El Correo

El alavés de los 108 asesinatos

El alcalde de Vitoria Teodoro González de Zárate, con sombrero, en 1931, fue uno de los ejecutados por Bruno Ruiz de Apodaca en el puerto de Azazeta.
El alcalde de Vitoria Teodoro González de Zárate, con sombrero, en 1931, fue uno de los ejecutados por Bruno Ruiz de Apodaca en el puerto de Azazeta. / Archivo Municipal
  • El carlista Bruno Ruiz de Apodaca presumía de haber matado ese número de víctimas en Álava durante la represión de la Guerra Civil

Entre los mayores asesinos de la historia de Álava hay uno del que apenas se ha hablado. Se llamó Bruno Ruiz de Apodaca Juarrero y su memoria oficial está restringida a los libros sobre la Guerra Civil, los académicos y los de la propaganda política. La mayoría de los que lo conocieron y sufrieron su siniestro currículum han muerto. Pero hay familiares que no lo han olvidado y en algunos círculos su nombre pasa todavía de boca en boca. Fue tras el éxito de los sublevados contra la II República en Vitoria el 18 de julio de 1936 cuando este trabajador del sector del zapato se distinguió por encima de todo el mundo. Naturalmente, sus hechos no se pueden comparar a los de los criminales como el legendario Sacamantecas, que actuaba por otros motivos. Pero matar y ordenar matar a decenas de sus vecinos por ideología, por considerarse un salvador de la patria atacada vislumbra un personaje muy especial.

El libro del profesor Javier Gómez Calvo, 'Matar, Purgar, Sanar. La represión franquista en Álava' detalla con precisión el macabro quehacer de este individuo y nos descubre detalles personales asombrosos.

Ruiz de Apodaca, señala Gómez Calvo, «capitaneaba las partidas nocturnas de la represión. Era un trabajador del calzado que durante los últimos años de la República se había destacado como propagandista en la Casa Social Católica. Una herida recibida por disparos de la Policía durante la sanjurjada le libró de marchar al frente. Pero no tardó en alistarse en la milicia carlista de retaguardia –el Requeté Auxiliar– y llegó a coordinar como agente auxiliar interino una oficina de Investigación y Vigilancia, dependiente del Ministerio de Orden Público, en lo referente a la elaboración de informes políticos, tarea para lo cual estaba suficientemente capacitado a juzgar por la exhaustiva vigilancia que realizó la noche del 18 de julio frente al Gobierno civil anotando todas las idas y venidas de posibles opositores al golpe de Estado.

Aunque ya había estado a las órdenes del primer delegado de Orden Público en Vitoria, Alonso Galdós, su negra carrera no empieza hasta que Alfonso Sanz, un africanista de los duros, capitán de artillería, relevó al primero.

Sus correrías nocturnas datan de, al menos, el 28 de agosto de 1936, cuando desapareció en Vitoria Esteban Íñiguez de Heredia. El pelotón de Ruiz de Apodaca se dirigió esa noche hacia el sur de la provincia para dar muerte a cuatro vecinos de Cárcamo, dos de Miranda de Ebro y tres de Elciego en Armiñón. La noche siguiente serían asesinados seis vecinos de Treviño, uno de Hereña y el día 30, dos de Orenin (Elburgo) sumando un total de 19 personas en apenas tres días.

Sin duda la responsabilidad de esas muertes no recaían solo en Ruiz de Apodaca y sus hombres. El era el brazo ejecutor de unas órdenes bien marcadas por Sanz, que a su vez las recibía de los generales golpistas. Una visita del general Millán Astray a Álava aceleró el programa de ejecuciones en agosto.

En septiembre, se organizó la primera saca con el asesinato de dos anarquistas, Julián Alarcia y el médico de Maestu, Isaac Puente. Luego otro anarquista y dos socialistas, entre ellos el concejal de Vitoria Primitivo Herrero. El 7 de septiembre, otro libertario. Días después, otros quince. Eran sacados de sus celdas y ejecutados en distintos puntos de la provincia. El 17 de septiembre, tras un bombardeo de la aviación republicana sobre Vitoria, la respuesta fue el fusilamiento de otros seis, entre ello Teodoro Olarte, empresario de Izquierda Republicana, presidente de la comisión gestora que gobernaba la Diputación.

