La que se avecina

ÁNGEL RESA

LteAludíamos anteayer a la naturaleza especialmente hosca y antipática de febrero dentro de un invierno que tiende, por hábito, a estirarse en Álava. Pues bien, o lo contrario, todas las fuentes de información sobre la meteorología y sus desprendimientos auguran que se nos viene la gorda encima. Eso sí, las épocas avanzan que es una barbaridad. Décadas atrás tratábamos a Mariano Medina con la familiaridad que se profesa a los consanguíneos porque era ‘el hombre del tiempo’ televisivo. El señor se colocaba delante de una cartulina en la que había pintado isobaras y borrascas y, en ese tono discreto y gris que le distinguía, nos contaba lo malita que estaba la cosa. A nivel provincial recurríamos a los vaticinios de ‘el pastor del Gorbea’, uno de los nuestros. De todo tiene que haber, hasta una marmota en Pensilvania que predice las condiciones atmosféricas según su propia sombra.

A MM lo han sustituidos comunicadores de ambos sexos más jóvenes y dinámicos que se valen de plasmas ultramodernos. El guardián autóctono del monte ha perdido predicamento en el imaginario colectivo y lo que haga el animal con un océano mediante poco incumbe aquí. Ahora encendemos el ordenador, irrumpimos en alguna de las numerosas páginas del tiempo y comprobamos de primera vista la que se avecina. Y de acuerdo con los símbolos y las cifras vamos a tiritar y hacer patinaje hasta aburrir. La cuota para ver blanco el asfalto se asentará, cuentan los indicios, en los cien metros y el mercurio podría desplomarse hasta los cinco bajo cero en la madrugada del viernes. Dicen que retornará la ‘normalidad’ el domingo, como en una especie de bíblica resurrección.

Los medios de que disponen los expertos en la materia reducen exponencialmente sus márgenes de error. Mejor prestarles atención acerca de sus predicciones que hacerse el valiente con osadías de medio pelo. Pero tengo para mí, puedo equivocarme de un lado a otro, que se tientan la ropa dibujando panoramas apocalípticos. No sea que calculen de menos y luego les arrojemos el hielo a la cara.

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