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La cerámica en el corazón

La cerámica en el corazón
  • Blanka Gómez de Segura ha sido elegida ‘Alavesa del mes’ de EL CORREO por mantener viva la milenaria tradición alfarera alavesa

Cuesta creer que el alma de un pueblo se encuentre algún día en internet. Pero si uno entra en el Museo de Alfarería de Ollerías, cerca de Legutiano, puede sentir que en cada vasija o jarra que allí se exponen hay algo milenario, antiguo, cargado de sabiduría. La forma, el color, la textura de estos objetos sencillos sacados de la arcilla roja vasca los han convertido en útiles durante mucho tiempo y siempre hermosos. La responsable de que la cerámica popular, tan importante en Álava durante siglos –restos de sus piezas se han encontrado en los yacimientos de balleneros vascos de Canadá– no se haya perdido en la vorágine tecnológica de los tiempos es Blanka Gómez de Segura.

Desde la aparición de otras materias primas distintas al barro para la elaboración de utensilios de cocina, la ollería estaba condenada. El alfar de Ollerías cerró en 1958 a raíz de perder las tierras de arcilla bajo el embalse de Urrunaga. El de Narbaiza, el último que aguantó activo, cerró sus puertas en 1970. Pero tanta experiencia acumulada, tanto oficio, tanto conocimiento no podían quedar en el más absoluto olvido. Alguien debía salir al rescate.

De familia alavesa, Blanka Gómez de Segura nació en 1952 muy cerca de Ollerías, en la casa forestal de Zubizabal (Zeanuri), pero se crió y vivió durante muchos años en Markina (Bizkaia). En 1978 dirigió sus manos y su pasión artística hacia la cerámica, a la que comenzó a dedicarse de forma profesional impartiendo talleres.

Un día decidió aprender del considerado último alfarero, José Ortiz de Zárate, que junto a otros vecinos de Elosu como Federico Garmendia mantenían la vela encendida del oficio artesanal y enseñaban los secretos del barro. Cuando el ollero José se retiró definitivamente por edad –falleció en 2008, con 94 años–, Blanka asumió el compromiso de restaurar y mantener el único horno alfarero tradicional que existe en el País Vasco –levantado en el año 1711– y abrir el Museo de Alfarería con mucho esfuerzo. En primer lugar, decidió irse a vivir con su familia a la propia alfarería.

Recuperar sabiduría

Hoy día Blanka Gómez de Segura es maestra de ceramistas y su obra es reconocible, como lo eran las de cada taller antiguo. Hace arte, pero ella cree que lo más importante es que «recuperamos una sabiduría que tiene miles de años». Ha impartido cursos en España, Alemania e Italia, colabora con la UPV en investigaciones arqueológicas ligadas a la cerámica antigua y ha diseñado vajilla para el Mugaritz de Andoni Luis Aduriz y el Azurmendi de Eneko Atxa. En 2008 obtuvo el premio Nacional de Artesanía y en 2011 el premio Ampea.

EL CORREO considera que esta labor de conservación de un oficio que ha sido signo de identidad de los alaveses desde hace más de mil años merece un reconocimiento público y premia a Blanka Gómez de Segura como ‘Alavesa del mes de octubre’.

Gracias a ella no han desaparecido piezas populares como el ‘katilu’, pequeño recipiente para beber, la jarra de txakoli, rectilínea en sus formas o la ‘pegarra’ o cántaro utilizada por las mujeres vascas para transportar el agua en la cabeza. Objetos útiles, elegantes y bellos.

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