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¿Cómo se castiga una burbuja financiera?

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¿Cómo se castiga una burbuja financiera?

En el siglo XVIII, un parlamentario británico pidió pena de parricidio para los responsables del fraude de la Compañía de los Mares del Sur, en el que Isaac Newton perdió 20.000 libras

22.12.12 - 16:23 -
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¿Cómo se castiga una burbuja financiera?
El público compra acciones de South Sea Company. Cuadro de Edward Mathew Ward.

El escándalo de las acciones preferentes, una inversión compleja y de riesgo que las entidades financieras comercializaron entre clientes de avanzada edad y perfil conservador, ha obligado al presidente de la Asociación Española de la Banca, Miguel Martín, a exigir sanciones para los colegas que "se han comportado mal". "El que la hace la paga", proclamó esta semana. Sin embargo, no concretó cómo. Y ésa es la cuestión. ¿Qué tratamiento merecen, por ejemplo, quienes hacen descarrilar un sistema bancario y la economía productiva? "Los economistas no son los más cualificados para analizar el castigo apropiado para el crimen de cuello blanco de la estafa", aseguran Charles P. Kindleberger y Robert Z. Aliber, en 'Manías, pánicos y cracs' (ed. Ariel)

Depurar responsabilidades tras un proceso especulativo es un problema antiguo. Gran Bretaña se enfrentó a él en 1720, cuando estalló la burbuja de la South Sea Company (Compañía de los Mares del Sur), una catástrofe financiera provocada por la euforia inicial y el pánico posterior que desataron los rumores interesados sobre las acciones de aquella sociedad. El científico Isaac Newton perdió 20.000 libras y a partir de entonces no quiso hablar de ello ('Newton y el falsificador', Thomas Levenson, ed. Alba).

Los miembros de la compañía fueron conducidos a la Torre de Londres. El parlamentario Molesworth propuso en la Cámara de los Comunes que fueran condenados por parricidio y sometidos al suplicio que el Imperio romano reservaba para ese crimen: apalear al reo, introducirlo en un saco de cuero con un mono y una serpiente dentro, y arrojarlos a todos a un río ('Manías, pánicos y cracs').

Los causantes del desastre recibieron su escarmiento de todos modos. A uno de ellos, abuelo del historiador Edward Gibbon, le confiscaron parte de sus bienes (prólogo de 'Decadencia y Caída del Imperio Romano', ed. Atalanta). Charles Blunt, hermano del director, John Blunt, se cortó el cuello y el suceso fue reseñado por los periódicos. Robert Knight, acusado de falsear los libros de cuentas, tuvo que escapar del país. En el continente dio con sus huesos en una cárcel de Amberes, pero escapó de nuevo y se hizo rico en París.

La Compañía de los Mares del Sur había sido creada en 1711. La formó un grupo de especuladores que obtuvo del reino de Gran Bretaña el monopolio del comercio con las colonias españolas de América. A cambio asumió una parte de la deuda pública que la monarquía había contraído para financiar guerras: obligaciones, bonos, billetes de lotería... Luego transformó las obligaciones más antiguas en títulos propios. Nunca se llevó a cabo el proyecto original, que era aprovechar la incapacidad de España para controlar su comercio tras la Guerra de Sucesión. Sin embargo, la sociedad recibió autorización para comprar más deuda pública, que a continuación convertía en acciones negociables en bolsa. De ese modo funcionó como un banco, alrededor del cual se gestó la locura de 1720.

No fue una enfermedad específicamente británica. Ese mismo año explotó otra burbuja en Francia con la Compañía del Misisipí, creada en 1717 por el escocés John Law para explotar la Luisiana. La sociedad se convirtió en un gigante del que formaron parte la banca real, la casa de la moneda, los recaudadores de impuestos y otras empresas coloniales. En 1719 se marcó el objetivo de saldar la deuda pública de Francia, pero se produjo un auge especulativo, seguido de un colapso general que arruinó el país y a John Law, cuyos bienes fueron confiscados ('Famosos impostores', Brian Stoker, ed. Melusina).

Lo interesante de las dos burbujas europeas del siglo XVIII es, según explican Charles Kindleberger y Robert Z. Aliber, que existía una conexión entre ellas. A finales de 1720, la debacle se había extendido a ambas orillas del Canal de la Mancha. "Mientras los especuladores británicos estaban comprando acciones del Misisipí en París, muchos continentales estaban comprando acciones de South Sea en Londres". Un banquero francés invirtió quinientas libras en la compañía británica dejando escrita una nota que hoy puede considerarse profética: "Cuando el resto del mundo se ha vuelto loco, lo tenemos que imitar en cierta medida". Un banquero holandés se quedó perplejo por el ambiente que reinaba en Londres. "Como si todos los lunáticos se hubieran escapado a la vez del manicomio", aseguró.

Cegado por los 'pelotazos' de su alrededor

En junio y julio de 1720 había un servicio marítimo que comunicaba Gran Bretaña y Amsterdam cada doce horas. Isaac Newton no pudo sustraerse a ese clima hipnótico. En abril había sido cauto y vendió acciones de la Compañía de los Mares del Sur, pero los 'pelotazos' que veía a su alrededor lo cegaron y ordenó varias compras a partir de junio, cuando la especulación alcanzó su cénit.

"Newton, más que nadie, -señala Thomas Levenson- debería haber sido capaz de detectar el fallo matemático que había detrás del fraude de la South Sea Company y que caracteriza, por lo demás, todo esquema piramidal. Se trata de examinar los pagos que la compañía iba prometiendo a lo largo del tiempo y prolongar la serie -esta era la clase de problema que Newton había resuelto por primera vez en 1665-: así se comprobaba que las sumas ofrecidas superaban al poco tiempo el 'stock' total de dinero disponible para pagarlas. Sin embargo, la gente a la que se le ofrece la promesa deslumbrante de un rendimiento del veinte por ciento, o aun superior, tiende a abalanzarse sobre la -presunta- recompensa una y otra vez. Newton lo hizo también".

El científico erró. Había explicado el movimiento de los cuerpos celestes, pero confesó a Lord Radnor que "no sabía calibrar la locura de la gente". Le dolía pensar, sostiene Levenson, que "le habían tomado por imbécil, por un inculto al que se podía engañar".

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