y 1943, se le concedió la medalla de la ciudad en 1949 y una calle en 1977, por «la introducción de notables mejoras en el campo agrícola alavés». El hecho de que se reconociera su labor en la etapa inicial y final de la dictadura refleja la importancia de su trayectoria como ingeniero agrónomo. A ambos les correspondió ser testigos de un contexto histórico que es muy fácil juzgar con criterios actuales.

No obstante, me resulta significativo que quienes abogan por eliminar los reconocimientos a personas que vivieron la etapa de la dictadura franquista, no se hayan preocupado por someter a este revisionismo a otras que vivieron en el contexto de otra dictadura, la de Miguel Primo de Rivera (1923-1930). Pero, claro, esto actualmente no vende.

Mientras insistamos en poner nombres de persona en el nomenclátor de nuestras ciudades, es imposible que existan calles sin mácula. Por mucho que se eliminen los nombres del pasado y se coloquen otros del gusto actual. Ninguna persona tiene una trayectoria intachable; las personas evolucionan y cambian: es la propia condición humana.

Por último, y hastiada de cuanto se está diciendo sobre mi trabajo, invito a los autores de los otros informes que llegaron al Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz a hacerlos públicos para que la sociedad vitoriana pueda leerlos y valorar ambos con objetividad. Como dijo Evans, el historiador debe ser honesto y dejar de lado la propaganda.

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