El Correo

«Soy un antimoderno, ni de derechas ni de izquierdas»

El autor asegura haberse desnudado en su último libro.
El autor asegura haberse desnudado en su último libro. / El Correo
  • Juan Manuel de Prada presenta hoy en el Aula de Cultura de EL CORREO ‘Mirlo blanco, cisne negro’, una crítica descarnada del negocio literario

Juan Manuel de Prada (Barakaldo, 1970), ‘enfant terrible’ cañí del mundillo literario, acostumbra a repartir a diestra y a siniestra –sobre todo desde la diestra– desde sus afiladísimas columnas levantadas a base de boutades y una honestidad brutal. Hoy visita Vitoria para presentar en el Aula de Cultura de EL CORREO su última novela, ‘Mirlo blanco, cisne negro’, en la que ajusta cuentas con los prebostes del negocio de las letras, por mucho que insista que el libro es pura ficción. Normal. No deja títere con cabeza.

–¿Ha mutado ya de mirlo blanco a cisne negro?

–Yo a lo que aspiro es a haber dejado atrás esas dos fases. Mirlo blanco, al fin y al cabo es esa persona de extrañeza tal que convulsiona a los que le rodean. Y yo, por edad, ya no puedo sorprender ni desconcertar. Cisne negro, en el sentido que le doy a la novela, que es el de la rareza, enturbiada en amargura, le suele sacudir a uno ya en la edad madura, cuando está de vuelta de todo. Y me gustaría ya haberlo dejado atrás porque estoy en un momento en que he recuperado la ilusión y la vocación por mi trabajo. A lo que no hay que renunciar es a ser un perro verde. Un artista tiene que aspirar a seguir siendo insultante, desconcertante e irritante.

– Para ser un perro verde, ¿no hay que parar de provocar?

– No hay que parar de interpelar, ni de ladrar. Pero la provocación banal, sin sustancia, sólo es aspaviento, pura fachada.

– Dicen que perro ladrador, poco mordedor. Yusted es de los que ladran. Mucho.

– Cuando hay que morder, hay que hacerlo. Evidentemente, siempre que se pueda ser pacífico y se disuada con el ladrido hay que parar ahí. Pero, ante la agresión, la vileza, la miseria humana y la indignidad, hay que morder, claro que sí.

– Pues se tiene que dejar la mandíbula en cada columna.

– Yo creo que el escritor tiene una obligación, aunque le suponga un gran desgaste y hasta odios. Y es que no debe falsear ni ocultar aquellas cosas que considera injustas o falaces. Aún a riesgo de la soledad, tiene que decir su verdad.

– ¿Es de ese tipo de gente que disfruta siendo odiada?

– No. Yo disfruto siendo amado...

– Pero le pone.

–¡Qué va! Es que creo que tengo la obligación moral de decir la verdad. Aunque, a veces, la diga de forma un tanto cruda o áspera. Pero en modo alguno disfruto de esos odios, lo digo de corazón.

– ¿De dónde surge la necesidad de hacer un ajuste de cuentas tan brutal con el negocio literario?

– En realidad, soy brutal conmigo mismo. El telón de fondo es el mundo cultural, que se lleva algún que otro rejonazo. Pero, al final, es una novela escrita contra mí, muy descarnada, en la que utilizo mi trayectoria como escritor como asunto para una revisión sangrante de mí mismo. La principal víctima de este libro soy yo.

– Álex, el protagonista, digiere muy mal el éxito. ¿A usted se le ha acabado empachando?

– Yo es que rechacé el éxito.

– Disculpe, pero eso suena algo pedante.

– En modo alguno. Cuando gané el Planeta fui sometido a muchísimas tentaciones. Se me ofrece convertirme en un escritor sistémico y yo lo rechazo. Supongo que fue por una especie de seducción por el malditismo que en mí fue natural. Consideré que lo mío era acampar extramuros de la feria de las vanidades literarias.

– Dice que se ha desnudado mucho en este novela. ¿Es de los que ganan en pelotas?

– Hasta los que están más buenos, que no es mi caso, todos perdemos en pelotas. Pero creo que es un acto de sinceridad del escritor mostrarse no sólo en sus grandezas, sino también en sus debilidades, en sus momentos menos luminosos. Yo creo que muestro a mis lectores todas esas cosas que uno quiere ocultar cuando sólo quiere dar la mejor imagen de sí mismo.

– Aunque, a veces, tenga que «poner cara de Jonathan Franzen con almorranas».

– Ja, ja, ja... Yo es que siempre he sido demasiado paleto, demasiado de la Meseta. A mí, me pones una boina y parezco Paco Martínez Soria, seguramente porque soy bastante antimoderno. Uno no puede disimular lo que no es.

– ¿Y es tan de derechas como parece?

– Derechas e izquierdas es una creación revolucionaria y un antimoderno como yo no puede ser ni de lo uno ni de lo otro.

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