El Correo

Que vienen los rusos a Abetxuko

Estábamos más que acostumbrados a leer cada mañana en los diarios matutinos las hazañas que, día tras día, protagonizaban los belicosos miembros del clan de los ‘bartolos’. Como si de una marabunta de hormigas se tratara, y bajo las órdenes de la comandanta María –reina del hormiguero– se derramaran por Vitoria para campar a sus anchas.

Desde el cuartel general de la avenida Los Huetos, camino del antiguo Eroski, organizaban una carnavalada tras otra, en una kermesse que parecía no tener fin. Ora robando en el mercado de mayoristas, ora amedrentando hombres, mujeres y niños, sobrecogidos por aquel siniestro tropel.

Se han repetido anécdotas curiosas junto a leyendas urbanas que no tienen desperdicio. Como aquella que referían los clientes de la gasolinera de Asteguieta, donde una de las miembras del clan vendía –¡barato, barato!– unas cajas de langostinos en temporada navideña, que se los quitaban de las manos, oiga. Crustáceos que provenían, claro está, de los frigoríficos del mercado anexo, de donde habían sido convenientemente afanados tras reventar los cierres.

Cuentan que desde su fortín de Los Huetos, y al paso de un incauto automovilista, aquellos desalmados arrojaron el cuerpo del abuelo recién fallecido a la carretera, tratando de hacerlo pasar por vivo, para así obtener una compensación económica del aterrado conductor. En definitiva, sólo se trataba de un último servicio que se le pedía al abuelo: «Si total no le importa, muertico como está el ‘probe’ yayo». De tal suerte que, como un moderno Cid Campeador, saliera victorioso de su última trifulca después de muerto, aportando unos cuartos para el clan.

Hubo un tiempo en que el Excelentísimo Ayuntamiento subvencionó las actividades de la banda, avalando a fondo perdido los créditos con los que adquirieran el inmueble que habitaban y que fueron corroyendo hasta desintegrar su interior, como si hubieran ido derramando ácido sin descanso cada día. Dicen que por la caridad entra la peste. Y entró. Y de aquellos polvos estos lodos que han ido sufriendo las vecindades de los sucesivos asentamientos de la tribu, desde Sansomendi a Badaya, pasando por Echávarri-Viña para ir a dar con sus huesos en Abetxuko.

Y es que el buenismo es lo que tiene. Que nunca puedes aguantar un envite con alguien que siempre juega al órdago, y que te mea en el refajo si te descuidas. Si no que se lo pregunten a los atribulados policías municipales que, en cada intervención, se veían rodeados por una miríada de niños que, a modo de diabólicos Chuquis, les pellizcaban y desquiciaban mientras les sustraían porras, esposas y demás adminículos de los que componen su equipo de trabajo.

Pero si hay algo para lo que a un poli municipal no le preparan en la academia es para proceder a la detención de la matriarca del clan, mientras esta se sube las faldas, oferente, mostrando sus vergüenzas desnudas de toda desnudez, mientras clama a voz en cuello:«¡Cacháme! ¡Cacháme si tenéis cojones! (Traducción: Cacheadme, cacheadme). Díganme ustedes quién es el guapo que se acerca, mientras la comandanta aventa con los pliegues de la falda los vapores de tan íntimas e inquietantes procedencias, para estupefacción de los agentes del orden que huyen como gato escaldado entre las carcajadas de la María.

Y es que la democracia se defiende mal en cuestiones como ésta que nos inquieta. Si no, pásense por Abetxuko y vean cómo una nueva ocupación de una vivienda por parte de los ‘bartolos’ provoca la reacción de un barrio tan familiar como es éste, que ya ha comenzado a indignarse tras las primeras incursiones de los nuevos vecinos.

Siempre se dijo que los ladrones no roban en el barrio en el que viven. «No cagues donde comas», resumían los más finos de entre los rateros. Pero a las alturas que estamos de la película, estos delincuentes instalados en la calle de El Cristo se ciscan hasta en la madre que los parió. Que no reparan en gastos.

Por si fuera poco, y como si de un equipo de fútbol se tratara, los ‘bartolos’ han ido enriqueciéndose con nuevos fichajes del clan bilbaíno de los ‘pichis’. Así que sólo falta la cesión de un guipuzcoano y armamos la selección de Euskadi de mamporreros.

«Esto lo arreglaba Putin en un pispás», le escuché exclamar a un vecino en un bar del barrio. Así que cuando leyó que habían sido interceptados dos bombarderos rusos en «aguas de Bilbao», sobrevolando la costa, pensó que venían a bombardear la casa de la calle de El Cristo en sus Tupolev Tu-160. Una lástima que dos F18 del ejército del aire español los interceptaran, se quejaba hastiado camino de la concentración de protesta.

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