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Vitoria y la aviación, una historia de amor

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Vitoria y la aviación, una historia de amor

El general republicano Ignacio Hidalgo de Cisneros, vitoriano nacido en 1894, cuenta la fascinación de cuatro muchachos en los tiempos de los pioneros

21.10.13 - 09:14 -
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Vitoria y la aviación, una historia de amor
El aviador Heraclio Alfaro. / Archivo Municipal de Vitoria

¿Por qué Vitoria tiene tanto que decir en la historia de la aviación? Hay múltiples ejemplos de hijos de esta tierra vinculados de forma especial con el aire, y algunos son sorprendentes. En su libro de memorias ‘Cambio de rumbo’, el que fue jefe de las fuerzas aéreas republicanas, Ignacio Hidalgo de Cisneros, nacido en Vitoria en 1894, cuenta la fascinación que la aviación produjo en cuatro adolescentes en los tiempos de los pioneros. El relato es tan magnífico que no hay nada que añadir.

"No recuerdo los detalles ni las razones por las cuales tres señores de San Sebastián vinieron a Vitoria para realizar las pruebas de un avión de su invención, el ‘AMA', nombre formado con las iniciales de los apellidos de estos precursores de la aviación que se llamaban Ameztoy, Mújica y Azcona.

Escogieron para sus experimentos un terreno situado a unos cuatro kilómetros de Vitoria, llamado Campo de Lacua, que desde entonces y durante muchos años, quedó convertido en el aeródromo oficial de la capital alavesa. Este acontecimiento pues no cabe duda que en aquella época, probar un avión lo era, tuvo una influencia decisiva en mi vida y en la de mis tres mejores amigos: Alfaro, Ciria y Aragón.

Desde que se instalaron en Lacua los donostiarras, nuestro pequeño grupo de amigos siguió con entusiasmo todos los trabajos preparatorios para el vuelo. Era tan grande nuestro interés por aquellos experimentos, que la mayor parte de los días íbamos al campo mañana y tarde, sin importarnos el mal tiempo ni la distancia que teníamos que andar. Recuerdo haber pasado horas y horas esperando con impaciencia la llegada de alguno de los tres propietarios por, si decidía hacer alguna prueba, no perderla.

Habían construido una rampa bastante inclinada, con rieles. El avión se colocaba en la parte más alta, sobre una pequeña plataforma con ruedas que comenzaba a deslizarse una vez puesto el motor en marcha, y al llegar al final de la rampa, ya con bastante velocidad, el avión se desprendía y, en teoría, debía salir volando, cosa que nunca ocurrió. Con una tenacidad admirable, a pesar de sus pocos éxitos, las pruebas del ‘AMA’ duraron bastante tiempo. Nuestro grupo siguió al día todas las peripecias de aquellos audaces ensayos, y aunque no conseguimos verlo volar, lo que presenciamos nos apasionó de tal modo, que desde entonces vivíamos pensando solamente la manera de podernos hacer aviadores lo más rápidamente posible. Mi ideal, que hasta entonces dada mi locura por los caballos, era entrar en el arma de caballería, quedó completamente olvidada: lo único que me interesaba era la aviación.

Aunque en nuestro grupo todos sufríamos una especie de fiebre ‘aviatoria’ muy fuerte el de más gravedad, sin duda alguna era Alfaro. Llegó a tal punto su entusiasmo que convenció a sus padres para que le autorizasen a pasar en Francia unos meses estudiando la construcción de aviones. Heraclio Alfaro Fournier, nieto del célebre fabricante de naipes Heraclio Fournier era un muchacho magnífico al que sus amigos querían y apreciaban mucho. Inteligente, apasionado y muy tenaz cuando quería conseguir algo. Desde Francia nos mandaba fotos y planos de pequeños planeadores, que nosotros reproducíamos con mucho interés.

¿ACHA o HACHA?

A los tres meses regresó Heraclio a Vitoria. Su gran afición por la aviación en este período se hizo mucho más fuerte, se había dedicado a estudiar con toda su alma esta materia. El mismo día que llegó nos propuso a Ciria, a José Aragón y a mi construir un planeador grande con el que podríamos hacer vuelos planeados (lo que hoy se llama vuelo sin motor). Traía los planos, había aprendido a construirlo y tenía estudiadas todas las pegas que pudiesen presentarse. La primera cosa que necesitábamos era dinero para comprar la madera y demás materiales. La familia de Alfaro que era también propietaria de una fábrica de sacos nos proporcionó un cobertizo situado cerca de la fábrica donde establecimos nuestro taller. Por fin, después de muchos trabajos y de bastantes sacrificios, pues todo el dinero que caía en nuestras manos iba directamente para la construcción, conseguimos terminar el planeador que a nosotros nos parecía maravilloso y con el que nos proponíamos hacer verdaderas proezas. Imitando a los de San Sebastián con su ‘AMA, también nosotros bautizamos el planeador con las iniciales de nuestros apellidos. Le pusimos el nombre de ‘ACHA’ que por cierto fue una complicación, pues todos pensaban que habíamos querido llamarlo ‘HACHA’ y se metían con nosotros por la falta de H. Todo el trabajo de dirección y, en general, la mayor parte del trabajo manual, lo realizó Heraclio. También tomaron parte algunos obreros de la fábrica de sacos.

Un día, sin decir a nadie una palabra, antes de amanecer, trasladamos con muchas dificultades, por su gran tamaño, nuestro planeador a una colina con una explanada en su cima llamada ‘La Sartén’, cerca de la población. El día anterior habíamos decidido muy democráticamente echar a suertes el turno de los vuelos. Le tocó el primer vuelo a Ciria. Esperamos a que se hiciese completamente de día. Nuestro amigo Ramón de Ciria se puso los tirantes. Aragón y yo sosteníamos el planeador cada uno en un extremo de las alas. Alfaro que dirigía la operación, dio la señal: salimos los tres corriendo con el planeador en dirección contraria al viento. Al llegar al final de la explanada, Aragón y yo soltamos el aparato, y Ciria, dando un salto, se lanzó por la pendiente. El planeador se fue a la empinada lo mismo que un caballo cuando se pone en pie sobre las patas traseras, después se inclinó sobre un ala y cayó a tierra. Sacamos a Ciria que no podía moverse aprisionado por los restos del planeador, pensando que estaría medio muerto, pero felizmente, al caer sobre un ala, la rotura de ésta, obrando como un amortiguador, atenuó el golpe. Total: un tobillo roto, muchos arañazos y el susto correspondiente.

Este primer fracaso ni nos desanimó ni nos quitó la afición. A los pocos días empezamos a construir con gran optimismo el segundo planeador al que llamamos ACHA II. Cada nuevo avance de la aviación nos interesaba como si fuese algo nuestro. Recuerdo nuestro entusiasmo cuando Henri Farman cubrió en circuito cerrado el primer kilómetro en 1908 o cuando Bleriot atravesó el Canal de la Mancha en 1909. El célebre viaje de Vedrines a Madrid y sus preparativos, nos tuvo en tensión durante semanas.

Heraclio Alfaro consiguió que sus padres le mandasen a Francia para hacerse piloto de aeroplano. Aragón, Ciria, y yo, que no teníamos unos padres tan comprensivos ni tan ricos, no veíamos otra solución para llegar a ser aviadores que entrar en una de las academias militares para obtener el grado de oficial y poder solicitar el ingreso en aviación militar, pues en aquella época era indispensable ser oficial de cualquier arma o cuerpo del ejército."

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