El Correo

Rubén, el vitoriano que duerme en la puerta 20 de Anoeta

Rubén trata de tener limpio el soportal del estadio en el que vive con ‘Mundo’, un perrazo del que no se separa.
Rubén trata de tener limpio el soportal del estadio en el que vive con ‘Mundo’, un perrazo del que no se separa. / Arizmendi
  • Tras quedarse en la calle hace tres años y caer «a lo más bajo», ahora vive en el estadio de la Real Sociedad junto a su perro ‘Mundo’, que rescató de un contenedor

Nunca habla de su pasado, ni siquiera a los numerosos amigos que ha hecho en el barrio de Amara Berri de San Sebastián. Sólo se sabe de él que se llama Rubén, que tiene 35 años, que nació en Vitoria, que vive en la puerta 20 del estadio de Anoeta, que está dispuesto a hacer cualquier trabajo que le encarguen y que es jardinero. Hace tres años que ocurrió algo de lo que no quiere hablar y que, según sus propias palabras, le dejó en el estrato más bajo de la sociedad. «Duermo en la calle, no tengo nada». Salvo a ‘Mundo’, un perrazo negro de siete meses por el que siente adoración y cuya presencia y compañía, asegura, no se puede pagar con dinero.

Lo encontró en un contenedor de Anoeta junto con el resto de una camada. Sólo sobrevivió el que ahora es la mejor compañía de Rubén. «¿Que tuvo suerte? ¡Suerte tuve yo! No sé qué haría sin él, siempre estamos juntos, no voy a ninguna parte en la que no le admitan. Prefiero quedarme sin comer a que él pase hambre».

Pero ‘Mundo’ tiene sus propios amigos, los veterinarios de la clínica Anoeta con Diego San Sebastián a la cabeza. Ellos le han vacunado, le dan el pienso que come, le pusieron el chip y le abrieron la cartilla que señala que todo está en regla. «No me cobran nada, ellos nunca dejarían abandonado a un perro porque su dueño no tiene dinero. Diego siempre me dice que lo tengo muy bien cuidado». Tal vez sólo ‘Mundo’ sepa qué ocurrió en la vida de este joven de ojos grandes y tristes, delgado, bien educado y que, a diferencia de su perro, no consigue empadronarse porque las instituciones no admiten puerta 20 de Anoeta como dirección ni como loft abierto, por cuidado que Rubén lo tenga.

¿De qué trabajaba antes de que le ocurriera esto?

Rubén, como siempre, se encoge de hombros.

- «Soy jardinero», repite.

Puede que la denuncia con la que le han despertado agentes de la Guardia municipal a las 7.00 horas de la misma mañana en la que le conocemos dé más datos sobre este alavés que lleva tatuada una ikurriña en la espalda, justo bajo el cuello. El delito reflejado en un papel verde es dormir en la calle. El resto pone: «no drogas, no armas, no alcohol». «Es que no consumo nada, ni soy peligroso. El primer año en el que me vi durmiendo en la calle sí, no paré de beber. Pero decidí que no debía hacerlo, que no podía empeorar la pesadilla. Me denuncian, vale. A veces, a las dos de la mañana, me despiertan con sus linternas en plena cara, pero... ¿qué me van a hacer? No tengo nada, he caído ya en lo más bajo. Yo pasaré 24 horas en comisaría y ‘Mundo’ en la perrera. Volveremos a estar juntos en cuanto me suelten».

Explica por qué no acude a comedores sociales y es muy crítico con ellos. Mucho. «Allí no llega la comida para todos, no ponen nada sólido para gente que, además, duerme en la calle y necesita más calorías. Dicen que los organizadores se llevan alimentos que la gente ha donado y yo, desde luego, nunca he visto ni un poco de chorizo en las alubias. Prefiero ir por mi cuenta con mi perro a tener que discutir con educadores que te dan un poco de mortadela rebozada».

El banco mágico

Eso implica que a veces coma arroz con tomate durante muchos días seguidos, pero en general asegura que con su hornillo de gas se apaña bien a la hora de hacer la comida.

¿Lo ha aprendido desde que está en la calle o ya cocinabas antes?

«No, no, antes también sabía apañarme. Mi madre me enseñó bien», afirma con un punto de orgullo y una muy muy ligera sonrisa.

¿Tiene padres?

«No, no».

Otra vez se le ensombrece la mirada y los ojos se entristecen. «No me pregunte eso porque me hace mucho daño. Duele».

Desde hace un año se acerca a a un banco de la plaza de Irún. Cada día al mismo, donde es frecuente verle hablar con vecinas como Koro, que esa misma mañana está dispuesta a ayudarle con la denuncia que le ha puesto la Guardia municipal. «¿Sabes cómo le conocí? Le vi en el banco y le dije que si quería dinero para un bocadillo. Me dijo que muchas gracias, pero que lo comprara yo. Supe que era distinto», relata ella.

Hay más personas que pasan por el banco de Rubén y ‘Mundo’, que también suele llevarse más de una golosina. Un hombre de pelo blanco le pregunta la talla de zapato; es un 41. Y a los diez minutos aparece con dos pares que «están nuevos», de cuero, más vestidos que las botas de monte que lleva puestas. En la panadería de enfrente, en Lekuona, no le falta un café caliente, hay bares que le acercan algún pintxo a media mañana, y en la perfumería recogen cualquier recado para él, además de darle charla.

«Yo quiero trabajar para poder conseguir una habitación y así empadronarme. De vez en cuando consigo dinero para pagarme una pensión en la que admiten perros. Duermo como una persona normal, me pego una ducha larga, incluso baño a ‘Mundo’, que para eso pago un suplemento. Pero es difícil».

Hace poco ha pintado el techo de la casa de un vecino, un amigo de la dueña de la herboristería le pidió ayuda en la jardinería, va a empezar a repartir publicidad. Pero en este tejido solidario no falta quien le pagó diez euros y un bocadillo por doce horas quitando malas hierbas en una huerta. Tiene un lenguaje cuidado. Esta vez al «soy jardinero» que repite, Rubén añade que «vivir en la calle no quiere decir ser incivilizado, degenerado o estar todo el día consumiendo drogas y alcohol».

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