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¿Por qué se cerró Alcatraz?

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¿Por qué se cerró Alcatraz?

Humedades, gastos excesivos, fugas y contaminación en la bahía acabaron, hace medio siglo, con la prisión más famosa del mundo

01.04.13 - 00:01 -
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Frank Weatherman se volvió para mirar lo que había sido su residencia durante los últimos cuatro meses. No pudo evitar sonreír, a pesar de que se encontraba incómodo con las esposas y los grilletes. «¿Cómo se siente al dejar La Roca?», le preguntó un periodista. «Bien –respondió–. Alcatraz nunca fue buena para nadie». Este atracador de bancos se convertía, hizo el pasado jueves 21 exactamente cincuenta años, en el último preso de la cárcel más famosa del mundo.

El cierre de la prisión estaba cantado desde el verano anterior: la fuga nunca reconocida de Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin, en junio de 1962, y la mala fama del penal por las brutales condiciones de internamiento de sus reclusos –en un momento en que el sistema penitenciario comenzaba a hablar de rehabilitación y no de castigo–, habían debilitado enormemente la posición de quienes justificaban su existencia por motivos de seguridad. En cualquier caso, la lista de inconvenientes era mucho mayor, empezando por sus gastos excesivos de funcionamiento (cada penado costaba diez dólares al día, frente a los tres de cualquier otro presidio), el impacto ambiental que suponía para la bahía de San Francisco el vertido de las aguas residuales de sus más de 300 moradores –entre reos, vigilantes y sus familiares–, o la insalubridad de sus dependencias. No obstante, el factor que determinó su clausura fue la enorme inversión que se precisaba para recuperar unas instalaciones carcomidas por la humedad y el salitre. Pasarelas metálicas en las que los guardias se jugaban el tipo, un sistema eléctrico que amenazaba continuamente con cortocircuitos y unas paredes que se podían agujerear con una cuchara y que se desmoronarían al más mínimo temblor de tierra, requerían atención inmediata, con un coste estimado de cuatro millones de dólares de la época.

El fin de la prisión de Alcatraz (bautizada alternativamente como La Roca o la Isla del Diablo), no supuso la desaparición del mito que se fraguó en sus tres décadas de actividad: allí pagaron sus condenas los peores presos de Estados Unidos, rebotados de otros centros por su peligrosidad o su afición a escapar. Entre sus inquilinos más famosos se encuentran el mafioso Al Capone –que se las ingenió para seguir dirigiendo el negocio desde allí–, Frank Stroud –el ornitólogo autodidacta que lo mismo curaba un periquito que mataba a cuchilladas a un guardián–, George 'Machine Gun' Kelly –un mal tipo acostumbrado a exagerar sus hazañas y que pasó sus últimos 22 años a la sombra– o Bumpy Johnson –el 'padrino' negro de Harlem–.

Todos ellos fueron domados por un régimen que no toleraba la más mínima rebeldía. La regla número 5 de la prisión ayuda a hacerse una idea de las condiciones severas que allí imperaban: «Usted tiene derecho a recibir comida, ropa, albergue y atención médica. Cualquier otra cosa que reciba es un privilegio».

Castigos severos

La disciplina era rigurosa y los castigos, crueles. Los internos se sometían diariamente a una docena de recuentos. Vivían en celdas minúsculas e individuales; incluso en los comedores solo podían coincidir cuatro presos a la vez para evitar el contacto. Unas líneas pintadas en el suelo indicaban y limitaban la senda por donde se podía caminar. Ante cualquier falta, el infractor podía acabar en 'el agujero', un calabozo sin luz donde el sujeto permanecía desnudo y aislado durante semanas. Algunas normas tuvieron que suavizarse a la fuerza, como la prohibición de hablar, después de comprobar su efecto desquiciante sobre los prisioneros. Incluso así, se calculaba que aproximadamente un 20% de ellos sufría problemas mentales: el saldo de ocho asesinatos y cinco suicidios registrados en Alcatraz prueban la extrema tensión que marcaba su existencia.

No es de extrañar que, ante tal grado de desesperación, algunos tratasen de escapar. En total, hubo trece intentos de fuga. Joseph Bowers, el primero en aventurarse, terminó acribillado mientras insistía en escalar la valla, desoyendo las advertencias de los policías. Los demás, aunque llegaron un poco más lejos, obtuvieron resultados similares y acabaron muertos a tiros, ahogados o capturados y fusilados más tarde.

La excepción es la evasión ya mencionada de Morris y los hermanos Anglin: jamás se halló evidencia alguna de que hubiesen perecido en el mar, pero tampoco de que sobrevivieran. El único hecho constatable y misterioso es que la madre de los Anglin recibió a partir de entonces por su cumpleaños un ramo de flores, por supuesto sin tarjeta. (Para los incrédulos: en septiembre de 1999 el nadador español David Meca completó el trayecto entre la isla y la costa, con grilletes y sin neopreno).

La invasión india

Tras el cierre, la isla y todos sus edificios cayeron en el olvido, de forma que sus nuevos ocupantes volvieron a ser los alcatraces que dieron nombre al peñasco. En 1969, el ambiente volvió a 'animarse' cuando un grupo de indios –nativos americanos– ocuparon la isla escudándose en el Tratado de Fort Laramie, firmado por el Gobierno y la tribu sioux en 1868, que devolvía a sus originarios propietarios todas las tierras abandonadas. Allí permanecieron durante año y medio, conquistando, al fin, una nueva política de autodeterminación para sus pueblos.

A partir de 1972, Alcatraz pasó a formar parte de la red de parques nacionales y actualmente es uno de los principales atractivos turísticos para quienes viajan a San Francisco. Para asegurar la visita es conveniente reservar las entradas hasta con un mes de anticipación: ahora hay una cola enorme para entrar al sitio de donde todos querían salir.

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