El Correo

«No hay garantía de que este oficio milenario y su cultura perduren»

Blanka Gómez de Segura, con la distinción.
Blanka Gómez de Segura, con la distinción. / Igor Aizpuru
  • Blanka Gómez de Segura, ‘Alavesa del mes’ de EL CORREO, puede ser la última ceramista tradicional. Su museo-taller de Ollerías conserva tesoros de barro

Bajo las oscuras aguas del embalse de Urrunaga se encuentran las mejores tierras arcillosas del País Vasco. Durante más de mil años ese barro era convertido en piezas útiles para la vida de las personas. Las más hermosas salieron de las ollerías situadas junto al río Santa Engracia, un lugar de referencia histórica en el mundo de la cerámica. Álava es en realidad una meseta de arcilla, en cualquier pueblo había un alfar.

La pasión y la capacidad de adaptación de Blanka Gómez de Segura ha hecho del viejo caserío-taller de Ollerías, cerca de Legutiano, un lugar sagrado, un templo de peregrinación para aficionados a este oficio artesano. Vienen de Estados Unidos, de Dinamarca, de Alemania. Su museo-taller es el único existente en Euskadi y guarda la mejor colección de alfarería, un depósito del Gobierno vasco. Aquí se puede visitar el único horno de piedra en pie (1711), declarado Monumento Histórico.

–¿Qué significa el premio ‘Alavesa del mes’ de EL CORREO?

–Lo recibo con mucha ilusión y agradecimiento. Un medio de comunicación, creo que con mucho cariño, valora la labor que realizamos desde hace 30 años en la cerámica y hace 23 en el museo.

–¿Cómo está la situación de la alfarería en Álava?

–Hay artesanos que se dedican a la cerámica contemporánea. Pero faltan sustitutos para los grandes alfareros populares, Federico Garmendia, José Ortiz de Zárate, Nicolás Aguirrebeitia. Los dos últimos acaban de fallecer y no hay relevo. Creo que he tenido la suerte de heredar todo ese conocimiento, esa tradición formidable. Pero hoy la gente prefiere la buena cerámica extranjera y no conecta con nuestra alfarería popular. Los que empiezan lo hacen con ilusión, pero se cansan pronto. Yo estuve 15 años al lado de los maestros. No hay garantías de que este oficio y la cultura que conlleva perduren. La pérdida sería irreparable.

–¿Cuántas personas han pasado por su museo en estos 23 años?

–150.000. Al principio, venían los escolares alaveses. Hasta 5.000 en un año, pero con los recortes esa fuente de ingresos ha desaparecido. Aún vienen de Bizkaia y Gipuzkoa porque somos un recurso de ocio, de cultura. Estamos en un entorno privilegiado y somos una alternativa cuando llueve.

–Usted reivindica gestos tan sencillos como que el caldo de los bares se sirva en katillu.

–En Galicia todo el mundo asume que el ribeiro se sirve en taza. Y aquí se usa el mismo recipiente que para el café. Buscamos cosas que nos identifican, pero ¿tanto cuesta ofrecer ‘salda katilluan’ (caldo en katillu)? Es una pieza nuestra, de siglos. Llevo años en esa batalla sin éxito. La gente lo debería pedir así.

–¿Siente el apoyo institucional?

–Sólo digo que no estamos en la página web de museos de la Diputación. Hemos desaparecido porque no lo gestiona la institución y los convenios y las subvenciones desaparecieron con los recortes. Nosotros somos una empresa privada que fabrica vajillas o restaura cerámica antigua además de mostrar piezas históricas. Quien quiera conocer qué es la cerámica tiene que venir aquí. Como alfar seguimos vivos, siguiendo una tradición milenaria, pero también desarrollamos e innovamos piezas nuevas que se basan en materiales populares, que usan los grandes chefs vascos como Aduriz o Atxa y se adaptan a los nuevos usos de la vitrocerámica o del horno.

–¿Qué razones hay para esa falta de apoyos?

–Falta continuidad en las políticas culturales. Cada político nuevo que llega quiere retirar lo que hizo su antecesor y empezar de cero. Nuevas reuniones, nuevas comisiones, nuevos planes estratégicos. ¿Para qué? Si algo ha pervivido 23 años alguna cosa habrá hecho bien, ¿no? No siempre hay que buscar cosas nuevas, sino mejorar lo que ya existe.

La carretera a Legutiano

–Usted además optó por la provincia. En Vitoria seguro que tendría más visitantes.

–Sí, pero aquí estaba la tradición, el barro, el horno. Vitoria sola no es nada. Necesita a la provincia y Álava necesita a las demás. Somos pequeños. Esta es también una oferta turística. Hubo un tiempo en el que no se quería ni que vinieran. Si se hace con equilibrio, el ganadero, que es el jardinero del territorio, tendrá una hija que monte un agroturismo y esta comarca tendrá futuro para los jóvenes. Necesitamos estos pequeños recursos para cuidar el paisaje y sujetar a los habitantes. Esta maravillosa naturaleza que nos rodea no se ha hecho sola. Lo han hecho personas día a día.

–¿Cómo les va a afectar la nueva carretera planificada por la Diputación hasta Legutiano?

–Es una larga historia. Aquí ha habido muchos muertos después de denuncias de que había que hacer algo. Hemos tenido muchos litigios para poder mantener este edificio tan cerca de la carretera y es peligroso si se viene de Vitoria. Pero lo que van a hacer es una barbaridad. Mucho dinero para 5 kilómetros de carretera y a nosotros nos perjudica porque nuestros accesos van por una parcelaria. ¿Qué van a hacer los autobuses con el pavimento de tierra en invierno y con nieve?

– Va a participar en un proyecto de investigación sobre métodos antiguos para producir sal en Salinas de Añana. ¿En qué consiste?

– Es una investigación multidisciplinar. Se han encontrado vasos cerámicos de hace miles de años que se usaban como recipientes que una vez calentados para evaporar el agua de la sal se tiraban. Queremos demostrar prácticamente cómo se podía hacer.

–¿Ha recuperado tierras arcillosas alavesas para producir su alfarería?

–Tenemos la idea de hacer un centro de interpretación que incluirá un espacio de donde se saca la arcilla, un recorrido pedagógico que ofrecerá todo el proceso de la cerámica incluido el horneado. Pero hace falta financiación.

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