El goteo continuaba. Todos eran entregados a Ruiz de Apodaca. En noviembre, fue enviado al frente de Madrid en calidad de jefe de un destacamento de Orden Público. En ese momento, las fuerzas de Franco esperaban entrar con rapidez en la capital de España. Las listas de los futuros ‘paseados’ ya corrían de mano en mano y el alavés era uno de los candidatos a hacer la limpia de enemigos del nuevo régimen. No volvió hasta diciembre. La primera fase de la labor de limpieza se daba por finalizada. El mismo Sanz, el instigador, fue movilizado al frente de Villarreal y relevado.

Orden de libertad, antes de ser 'paseados'

Los asesinatos siguieron aunque de forma más esporádica. Hasta finales de marzo de 1937, cuando Mola ordena dar un escarmiento a la retaguardia vitoriana antes de lanzar el definitivo ataque sobre Vizcaya. Así lo describe Iñaki Gómez Calvo: «Bruno Ruiz de Apodaca se presentó con un pelotón de requetés para entregar al director de la prisión una orden de libertad de dieciséis internos. El primero era el dirigente del PNV y conocido joyero José Luis Abaitua. Fueron llevados a las estribaciones del puerto de Azazeta y ejecutados. La mayoría eran anarquistas, comunistas y socialistas. Pero también estaba un hombre liberal y moderado de Izquierda Republicana como Teodoro González de Zárate.

El impacto de aquellas muertes en la sociedad vitoriana fue tan grande que incluso hubo protestas por parte de afectos al régimen. Aunque los asesinatos mediante sacas se acabaron en Álava y fueron los tribunales militares los que firmaban las condenas, la labor represiva de Apodaca continuó especialmente elaborando fichas e informes para depurar a los funcionarios dudosos. Gómez Calvo recoge una carta en la que pide al presidente de la Diputación que sancione al «personal desafecto». «La Providencia ha puesto en nuestras manos todo lo necesario para vencer el monstruo comunista-separatista», dice el zapatero carlista.

Acabada la guerra, Ruiz de Apodaca trabajó como inspector de policía. Se cuenta en el libro que en febrero de 1957 los familiares de Ángel Ruiz de Pinedo, un médico de la CNT exiliado, se presentaron en su domicilio. Le insultaron y amenazaron porque había elaborado un informe contrario a su regreso a España. Un mes después sufrió un infarto de miocardio. Se contaba que tenía un tic y que no podía dormir y que vivía con miedo.

En 2007, Jesús Estrada, sobrino de uno de los asesinados en Azazeta con el mismo nombre, relató en el blog de la asociación Ahaztuak 1936-1977, un encuentro con Ruiz de Apodaca que se desarrolló en Estíbaliz.

Decía así: «se llamaba Bruno Ruiz de Apodaca y se jactaba de haber matado el solo a 108 personas. El 1 de mayo de 1967, bajando de Estíbaliz, este asesino en compañía del policía Anuncibay, me pidieron que me identificara y al ver mi nombre, se acordó de mi tío, y Apodaca se puso a gritar como un energúmeno: «¡No puede ser! ¡Jesús Estrada! ¡No puede ser!», como aquel que grita «!No puede ser porque yo lo mate!!».

Homenaje a los fusilados en el puerto de Azazeta, realizado en 2009 en el cementerio de El Salvador, organizado por el colectivo Ahaztuak.

Homenaje a los fusilados en el puerto de Azazeta, realizado en 2009 en el cementerio de El Salvador, organizado por el colectivo Ahaztuak. / Blanca Castillo

Pues sí puede ser. Soy Jesús Estrada. No el mismo asesinado por Ruiz de Apodaca y sus secuaces de la camisa azul, pero si sangre de su sangre, ideas de sus ideas. Aquí estoy. Aquí estamos. Y no vamos a permitir que se olvide el golpe militar fascista del 18 de Julio de 1936, ni la dictadura, ni la represión, ni los crímenes franquistas, ni sus responsables ni sus cómplices».

El celo de Ruiz de Apodaca llamaba la atención. «Jugó un papel decisivo al elaborar y proporcionar fichas informativas de todos los empleados sospechosos políticamente e incluso de aquellos cuyos antecedentes no iban más allá, como ocurría con un empleado municipal, del lanzamiento de almohadillas al ruedo en una corrida de toros.