El Correo

La modernidad que cimentó Vitoria

El edificio, obra de Luis López de Uralde en 1935, es uno de los iconos que ha registrado la Fundación Docomomo en Vitoria.
El edificio, obra de Luis López de Uralde en 1935, es uno de los iconos que ha registrado la Fundación Docomomo en Vitoria. / Rafa Gutiérrez
  • La estación de servicio Goya, la fábrica de Kas, la Cegasa y un edificio de viviendas del paseo de La Senda reciben el reconocimiento de los arquitectos alaveses

Languidece entre los árboles de La Florida, aletargado, como un raro gigante moribundo que se resiste a desfallecer. Su piel blancuzca se desescama a desconchones y esos ventanales, algunos con los vidrios hechos añicos, recuerdan a la sonrisa desdentada de un anciano. Sólo esas líneas, tan rojas que parecen pintadas con carmín, que se adivinan allá en lo alto consiguen insuflarle cierta vitalidad a un coloso con el corazón de hormigón que, hasta no hace tanto, bombeaba gasolina a chorro para que los coches se movieran por las arterias de Vitoria.

Cuando el observador pasea ante la antigua estación de servicio Goya, donde las malas hierbas crecen a su antojo en el alero y las vallas oxidadas apenas pueden contener el avance de la dejadez, se pregunta dónde estará la piqueta para arrancar de cuajo y sin demora el surtidor reseco. Sólo cruzando la calle, tomando perspectiva, uno consigue salir de su tremendo error y repara en la rara belleza de un edificio asediado por el abandono. Pero a ellos no les hace falta verlo desde otro ángulo para saber apreciar su justo valor. Los arquitectos de la delegación alavesa del Colegio Oficial Vasco-Navarro han reconocido la vetusta gasolinera junto a otros tres edificios más de la ciudad como iconos arquitectónicos del movimiento moderno.

Una pequeña plaquita, que, además de en la gasolinera, luce en la fábrica de Kas, las oficinas de Cegasa y unas viviendas del Paseo de la Senda sirve de homenaje sin fanfarrias para llamar la atención y poner en valor cuatro joyas que, de tan integradas en el día a día de la ciudad, pasan por pura bisutería –casi quincalla– de ladrillo a la que, a veces, se les presta tan poca atención que, cuando se quiere rescatar del olvido ya puede ser demasiado tarde. «La recuperación de estos edificios es más complicado cuando pasa el tiempo», señala Raquel Ochoa, vocal de cultura de la delegación alavesa del COAVN, a los pies del antiguo surtidor, obra del arquitecto José Luis López de Uralde, que en 1935 levantó el edificio para llevar el espíritu de la pujante industria del motor al corazón de la ciudad.

Abrir un debate

«Este es un caso muy claro de abandono de un edificio con muchísimas posibilidades», evidencia la arquitecta ante la marquesina de 22 metros, en la que todavía se pueden apreciar las mangueras, ya inutilizadas. Los planes del Ayuntamiento vitoriano pasan por instalar allí una oficina de turismo, pero la experta apunta a la necesidad de «abrir un debate» para decidir los posibles usos de un edificio «que debería estar destinado a acoger algún equipamiento cultural o social que pudiera ser disfrutado directamente por los vitorianos», defiende sobre uno de los cuatro edificios que ha registrado la Fundación Docomomo, dedicada al estudio y la conservación de la arquitectura del movimiento moderno en España y Portugal.

Muy cerca, sin apenas llegar a cruzar el parque, se levanta un llamativo de edificio de viviendas en el número 1 del paseo de La Senda. Junto a Ramón de Azpiazu, Enrique Marimón –que también firmó el polideportivo de Mendizorroza– recibió el encargo de levantar un bloque singular en el exclusivo enclave. Fue un bálsamo para el arquitecto poder dejar volar la imaginación sobre plano en una época, en pleno desarrollismo, en la que a Vitoria le crecieron pisos como hongos. «En aquel momento había que hacer viviendas a todo correr para que no hubiera chabolas», sostiene el hombre ante la fachada de la criatura que alumbró en el 64.

«Sigue la moda de la época, todo son líneas finas, es un edificio que sigue el estilo de Mies van der Rohe que se llevaba entonces», apunta el arquitecto, que recuerda con precisión cómo fue diseñada cada moldura de aluminio, cada viga de puro hormigón –que hubo que amasar in situ, mezclando cemento y arena «a cestas»– y cada panel de vidrio de un bloque que no ha perdido vigencia con el paso del tiempo.

Lo mismo le ocurre a la burbujeante fábrica de Kas, que dio al traste con los esquemas de los antiguos pabellones industriales, o a las atípicas oficinas de Cegasa. Sus rompeduras hechuras, sustentadas en racionalismo sin grietas, cimentaron la modernidad en Vitoria. Y ahora toca reivindicarlas. Para que a nadie se le ocurra mandar traer la piqueta.

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