El Correo

Ahorcamientos en Laguardia

Imagen de archivo de la puerta de San Juan, en Laguardia.
Imagen de archivo de la puerta de San Juan, en Laguardia. / Enciso
  • El ‘Chato Doble’, Ramón Rodríguez y Juan Antonio Danería fueron ejecutados en 1901 tras matar a sus dos carceleros

La ejecución por ahorcamiento viene de lejos, de muy lejos. Los antiguos persas utilizaban este procedimiento para acabar con la vida de malhechores, asesinos, ladrones y violadores con bastante asiduidad. Esta actuación se extendió por todo el orbe conocido y hoy en día países de Oriente Medio siguen aplicando el brutal sistema. En la vieja España, en la Península Ibérica, también fue forma de ajusticiamiento desde que los árabes campaban por sus fueros de Norte a Sur.

En la Edad Media, en las plazas de las aldeas, pueblos, en los castillos feudales –en sus patios de armas– se alzaba un cadalso para recordar a la plebe que el que la hace la paga. Era el castigo que imponía el señor a sus siervos que habían tenido un comportamiento desleal y traidor. Aunque siempre algún inocente pagaba penas por pecadores. Al respecto, se popularizó un proverbio que aún perdura en el tiempo: ‘A la fuerza ahorcan’.

La nueva centuria (1901) acababa de despertar en Laguardia. La hambruna se extendía por doquier. La maléfica filoxera, un insecto que atacaba a las hojas y los filamentos de las raíces de la vid, había devastado unas 37.000 hectáreas de viñedo. La gran mayoría de los viticultores estaban arruinados y sin poder ofrecer un pedazo de pan a su prole. La situación era caótica, desgarradora. Muchos sobrevivieron gracias a la misericordia ajena.

Por aquel entonces, deambulaban por La Rioja una banda de facinerosos capitaneada por Domingo Gabarri, apodado el ‘Chato Doble’. Tenía la nariz partida por alguna de sus frecuentes reyertas en tascas y tabernas, e iba de la ceca a la meca sembrando el terror, robando y tirando de navaja sin contemplación alguna. Matar era un hecho común dentro de su particular código de comportamiento. Gente escurridiza. La Guardia Civil andaba tras sus pasos. Era el juego del gato y el ratón.

Una mañana de aquel verano de 1901 fueron apresados por la Benemérita, en las cercanías de Peñacerrada, Domingo Gabarri y sus compañeros Ramón Rodríguez Fernández y Juan Antonio Danería –primo del primero– después de apoderarse en el monte de una rehala de caballos que pastaba en unas eras. Se les esposó y fueron conducidos a la cárcel de Laguardia, un cuchitril custodiado por el jefe, Julián Santana y Puerto, de 40 años, y el vigilante, Rafael de la Rosa. Ambos nacidos en la provincia de Valladolid.

Aquella prisión se levantó en la Barbacana, lugar anexo a las murallas, que defendía puertas, puentes y donde se disparaban antaño los cañones del fortín. Era costumbre que a los presos les asistiese su familia a la hora del sustento, ya que el municipio carecía de recursos. En unas vetustas cestas de mimbre llevaban para sus congéneres pan y chorizo, preferentemente.

Plan para fugarse

Esta historia así contada además de ser recogida por los periódicos de la época ha corrido siempre de boca en boca entre los vecinos de Laguardia. A quien suscribe se la contaba en noches de invierno mi abuelo, Francisco Castañeda Coca. Sigue así. El ‘Chato Doble’ y sus dos secuaces urdieron un plan asesino para fugarse. Les instaron a sus familiares a que en una de las visitas rutinarias a la prisión, en una gran torta de pan, con un doble fondo, introdujeran dos cuchillos para cercenar el cuello del carcelero y el vigilante. Fue el 5 de agosto del año en cuestión. La noche se había cerrado con una ligera brisa del sur y el ocaso había pintado el horizonte de un rojo intenso. El crimen se perpetró con absoluta alevosía.

En un descuido, Julián y su ayudante fueron degollados sin piedad. Murieron, según el acta de deceso, «por una gran hemorragia». Corrieron con el fin de pedir socorro y se desplomaron sin vida en la plazuela de la iglesia de San Juan. El hecho conmocionó a los laguardienses y a toda la comarca. La sórdida noticia se extendió por todos los rincones de España. Unos meses más tarde la Guardia Civil apresó y puso a buen recaudo a los delincuentes en la misma cárcel de donde se escaparon.

En los albores del otoño se hizo justicia. El juez don Pedro Zabala Briones dictó sentencia. Los acusados fueron condenados a morir en la horca. Un amanecer, entre sombras, se ejecutó el mandato. Bajaron los reos por la cuesta de San Martín, donde en sus cercanías había una ermita en la que se veneraba al santo, que desembocaba en el paseo del ahorcado. Un sendero maléfico que solían rehuir los lugareños.

Policarpo Briones e Isidro Arriola, entre otros, hicieron de testigos. Un representante de la iglesia, con la cruz de Cristo pendiendo de sus manos, rezando una lúgubre letanía; el Ayuntamiento con su alcalde al frente; el verdugo con un sayón negro que le llegaba hasta los pies, con la clásica capucha sobre su cabeza; y un monaguillo repicando una sonora campanilla constantemente. El pueblo entero, portando unos hachones, cumplimentaba el macabro cortejo. Allí quedaron colgados en el patíbulo, como peleles, el ‘Chato Doble’, Ramón Rodríguez y Juan Antonio Danería que habían convertido su vida en una endiablada ruta hacia la nada. Y todo ello por un puñado de reales.

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