El Correo

El Principal muestra sus entrañas

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El foso de la orquesta, que cuenta con una plataforma elevadora, es uno de los espacios que más llamaron la atención de los visitantes. / Igor Aizpuru

  • El gran escenario alavés enseña sus rincones más ocultos en unas visitas guiadas

A la luz de esa araña que todo lo ilumina a través de sus delicados cristalitos, brillantes como diamantes, todo es terciopelo, molduras de escayola albardadas en dorado y suelos enmoquetados. Pero bajo la piel de distinción que abriga al gran escenario alavés, se esconden pasillos laberínticos, angostas escaleras de servicio, madejas de cable, cuerdas y poleas. Son las entrañas del Principal, que supuran el esfuerzo y trabajo de un equipo técnico que abre para EL CORREO los rincones más íntimos de su teatro. Entre bambalinas.

El ‘tour’ por el edificio arranca en el muelle de carga que se esconde tras esos grandes portones que se abren a la calle San Prudencio, en el lateral de la entrada principal. Hasta allí llegan las escenografías que traen las compañías. «Para algunos musicales se han llegado a descargar hasta 11 tráilers», asegura Moisés, el técnico que hace las veces de guía, en un espacio en el que se apilan paneles y cajas y en el que todavía se pueden distinguir carteles, ya amarillentos, de obras que arrancaron el aplauso de los vitorianos hace décadas, como aquella ‘La educación es para los padres’ con la que el público recibió a carcajada limpia a Paco Martínez Soria y su troupe el 31 de mayo de 1970.

Como el que enseña su casa hasta la cocina, sin reservarse ninguna estancia, por íntima que sea, el anfitrión muestra los camerinos, que en el caso del Principal, están despojados de todo glamour. Nada que ver con esos espacios enmoquetados y muebles de postín, provistos de brillantes espejos iluminados con quinqués, dispuestos para que las grandes divas se empolven el rostro antes de que suban el telón. «Son muy funcionales, más parecidos a un vestuario que a otra cosa», reconoce el guía ante una de las espartanas piezas. «Qué feos son, parecen más bien la consulta de un dentista», murmura una de las visitantes por lo bajo.

Bastante más entusiasmados se mostraron los huéspedes al descubrir otros rincones, ocultos para el espectador. Como ese espacio que se abre bajo el escenario, que cuenta con una pequeña inclinación para horror de los bailarines que se dejan las puntas en las tablas. Allí, donde se escucha cómo la madera se estremece a cada paso, se almacenan los más de 200 focos que hacen brillar los montajes que recalan en el Principal. También sirve de acceso al foso de orquesta, bastante angosto, donde «se han llegado a meter, con calzador, hasta 30 músicos», apunta el guía, toda una enciclopedia andante, que conoce al dedillo cada rincón, cada detalle técnico. Como en la sala dimmer, donde se conectan los más de 418 enchufes repartidos por el teatro.

En el ‘hombro’ izquierdo del escenario se reserva un espacio para el regidor, el encargado de que, desde la penumbra, todo fluya en filigrana, como en un complejísimo encaje de bolillos, para que los espectadores que se sientan en las 984 butacas del teatro –en realidad hay 1.048, pero algunas están anuladas, sin asiento, por motivos de aforo– no perciban ni rastro del enorme trabajo que hay detrás de cualquier producción, por modesta que sea. «Nadie dice, ¡qué buena iluminación! Pero cuando es mala, la gente lo nota», sostiene el cicerone.

A puro bíceps

Una vetusta escalera de madera, original de la estructura del edificio del siglo XVIII, lleva hasta la parte más alta del teatro, el peine, una zona restringida al personal técnico. Y a los visitantes con el vértigo bien templado. Bajo los pies, por un entramado de finas vigas de madera, se abre una caída de 18 metros. Un poco más abajo, todavía en las alturas, trabaja el esforzado maquinista, que sube a pulso las varas en las que se amarran los focos y el resto de elementos escenográficos, suspendidos sobre las cabezas de los actores mediante un sistema de cuerdas y poleas. Como en una especie de enorme velero, una maraña de gruesos cabos de esparto se abraza a la estructura del teatro para que los esforzados técnicos puedan elevar bambalinas, las patas el telón y los paneles acústicos a puro bíceps. Sólo un complejo sistema de contrapesos les ayuda a izar los elementos más pesados.

La visita no esconde ni un solo rincón del edificio, que revela estrecheces casi dos décadas después de su última gran reforma. Aunque al Principal no le llegan a estallar las costuras. Por muy grande que le quede el traje. Uno de los ejemplos más ilustrativos de la falta de espacio lo abre una puerta roja que da acceso desde la zona de carga. Sus limitadas dimensiones determinan qué entra y qué no a las tablas, lo que obliga al personal a aguzar el ingenio. «Cuando llegan montajes con una escenografía más grande, hay que buscar alternativas. Por ejemplo, el musical ‘Grease’ llevaba un coche al escenario y se tuvo que optar por solo sacar la mitad», desvela el guía, en una de las muchas anécdotas con las que trufa una visita en la que desnuda al coloso vitoriano de la escena. Sin ningún pudor.

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