Exceptuando mi niñez en Gamarra y un 'affaire' informal con el pádel, que me llevó a utilizar las pistas de un centro cívico, nunca he frecuentado las instalaciones deportivas municipales. Hasta ahora, cuando el cierre de mi gimnasio de referencia me ha abocado a asociarme a ellas. Y en este transitar de lo privado a lo público, he descubierto con abierta perplejidad la concepción diáfana de duchas y vestuarios, y la obligatoriedad que el Ayuntamiento impone con ello a los usuarios de asearse y vestirse en comandita. Así, siguiendo la tradición de la antigua Grecia, los vitorianos se lavan juntos y revueltos. Todos en pelota y por pelotas. No hay otra.
En mi desvirgue como abonada a estos equipamientos, he observado también, ésta vez con disimulado desconcierto, la absoluta naturalidad con la que, en apariencia, el resto de las usuarias, -quinceañeras y octogenarias con cuerpos tonificados, adiposos, velludos o racionalistas- pasean su strip-tease integral por estos baños tipo-loft, desnudas también de complejos e inseguridades. Curiosa paradoja para una ciudad en donde a menudo se renuncia a ataviarse con complementos tan eficaces contra el frío, como los sombreros, a vestimentas coloristas o a cualquier apuesta de moda mínimamente arriesgada, no vaya a ser que suscite un par de miradas. O, lo que es peor, un comentario desafortunado del tarugo de turno de la oficina.
Extravagancia o simple fenómeno paranormal, lo cierto es que el recato en la calle salta por los aires en los vestuarios de las instalaciones públicas. Ninguna objeción al respecto, siempre y cuando las marionetas de ese mecanismo instintivo de protección de la intimidad, los esclavos del pudor, los cortados, los tímidos, los psicópatas, los ñoños, los anoréxicos, los obesos mórbidos, los travestis, los hermafroditas, los minidotados o los estetas tengan la opción de ducharse en espacios compartimentados. Junto al estilo griego, el tabiquero. Y verán cómo por arte de birlibirloque la afiliación a las instalaciones públicas se anima.



