El Correo

Funerales para un héroe

Recreadores de la Asociación Histórica Vitoria 1813-1913, vestidos como soldados franceses y un tirador de Castilla, durante el homenaje en la tumba del general Álava realizado en 2014.
Recreadores de la Asociación Histórica Vitoria 1813-1913, vestidos como soldados franceses y un tirador de Castilla, durante el homenaje en la tumba del general Álava realizado en 2014. / Rafa Gutiérrez
  • El 21 de junio de 1884 fueron enterrados en Santa Isabel los restos del general Álava. La ciudad y la provincia se volcaron en el homenaje al que acudieron todos los ciudadanos

A mediados de 1843 Miguel Ricardo de Álava volvió a Vitoria. Sin embargo, su salud estaba muy quebrada. Los dolores que padecía como consecuencia de dieciocho años en el mar y siete en la guerra, de las heridas de combate y de un fuerte golpe en la cadera en 1823, agravados por la edad y el clima, le llevaban a acudir regularmente a los balnearios.

Antes de partir hacia Francia, intuyendo que su final se acercaba, redactó un nuevo testamento el 23 de junio. En el texto resulta patente su preocupación por Loreto de Arriola, al punto que dejó establecido que su esposa, como «única y universal heredera», podía disfrutar libremente de sus bienes. Hechos estos trámites, la pareja partió hacia Baréges, una estación balnearia pirenaica, a la que le habían conducido los médicos de Burdeos a los que solía frecuentar.

A los pocos días Miguel Ricardo falleció. Fue el 14 de julio de 1843. Su entierro tuvo lugar en la localidad de Betpouey, cerca de Baréges. Fue enterrado en una sepultura de mármol con un epitafio que decía «Cic Git le general Alava espagnol. Decedé le 14 juillet 1843». Sin embargo, su deseo y el de Loreto era que su cuerpo descansara en Vitoria. «Si vencemos nada quiero sino Vitoria», había escrito. Pero tuvieron que pasar 41 años para que se cumpliera su deseo.

La exhumación

El 17 de junio de 1884 una comisión formada por José León Teruel, pariente; Alejandro Sangrador, vicepresidente de la Diputación; Narciso Buesa, en representación del Ayuntamiento de Vitoria; Diego Echevarria, sacerdote de San Pedro; Antonio Pirala, de Madrid; y José González de Lopidana, de Vitoria, y Rafael Capilla viajaron al Pirineo francés para certificar el traslado del cuerpo del general.

El alcalde de Bareges, Derfrade Henri, los recibió con todos los honores y los acompañó hasta el cementerio de la parroquia de Betpouey. Una vez reconocida la tumba se proceden a exhumar los huesos del general. Están en una fosa de manpostería, a 1,40 metros de profundidad. Los restos, bien conservados, son alzados y se depositan en una caja de metal que es entregada por las autoridades francesas a la comisión.

Según otras versiones, la comitiva estaba formada por Juan de Aldama (presidente de la Diputación), Francisco Juan de Ayala (exdiputado general), José María de Zavala (ex-alcalde de Vitoria) y Ricardo de Álava (único representante de la casa de Álava).

La crónica periodística del diario ‘El anunciador vitoriano’ del día 20 narra el suceso de esta manera. «Ayer por la tarde, a las 7 y media, llegaron a Vitoria los preciosos restos del insigne alavés D. Miguel Ricardo de Álava, y fueron conducidos en un coche al palacio de la Diputación, en cuyo atrio y plaza esperaban su llegada una compañía con bandera y música, la comision de traslación, las autoridades civiles y militares, e infinidad de jefes y oficiales del Ejército y personas notables. Individuos del cuerpo de miñones de gala condujeron en una magnífica urna cineraria las heróicas cenizas a la capilla ardiente, espléndidamente iluminada, donde, en un enlutado zócalo de tres cuerpos, se ha colocado para que el pueblo vitoriano, que ha acudido en masa, pueda contemplarla y orar por el libertador de sus padres.

La capilla del centro abierta y severamente iluminado su Crucifijo con seis velas amarillas, constituía un cuadro que inspiraba profundo respeto. Una guardia y cuatro centinelas del ejército y del cuerpo de miñones custodiaban la urna.

La crónica del día 22 señala: «El pueblo de Vitoria, sin distinción de categorías, acudió ayer por la mañana a oír misa en la capilla de la Diputación. Las clases modestas, en especial el sexo débil, se arrodillaban sobre la lápida del sepulcro que el General Alava ocupó en Francia, colocada al pie del catafalco, y la besaban devotamente, dando muestras visibles, en medio de su sencillez, de la admiración, afecto, y tal vez devocion que a nuestro pueblo inspiran sus ilustres hijos.

A las 9 y media de la mañana de ayer fueron conducidos desde el Palacio de la Diputación a la parroquia de San Pedro las cenizas de Miguel Ricardo de Alava, con asistencia de todas las autoridades civiles y militares, e inmensa concurrencia de invitados, cerrando el cortejo un piquete con bandera y música. Presidía la ceremonia la familia Álava, los gobernadores civil y militar, presidentes de la Diputación y del Ayuntamiento y comision ejecutiva de traslación de los restos.

