El Correo

«Es un viaje al pasado, no sólo una feria»

Numeroso público disfrutó de las danzas de la plaza el Machete, que este año no acoge exhibiciones de cetrería.
Numeroso público disfrutó de las danzas de la plaza el Machete, que este año no acoge exhibiciones de cetrería. / Iosu Onandia
  • Los bufones de la corte invitan en su pregón a disfrutar de un fin de semana medieval

«¿Son espadas de verdad?», preguntaba con inocencia un niño a los dos guerreros de feroz aspecto que paseaban por la plaza del Machete. Al escucharle, uno de ellos desenvainó su acero con un movimiento ágil, posando el filo ante los ojos del chaval y tocando la hoja. «¿La puedo tocar?», suplicó al verla relucir. El hombre no se lo pensó mucho y dejó al pequeño palpar la superficie. Y es que ayer las puertas del tiempo se abrieron en el Casco Viejo y el Medievo aprovechó la ocasión para traer allí sus bufones y juglares, sus soldados y un sinfín de mercaderes y artesanos cargados de delicias y tesoros. Y, cómo no, en un mercado medieval no podían faltar los pregoneros, encargados de lanzar a los cuatro vientos sus recomendaciones sobre tal jornada festiva.

¿Y qué mejor forma de hacerlo que mostrando un adelanto de lo que podrán disfrutar los visitantes durante el fin de semana? Así, la música y las acrobacias tomaron la tarima de la plaza del Machete con shows tan variopintos como el de unos guerreros bien provistos de bombo, gaitas y hasta una batería portátil, que arrancaron las primeras palmas al medio millar de espectadores que rodeaban el escenario. Era el chute de energía necesario para no perderse ni una de las actividades previstas en estas jornadas medievales, y el público estuvo a la altura.

Tierra de batallas y hazañas

Les siguieron una pareja de acróbatas que desplegaron sus saltos y contorsiones desafiando a la gravedad con una danza aérea, apoyados sólo el uno sobre el otro, que mantuvieron en vilo al respetable. «¿Cómo lo hará?», se preguntaba una niña. Después llegaron las danzas, un aperitivo de lo que se podrá disfrutar en el zoco árabe, y una joven que al son de las gaitas trepó por una tela azul para sobrevolar la plaza con sus arriesgados giros. Y tampoco faltaron, venidas desde tierras lejanas, las misteriosas hadas que dejaron boquiabiertos a los peques con sus cánticos ancestrales.

Pero los más esperados eran los bufones de la corte, enviados por el rey para dar cuenta a los vitorianos de las bondades del mercado. «A Vitoria debéis partir, y a sus gentes debéis divertir en los tres días de fiesta que he decretado», imitaban al monarca, para sorna del público. «¡No hay nada como tener al rey contento!», repetían sus compadres. «Un día ésta fue tierra de castillos, de batallas, y de grandes reyes y hazañas», recordaban, dispuestos a cumplir el mandato de abrir las puertas del tiempo. «Huele a carne. ¡A vino! ¡A fiesta! ¡Ya están aquí los mercaderes, los artesanos, y está llegando el carro de los comediantes», celebraba tan particular tropa. «Sólo faltáis vosotros. ¡Los invitados!», clamaron mientras señalaban al público. «Mirad que esto no es sólo un mercado. ¡Es un viaje al pasado, para recorrer vuestra historia!», recordaban.