La boutique ilustrada de la vitoriana Natalia Albéniz

La tiendita reciclada en estudio recuerda a la habitación de una adolescente desde el escaparate./Igor Aizpuru
La tiendita reciclada en estudio recuerda a la habitación de una adolescente desde el escaparate. / Igor Aizpuru
Efectos espaciales

Heredó la tienda de modas de señora de su familia. Allí, entre musas en rebequitas de perlé, encontró inspiración para sus audaces ilustraciones

Jorge Barbó
JORGE BARBÓ

Guapísimas ellas, gastan mirada seductora y peinan melenón rubio como de valkiria vikinga con laca. Las modelos son jóvenes pero visten ropa de señora muy enseñorada, con trajes de chaqueta, rebequitas de perlé y vestidos adamascados hasta acabar generando un efecto extrañísimo: todas parecen un clon de Norma Duval. Ellas, desde allá arriba, desde lo más alto de los estantes, con su actitud de sofisticada 'diva chic' de cartel publicitario, divisan el trabajo de la ilustradora Natalia Albéniz (Vitoria, 1989). Son sus musas involuntarias en la boutique ilustrada.

En la misma mesa donde las clientas pasaban las páginas de esos catálogos de las colecciones de otoño-invierno, soñando con qué abrigo iban a impresionar más por las calles de Judimendi. Sobre ese mismo cristal trabaja ahora la joven ilustradora, uno de los talentos emergentes de la escena gráfica vitoriana. Es una tía con suerte. Decidió pintar su futuro con carboncillos, acuarelas y rotuladores de colorines. Y su familia, lejos de disuadirle de aquella idea, en lugar de venirle con el cuento de que la de pintamonas no es una profesión de futuro, no sólo le animaron a colorear su carrera laboral: le dieron el papel, le sacaron punta a los lápices y hasta le pusieron estudio. Cuando su padre decidió echar la persiana de la tiendita de moda de barrio que llevaba tres décadas regentando, quiso que su Natalia de sus entretelas podría aprovechar el espacioso local, que sigue conservando el toldo marrón.

La nueva inquilina, una dulce y cándida Amèlie en el 'tête à tête' y toda una punk destroyer al rotulador, plasma en sus libretitas de gramaje grueso su personalísima visión de la actualidad. Sus ilustraciones sorprenden y escandalizan un poquito desde el escaparate, el mismo que antes su padre mantenía siempre con los cristales impolutos para lucir las colecciones y atraer, como moscas a la miel, al personal con vistosos cartelones en época de rebajas.

Tres rincones del lugar de trabajo de Natalia Albéniz. / Igor Aizpuru

En las estanterías, donde antes se amontonaban jerséis de cuello vuelto, ahora se apilan fanzines modernillos, como ese del 'Colectivo Cerdas' en el que participan una quincena de creadores locales. También por allí se ve uno de esos 'san pancracios' que, más por pura superstición que por devoción, se acostumbraban a colocar en los negocios para animar la caja. Junto a un Olentzero que fuma en pipa se acumulan rotuladores y lápices de colores –de todos los colores– y una cajita etiquetada con un 'mierdas varias' que deja poquísimas dudas sobre el escaso interés de su contenido.

Fisgando entre sus papeles, aparece el cuadernito en el que la artista toma apuntes para las oposiciones que está preparando –¡condenado pluriempleo del artista millennial!– y hasta en esas unidades pedagógicas y esos aburridísimos temarios subrayados en fosforito se respira la huella de una creativa, con dibujitos al margen y tipografías 'cuquis'.

En un rinconcito, justo al lado de un radiador eléctrico que apenas consigue caldear la vieja tienda, Natalia guarda el carrito de la compra que utiliza para llevar de acá para allá sus bártulos y que le ha valido el apodo familiar, tan cariñoso como políticamente incorrectísimo, de 'mi indigente favorita'. Y el mayor ejercicio de voyerismo, casi morboso, llega al meter las narices en los probadores de la boutique ilustrada. Allí, donde las señoras en combinación se cambiaban, los espejos reflejan ahora otras vergüenzas: las primeras obras adolescentes, los trabajos descartados y los lienzos que, definitivamente, necesitaban una talla más: les tiraba de la sisa. A Natalia su obra le sienta ahora como un guante.

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