La Parroquia de San Pedro, magníficamente alumbrada, y militarmente decorada era insuficiente para los invitados y el público que la colmaba, en el deseo de oír al párroco de la misma Pedro González de Gámbari, que pronunció la oración fúnebre del insigne alavés, con la fogosa elocuencia con que se expresa el talento que reside en el orador de corazón.

¡Qué exordio, y qué descripción de los grandes caracteres de la Francia en el siglo de Luis XIV y en la época de la revolución!

¡Qué pintura del carácter de Napoleon el grande, de sus inconmensurables cualidades, de sus faltas, y de su desatentada ambición!

¡Qué patriótico fuego al hacer la historia de nuestras luchas con los romanos y los sarracenos; de la gran epopeya de la guerra de la independencia y del heroísmo de los españoles por defender su Dios, su patria y su libertad!

¡Qué patética elocuencia al enumerar los importantes servicios prestados por el ilustre difunto a la patria y a su ciudad natal, los rasgos de su carácter sencillo, generoso, afable y cristiano!

Y ¡qué insinuante dulzura al suplicar al auditorio rogara á Dios por que la gloria eterna del héroe, sea tan pura y resplandeciente en la otra vida, cuanto lo es y será su memoria para la actual y futuras generaciones!

Si algún timbre pudiera faltar al Sr. Gámbari en su brillantemente adquirida reputación de orador sagrado, ayer lo ha conquistado ciertamente en el concepto del admirado y culto concurso que tuvo la especial fortuna de escucharle.

La capilla de la parroquia de San Pedro, dirigida por el Sr. Urrutia, y reforzada por instrumentistas del Teatro Real de Madrid, músicos mayores militares, y de otros muy aventajados de esta ciudad, desempeñó perfectamente su cometido ejecutando escogidas partituras del maestro Eslava y Garnicer.

La ceremonia religiosa concluyó á las 12 y media del dia.

Conducción de las cenizas

Sobre las 5 de la tarde de ayer, fueron conducidas las cenizas del Teniente general D. Miguel Ricardo de Alava, desde la Parroquia de San Pedro al Panteón que ha de custodiarlas en el cementerio de Vitoria.

Rompían la marcha del lucido cortejo, la música de Estella con un piquete, los niños de la casa de misericordia con velas, los mayores y ancianos de dicha casa, con blandones de cera. Detrás de éstos, los atabaleros, clarineros y maceros del Ayuntamiento, seguía el Cuerpo de Miñones con arma a la funerala. La carroza fúnebre, con los señores tesorero, contador y empleados de la Diputación con blandones.

Detrás del féretro la presidencia, compuesta por la familia del finado, el general gobernador, por sí y en representacion del general en jefe, gobernador civi l, alcalde, diputación, comision ejecutiva, corporaciones, generales, jefes y oficiales, invitados y piquete con bandera y música.

Las tropas de todas las armas cubrían la carrera, e iban replegándose detrás del cortejo hasta la necrópolis, verificando las descargas de Ordenanza, y desfilando por delante de la puerta principal. El numeroso clero y la capilla de la parroquia, dijo un solemne responso delante de Ia casa del finado, y otro al borde de la tumba.

Magnífico aspecto presentaba la carroza que conducía la preciosa urna cineraria. Se componía de un primer cuerpo colgado de cortinajes de terciopelo negro con coronas en los cuatro frentes y delante las armas de Vitoria y una dedicatoria del Ayuntamiento. Sobre este cuerpo descansaba un segundo en cuyo costado izquierdo se leían las fechas del nacimiento y de la muerte del ilustre general, así como la enumeración de los cargos que había desempeñado, y en el derecho estaban escritas las principales batallas en que se había encontrado. También sustentaba el primer cuerpo el navío Santa Ana en miniatura, en el que luchó en la batalla de Trafalgar, así como armas de fuego y blancas e instrumentos de la marina, y pendían de los costados colosales borlones suspendidos de cordones gruesísimos de oro y negro. Elegantes pebeteros sustentaban dos hermosas coronas, dedicadas al ilustre militar vitoriano por los Cuerpos de Artillería y por la sociedad Círculo Vitoriano; y en la parte delantera se destacaban dos lloronas sentadas con un reloj de arena la una y con una antorcha apagada la otra, y encima de todo la magnífica urna cineraria con las insignias del finado.

Las mulas atalajadas de oro y negro también y con plumeros de este color, conducidas de la brida por artilleros, completaban el cuadro. La dirección de esta carroza estaba encomendada a oficiales de artillería, que han desempeñado su cometido cumplidamente.

La cordonería, ejecutada por el reputado artista D. Agustín Lorenzo, prueba cuánto ha adelantado este arte en Vitoria, pues nada tiene que envidiar á la mejor del extranjero.

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