El Correo

«Aranatze se fue con una sonrisita»

Aranatze recibió de manos de Gorka Ortiz de Urbina la bota de Celedón.
Aranatze recibió de manos de Gorka Ortiz de Urbina la bota de Celedón. / Jesús Andrade
  • La niña vitoriana a la que Celedón regaló su bota el 4 de agosto falleció el domingo tras año y medio de lucha contra el cáncer

Aranatze se fue con sus sueños cumplidos. Sueños a corto plazo, sueños de niño, de los que se tienen cuando no se planifica el futuro, cuando el día de mañana es eso realmente, mañana; ni siquiera el año que viene, mañana. Aunque Aranatze se fue cuando le quedaba toda una vida por vivir, porque es lo que tiene por delante alguien de once años, por muchas batallas contra la enfermedad que haya tenido que librar, como fue su caso.

La pequeña Aranatze –esa niña que se ganó un hueco en este periódico cuando el pasado 4 de agosto Celedón le regaló su bota a cambio de una sonrisa– estaba convencida de que se iba a curar del cáncer que le diagnosticaron hace año y medio. Aunque sufría, siempre encontraba un motivo para no perder la sonrisa. Incluso «murió con una sonrisita», recuerda a EL CORREO su padre Enrique, que no quiere dejar pasar la oportunidad de dar las gracias a través de este medio a todos los que apoyaron de una u otra manera a la pequeña y a su familia. A todos, a los que cita «y a los que seguro que me he olvidado», advierte para que nadie pueda sentirse mal.

Enrique se refiere a quienes trataron por todos los medios de curarla, los equipos médicos de Cruces y del Gregorio Marañón –donde se sometió a una intervención pionera en oncología infantil– y a todos los que se volcaron con ella para hacerle la vida un poco más fácil, para que sus sueños, sus deseos, se fueran haciendo realidad. Algunos tan sencillos como poder participar en las colonias de verano con sus amigos, otros más ‘grandes’ como acudir al musical ‘El Rey León’ y conocer a sus actores. Ese regalo –cuatro entradas para ella, sus padres y su hermana– se lo hizo el doctor Wenceslao Vázquez, uno de los médicos que la operó en Madrid.

«Pudo ver ‘El Rey León’», dice el padre. «Llegamos hasta ahí y después empezó a caer en picado», relata. Pero aún así pidió hacer alguna otra cosa como subir a Opakua el domingo anterior. Entonces sí que «ya había hecho lo que quería».

Conoció a sus ídolos

Aranatze había conseguido antes otras cosas como volver a montar a caballo o conocer a sus ídolos, ídolos cercanos, nada de actores o cantantes. Porque Aranatze era una apasionada del deporte, sobre todo de la pelota. Por eso en la lista de agradecimientos de su padre se suceden los nombres de pelotaris, Irujo (al que admiraba especialmente y del que guardaba una camiseta firmada), Otxandorena, Barriola, Artola, Mikel Goñi... Sin olvidar a otros deportistas como el montañero Juanito Oiarzabal, ante el que la pequeña, ésa que no perdía la sonrisa, no pudo evitar llorar de la emoción al conocerlo.

«Juanito no pudo estar ayer (por el lunes, en el acto de despedida), pero nos llamó», dice Enrique mientras sigue con su lista de agradecimientos: «A todo su club de pelota», deporte que practicó antes de que la enfermedad se lo impidiera. «A la ikastola, al instituto» y a los profesores que le dieron clase durante sus estancias en el hospital. Y, cómo no, a Gorka Ortiz de Urbina, el Celedón humano que consiguió que hace apenas mes y medio estuviera con la bota recibida «más contenta que unas castañuelas», narraba su padre entonces, que ya repetía a unos y otros su agradecimiento por contribuir a que Aranatze, la luchadora Aranatze, no perdiera la sonrisa, la que conservó hasta el domingo.

El 4 de agosto ya «no será lo mismo» para Gorka Ortiz de Urbina cuando vaya al hotel de Los Arquillos para despojarse de la vestimenta de Celedón y recuperar su propia personalidad. Aranatze ya no estará allí «como en estos últimos cuatro años», recuerda Gorka. Éste, ya enferma, «estuvo jugando con mis hijos sin perder la alegría y con una fuerza tremenda», continúa. «Va a ser duro la próxima vez», admite Ortiz de Urbina, que en las últimas fiestas le entregó, como Celedón, su bota.

Ambas familias han labrado «una amistad profunda» de la que Gorka se siente muy orgulloso y «agradecido» por haber podido conocerles, «tanto a Aranatze como a Izaskun, su madre, y Kike, su padre». El fallecimiento de la niña «me ha llegado al corazón», afirma, visiblemente afectado.