El Correo

El capitán vitoriano que se opuso al golpe de estado

Miguel Anitua, en la academia hacia 1910.
Miguel Anitua, en la academia hacia 1910. / Familia Anitua
  • Miguel Anitua fue uno de los escasos militares que se enfrentó con los sublevados en 1936 en la capital alavesa

El 18 de julio de 1936 la guarnición militar de Vitoria se sublevó contra la República. ¿Toda? No, desde luego, hubo profesionales de la milicia como el capitán de infantería Miguel Anitua que se mantuvo leal. No fue el único y por ello fueron detenidos, aunque algunos de ellos acabaron abrazando la causa rebelde y hubo quien trató de luchar desde dentro. Llama la atención el desconocimiento existente sobre estas figuras, referentes de la democracia y la lealtad, que tal vez por su condición de militares han sido completamente olvidados en el imaginario popular. De la misma manera que Álava aportó una increíble nómina de grandes militares de algo rango a favor de la rebelión, como Fanjul, Orgaz, Barrón, Ponte o el propio Alonso Vega, gallego de procedencia pero que fue el que dirigió la rebelión en la capital alavesa, hay una larga lista de militares vitorianos que siguieron fieles a la República, como Hidalgo de Cisneros, Martínez de Aragón, o Juan Ibarrola, por poner algunos ejemplos. Todos han sido olvidados.

En el libro ‘Álava, una provincia en pie de guerra’, el historiador Germán Ruiz Llano cuenta que «entre los que fueron detenidos sobresalió el caso del capitán Miguel Anitua. Este, al anochecer del 19 de julio, entró al despacho de Camilo Alonso Vega esgrimiendo una bandera monárquica que habían traído unos oficiales provenientes de Pamplona, manifestando que el movimiento era subversivo y que ‘permanecía fiel al Gobierno, representado en la División por el general Batet y no por el general Mola». Anitua se refería al general Domingo Batet, titular legítimo del mando de la 6ª División con sede en Burgos, a la que pertenecía Álava. En la madrugada del 19 de julio, Batet fue detenido al negarse a secundar la sublevación cuando fue requerido a ello por sus subordinados. Fue fusilado en Burgos en febrero del 37.

Anitua añadió que no había estado por la mañana en el cuartel, pero que se hacía presente en aquel momento, al mismo tiempo que se quitó la pistola y se la entregó diciéndole: ‘Haga usted de mi lo que quiera’. Inmediatamente fue arrestado, permaneciendo en el cuartel y en arresto domiciliario hasta el 3 de agosto. En esa fecha se negó a firmar un documento por el que se comprometía a apoyar a sus compañeros sublevados. Enviado al Fuerte de San Cristóbal en Pamplona se le abrió un consejo de guerra por el que se le condenó a unos relativamente blandos 12 años de reclusión por desobediencia gracias a las declaraciones de sus antiguos compañeros que le señalaban como buen militar y persona de orden, al no oponerse activamente a la sublevación y al hecho de que la familia Anitua era una de las más conocidas e influyentes de Vitoria. La condena fue finalmente de 30 años.

El historiador apunta en este caso que Anitua tuvo la suerte de provenir de las clases altas vitorianas y tener el aprecio de sus compañeros que declararon e intercedieron en todo momento por él. En su caso, por las deferencias con su persona y la tibieza de la sentencia, se puede observar la influencia del ‘vitorianismo’ y el hecho de que no parece que hubiera grandes tensiones dentro de la oficialidad de la guarnición.

Hubo otros militares que se solidarizaron con Anitua como Sanz Eguren, Acha o los hermanos Mundet. Finalmente, ellos firmaron un documento de adhesión al golpe. También fue destacado el papel del capitán médico del Numancia, Luis Sánchez-Capuchino.

Hidalgo de Cisneros

Precisamente, Hidalgo de Cisneros, que llegó a ser jefe de la aviación republicana, dedica a Anitua un elogioso comentario. En el libro ‘Cambio de Rumbo’ cuenta que un día le llamaron por teléfono desde el Gobierno Militar de Barcelona para comunicarle que se había presentado un capitán «bastante sospechoso, que decía que venía de la zona franquista y que era pariente suyo». «Mandé que se pusiese al aparato y cuál no sería mi sorpresa al saber que se trataba de Miguel Anitua, un viejo amigo mío, cuñado de mi hermano Manolo, del que yo no tenía la menor noticia desde hacía muchos años, y al que suponía luchando contra nosotros en el ejército fascista».

«Miguel Anitua era uno de los muchos militares profesionales que cuando comenzó la sublevación se mantuvieron fieles a la República. Unos fueron encarcelados, y otros asesinados. El buen comportamiento de estos militares pasó completamente ignorado en nuestras filas. Pocos españoles saben que en los primeros días de sublevación fueron cobardemente asesinados por los rebeldes doce generales con mando por no querer faltar a la palabra empeñada de fidelidad a la República», agrega Hidalgo de Cisneros.

Y sigue. «El comportamiento de Miguel Anitua puede servir para conocer la mentalidad de muchos militares que sin estar en nuestro campo, prefirieron dar su vida o sufrir años de prisión antes que traicionar su palabra. Nunca se había metido en política y era católico. Tenía simpatía por los nacionalistas vascos pero sin tomar parte de sus actividades. Cuando se implantó la República prometió como los demás lealtad al nuevo régimen y continuó cumpliendo sus deberes militares lo mismo que con la monarquía. El día de la sublevación los jefes y oficiales de su regimiento que se apoderaron del cuartel vieron con sorpresa que Miguel no se unía a ellos. Conociendo los métodos empleados por los rebeldes fue un verdadero milagro que no lo asesinaran en el acto, limitándose a meterlo en la cárcel, donde permaneció hasta que a los dos años y medio fue incluido en un canje y puesto en libertad. Ni los consejos de su padre, que incluso le abrió un crédito ilimitado en casa de un banquero de Toulouse para que se quedara en Francia, ni la situación desesperada de la República le hicieron vacilar en el cumplimiento de su deber. Así se incorporó al ejército republicano y vivió con él la tragedia de unas fuerzas en plena derrota».

Hidalgo de Cisneros agrega que «Miguel Anitua salió de Cataluña al producirse la retirada de nuestras tropas. Las autoridades francesas lo recluyeron en un campo de concentración. Cuando consiguió salir se instaló en Perpignan». El autor ofrece un dato erróneo a continuación (sitúa su muerte en Perpignan, cuando no fue así). Lo cierto es que cuando consiguió salir del campo de concentración se instaló en Pau y Baiona hasta que pudo regresar a Vitoria, residiendo en la calle Fueros. Se dedicó a la pintura hasta su muerte en 1942.

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