De Bilbao y sus inmediaciones

Sólo sé que cuando en la torre de marfil tocan la corneta, los miembros del Gobierno se apresuran a desfilar en nervioso trotecillo y a dar las oportunas explicaciones donde corresponde

Juan Carlos Alonso
JUAN CARLOS ALONSO

Cuando aquel ministro del gabinete franquista se acercó al dictador y le susurró al oído una cuestión de Estado que requería de pronta resolución, el taimado gallego musitó aquel consejo que pasaría a la historia apócrifa del régimen militar como un ejemplo impagable del más rancio cinismo cuartelerio: «Haga como yo y no se meta en política».

Pese a la inquietante advertencia y a las pocas ganas que atesoro, no haré caso del consejo y avanzaré por terreno resbaladizo al señalarles la envidia que tengo de las cosas que acontecen en Bilbao y de cómo va resolviendo sus cuitas. Poliki, poliki. Pero no crean que se trata de una envidia sana, no. Para nada. Se trata de cochina y puñetera envidia. De esa que te da úlcera y te corroe por dentro, cuando ves que a otros les toman por el pito de un sereno.

Les cuento mi calentamiento mental en el que, al parecer, no ha reparado nadie y que me inquieta sobremanera. Quizá lo atribuyan a un ejercicio de onanismo intelectual, me reprocharán no sin razón, o a un efecto de la canícula, pero les juro que me tiene a maltraer.

De todos es sabido que cuando un ministro del Gobierno se da un garbeo por provincias para lo que estime menester debe, así lo señala el protocolo, pasarse a saludar al alcalde de la localidad en señal de consideración. Encuentros obligados estos, largos o de mero trámite, como se prefiera, entre responsables institucionales de distinto nivel pero de común origen, el democrático.

Y esto no es así porque lo diga yo, no se vayan a creer; que no soy nadie y menos para pontificar; sino porque lo señala el más básico sentido comun y el respeto debido. No tanto al alcalde, si no es conmilitón del ministro, sino a la ciudadanía a quien éste representa y con la que a menudo tiene importantes negociados que dilucidar.

Pondré un ejemplo que sirva de ilustración a despistados. Esta misma semana, como saben de sobra, el ministro de Fomento, Iñigo de la Serna, y el alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, escenificaban en amigable y fructífera reunión su absoluta sintonía y compromiso para llevar a cabo el nuevo acceso de la ‘Y vasca’ a la capital vizcaína. Este acuerdo supondrá el soterramiento de la estación de Abando y la liberación de 90.000 metros cuadrados para viviendas y equipamientos públicos.

El ministro corrió a Bilbao para dar explicaciones y apagar un fuego provocado, al parecer, por un doble malentendido que eliminaba del trazado ferroviario previsto el corredor de mercancías. Ante la escandalera provocada y el oportuno toque de corneta del Gobierno vasco, el ministro se apresuró a desfacer el entuerto. Y rindió la exigible pleitesía al alcalde Aburto, conforme Dios manda, señalando que ya ha iniciado contactos con Bruselas para la financiación del proyecto a través del BEI. «La ronda la pago yo». Será por dinero.

Mientras tanto, en una ciudad de las inmediaciones que no nombraré, apenas a una cincuentena de kilómetros de distancia, no hace unas semanas, el mismo ministro acudía a girar una visita de parada y fonda, con paseo por la estación de tren, charla ante parte de lo más granado de la sociedad local, y suculento refrigerio gastronómico en zona de rancio abolengo de la villa.

¿Saben ustedes dónde se encontraron el ministro de Fomento y el alcalde de esa ciudad innombrada? Pues para mi estupefacción, en ningún sitio. El visitante miembro del Gobierno se codeó con compañeros de credo, representantes empresariales, de la economía y demás, además de propiciar un sinfín de instantáneas en su visita a la vetusta estación de Renfe local, acompañado de compañeros y responsables políticos de su partido que ejercieron de anfitriones, además de sus futuras candidaturas a las diferentes instancias institucionales.

Cuando leí la noticia en las paginas de EL CORREO pensé, iluso de mí, que al ejemplar que estaba en mis manos le faltaban páginas. Y volví hacia atrás pensando que alguien había sustraído las que reflejaban el encuentro institucional de alcalde y ministro. Pero no. Como diría Sabina, «no hallé quien de ti me dijera ni media palabra; parecía como si el destino quisiera gastarme una broma macabra».

Que sí; que díganme lo que quieran. Que era una visita privada. Que el ministro acudió a una conferencia partidaria. Que las agendas eran incompatibles. Que un cólico inoportuno impidió el exigible e ineludible contacto institucional. Parole, parole, parole.

Yo sólo sé que cuando en la torre de marfil tocan la corneta, máxime en tiempos de pactos necesarios «porlacuentaquetetraemoreno», los miembros del Gobierno se apresuran a desfilar en nervioso trotecillo y a dar las oportunas explicaciones donde corresponde.

En cambio, también sucede que hay otras ocasiones en las que en vez de tocar la corneta, sólo para la cuestiones que atañen a asuntos de importancia mayor, tocan la dulzaina para asuntos de menor importancia y porte.

Como les dije, y a riesgo de meterme en política o en asuntos resbaladizos, siempre me molestaron las diferencias de trato en el seno de mi familia. Bien de mamá o de papá. Hace años, el pequeño se llevaba todos los mimos. Hoy, una vez consolidada la unidad familiar, el primogénito vuelve a campar por sus fueros. O al menos así, tal cual, es como a mí me lo pareció.

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