El Correo

Vitoria colocará bolsas-trampa en los parques para controlar la procesionaria del pino

Una bolsa-trampa para procesionarias colocada en un pino.
Una bolsa-trampa para procesionarias colocada en un pino.
  • Estas orugas, habituales en los parques periurbanos de la ciudad, desprenden unos pelos urticantes que flotan en el aire y pueden constituir un «problema de salud pública»

Falta cerca de un mes para se empiece a ver la procesionaria del pino por los parques de Vitoria y el Ayuntamiento ya se apuesta para contrarrestar sus efectos negativos y molestias a la población. El concejal de Medio Ambiente, Borja Belandia, ha anunciado este martes que el Consistorio controlará la presencia de esta oruga (Thaumetopoea pityocampa) en la capital alavesa. Se trata, indican desde el Departamento de Medio Ambiente, de una especie «habitual en los pinares del entorno y con presencia en los parques periurbanos de Vitoria, como el de Armentia o el de Olárizu, así como en algunos jardines urbanos».

En el caso del parque de Olárizu, indica el Ayuntamiento, las poblaciones de procesionaria no alcanzan niveles muy elevados y no llegan a constituir una plaga. El número de bolsones, apuntan los expertos, es «reducido y solo algunos pies presentan una defoliación apreciable». Sin embargo, existe el riesgo de que puedan causar daños a las personas y sobre todo a los perros, por lo que Belandia considera «recomendable llevar a cabo algún tipo de control». Con ese objetivo, está prevista la colocación de bolsas-trampa alrededor de los troncos de los pinos más afectados. Se trata del método más apropiado en esta época del año, según indica el personal técnico del Consistorio.

Con el final del invierno y la subida de temperaturas, las orugas procesionarias descienden de los árboles para buscar un sitio adecuado donde enterrarse y transformarse en insecto. Es entonces cuando salen en procesión, una tras otra, formando las filas que las caracterizan y les dan nombre. Detrás de ese curioso desfile se esconde un potencial peligro: sus pelos urticantes, que llegan a flotar en el aire y pueden llegar a constituir un «problema de salud pública», según denuncian desde el Colegio de Ingenieros Forestales. Aunque todavía no han salido de los bolsones, su presencia en Euskadi es abundante ya que su alimento preferido, el pino radiata, cubre cerca de 130.000 hectáreas de suelo en el País Vasco. Prácticamente todos los ejemplares de esta especie arbórea son atacados en mayor o menor medida por este parásito, que se mantiene a raya con fumigaciones. Cada año, cerca de 21.000 hectáreas de suelo público recibe este tipo de tratamiento.

Además de los graves perjuicios que causan a los árboles, de manera especial a los pinos, un eventual contacto con sus nocivos pelos puede causar problemas cutáneos y reacciones alérgicas graves. En concreto, irritación en oídos, nariz y garganta en los seres humanos, así como intensas reacciones alérgicas. Los animales también resultan afectados por estas larvas. La curiosidad de los perros les hace ser presa fácil de la sustancia urticante que portan estos pelos, una toxina denominada Thaumatopina. Cada año, las clínicas veterinarias de Vitoria atienden algún caso de este tipo. A una perra de caza «se le cayó la parte de la lengua que estuvo en contacto con la oruga», explicaron los responsables de la clínica veterinaria Idem de la capital alavesa. Estos veterinarios indicaron que la parte afectada de la lengua «se puso negra, se necrosó» y acabó cayéndose, aunque señalan que «hay tratamientos» en función de la intensidad de la afección.

En el País Vasco la densidad de estas orugas no llega a ser una plaga que ponga en jaque la salud pública, aunque son fácilmente detectables en zonas de pinos y sus procesiones son visibles de manera especial en carreteras y caminos que discurren entre arbolado. En otros lugares de la península que registran mayores problemas se suelen planificar tratamientos para acabar con estas orugas, ya que es posible sufrir el contacto con la procesionaria «aunque ya se haya enterrado en el suelo. Puede haber bolsones que retrasen su eclosión o puede que una procesión de orugas haya dejado sus pelos urticantes en una determinada zona», apuntan desde el Colegio de Ingenieros.