El Correo

Pasión por los aviones

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Díaz de Argandoña, Martínez de Ontañana, Gómez, Ruiz de Eguino, Castro y Roitegui ‘cazan’ al Airbus A320 en su aterrizaje en Foronda. / Igor Aizpuru

  • Foronda es también el hábitat de los 'spotters', amantes de la aeronáutica capaces de cualquier sacrificio para chequear las aeronaves que aterrizan y despegan

Es una especie sin peligro del ecosistema aeroportuario. Insistente, capaz de soportar temperaturas extremas durante horas con el único objetivo de captar la imagen de un bicho de (pongamos) unas 80 toneladas. La quiere cuando toma tierra, al rodar en pista y en el momento en el que levanta el morro para salir –las tres secuencias le son imprescindibles–; busca la singularidad del modelo, su serigrafiado exterior, la matrícula; cualquier detalle capta su atención.

Desde hace décadas este "rara avis" se avista en Foronda. Responde al término inglés 'spotter' –el que mira, observa y registra– y, en definitiva, sólo se trata de amantes de los aviones. Más bien, apasionados. Los aterrizajes y despegues condicionan su día a día. «Somos un poco locos, pregúntaselo a mi mujer, a mis hijos y a mis nietos. Hacemos más kilómetros alrededor de la instalación que un tonto». Y viajan de aeropuerto en aeropuerto para engordar su colección de aviones. Lo plantea Pedro Martínez de Ontañana, 63 años, jubilado. Luce con orgullo el peto naranja en el que se lee 'Spotters Aire'; «soy el único en Álava de esta asociación nacional», refuerza.

Y es el más veterano del grupo de «notarios» de la aviación a los que acompañó EL CORREO durante toda la mañana del domingo día 9. ¿El objetivo? La caza del Airbus A320 ECLZD, con capacidad para 180 pasajeros, operado por la compañía Evelop, que cubre la ruta entre Tenerife Norte y el aeródromo vitoriano como parte de la oferta de vuelos financiados del Imserso.

«Sí, frikis ¿y qué pasa? No hacemos daño a nadie». Javier Gómez Íñigo, 49 años, ingeniero técnico, se reivindica sin acritud cuando se le cuestiona en tono revirado (se admite) por esta afición. O algo más. Porque lo vive. «Sentir el Antonov –uno de los aviones de carga más grandes del mundo– encima tuyo, a unos cien metros, es adrenalina pura. ¡Buff! Recuerdo también en Zaragoza en la reunión de la OTAN... Los que llevan el Tigre. Escuchar cómo meten gas, auténticos cohetes... Sentí congoja y ganas de llorar». ¿Su foto más valiosa? La del primer vuelo que salió de Foronda, con el Alavés, y destino a Granada. La adicción le sobrevino con aquel Spantax.

«Condiciones ideales»

En plena Llanada, el aeródromo vitoriano reúne «unas condiciones ideales para sacar fotos porque está abierto». Opinión experta. Los "spotters" tienen varios puntos que identifican como «los mejores» para llevarse la cámara. Uno de ellos, con acceso desde Estarrona, nos sitúa ante la pista 04. En el otro extremo hay visibilidad a la 022; luego está el que marcan como «montón de piedras», en plena finca, y que permite visualizar al aparato en maniobra de despegue o aterrizaje.

Nuestro lugar de encuentro fue la cabecera 04. «Aquí tardo 20 minutos porque yo me desplazo en bici, pero a Antezana (otra referencia para esta "caza mayor") tardo casi el doble». Santi Díaz de Argandoña, 17 años, estudiante de segundo de Bachillerato, comenzó en 2014 a hacer fotos a los aviones; coincidiendo con el fracasado vuelo a Nueva York «al que dieron tantas vueltas». Este mundo –es lo común– le gusta desde crío. «¿Que qué me dicen mis amigos? Asienten, se ríen». Como los demás, porta las herramientas esenciales: una cámara con zoom óptico de alcance –el digital acaba en distorsión–, una radio para escuchar las conversaciones entre la torre y la cabina de las aeronaves y, en su móvil, una aplicación que permite seguir el recorrido, casi en vivo, de casi todos los vuelos del cielo planetario.

«Hay un retraso de 20 ó 30 minutos en esta aplicación por tema de seguridad, pero te da la opción de ver cuándo ha despegado o si va a llegar con retraso». Y eso es clave para estar a tiempo en Foronda. Aunque haya que dar la espantada en casa. Iván Roitegui Ruiz, 30 años, tiene licencia de piloto privado. «Mi meta es seguir por este camino, la aviación». Mira de reojo a un coche blanco que está a su lado: «Pero ese es el que de momento da de comer», plantea con cierta resignación. Ejerce de taxista. Su vinculación al Aeroclub Heraclio Alfaro le permite fotografiar aviones en plataforma. Puede sacarles «desde dentro» del aeropuerto; algo que «está completamente prohibido». Otra cosa es que «lo hagas montado desde tu avión». Ahí queda eso.

Defender Foronda

Junto con su compañero, Daniel Castro Revilla, de 25 años, que trabaja de camarero en el negocio familiar, lleva una cuenta en twitter donde exponen sus trabajos fotográficos «y defendemos a Foronda». Es otra de las funciones que comparten los "spotters" alaveses. Todos ellos lo reflejan en las redes sociales para sus miles de seguidores. «En Vitoria hay mucha gente aficionada a la aviación y pienso que como a este aeropuerto todas las decisiones le han limitado mucho, se vuelcan más con él».

La reflexión de Iñaki Ruiz de Eguino, un topógrafo de 33 años que reside en Heredia, se interrumpe con una comunicación imprecisa, plagada de ruido, códigos y claves, que sale de su emisora. El avión de Evelop tiene autorización para aterrizar. Lo hace a las 13.00 horas. Pasa sobre nuestras cabezas dejando tras de sí una potente corriente de aire que alivia. Nada en comparación con el Antonov; el gigante ya mencionado que vuelve a la conversación. «Es una bestialidad. Y lo curioso es que para el volumen que tiene no hace tanto ruido. Los 737 antiguos eran mucho más ruidosos», rememora Pedro.

Con la imagen robada del aterrizaje del A320, comienza un viaje de varios kilómetros por caminos polvorientos de parcelaria con "asalto" final a alguna que otra finca para poder registrar lo más cerca posible los movimientos del aparato en tierra. Y ya puestos, su estética. Permítase la licencia: logo desenfadado, azules turquesa y oscuro y rojo en fuselaje, alas y motores.

Llegamos a la altura de «su» «montón de piedras» –elevación de rocas ante la que ha ganado altura una incómoda vegetación–. La visibilidad es mala, así que nuestros "spotters" se pegan a la valla. Sueñan con una plataforma elevada para salvar con sus objetivos la altura de la valla perimetral. Una hora de paciente espera bajo sol plomizo. Y el A320 se va. Le vuelven a pillar. «No es que nos guste, es que somos muy fanáticos», se reengancha Iñaki. La pasión le brotó con un gesto que considera instintivo: «Cuando veía un avión de txiki ya me giraba». ¿Quién no ha mostrado alguna vez ese síntoma?

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