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«El futuro es una pared vacía»

Toda una vida

«El futuro es una pared vacía»

El único superviviente de la Generación del 50 ha publicado su último libro. «Se me han acabado el tiempo y las ganas», confiesa

29.11.12 - 14:26 -
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«El futuro es una pared vacía»
Caballero Bonald, en febrero, durante un paseo por un parque de Madrid. / J. L. Nocito
José Manuel Caballero Bonald (Jerez, 1926) quiso ser marino para emular a sus héroes, esos personajes de Salgari, London, Melville, Conrad o Stevenson que iluminaron su infancia en el seno de una familia acomodada. También concibió la loca ilusión de vivir como Espronceda, un poeta aventurero en la política, la guerra y el amor. Un problema de salud lo alejó de la carrera de Náutica y la cruda realidad de la España de aquellos años lo convenció de que solo podía imitar a Espronceda dedicándose a escribir y dándose a una vida licenciosa. Aunque tampoco esto último lo logró del todo. Con "Entreguerras", casi 70 años después, ha dicho adiós a la literatura. Toda despedida es dolorosa, asegura, y así se percibe también en esta larga conversación con un inequívoco tono de melancolía. El poeta se balancea levemente en su mecedora mientras habla, y el invierno pinta de gris ese cielo de Madrid que asombraba a Velázquez.
- La última palabra de su último libro es "vida". ¿Cómo se elige la palabra con la que uno va a despedirse?
- Lo hice instintivamente, al menos en parte. Quería que tuviera un asomo de esperanza, que encarnara una utopía, algo así como una esperanza largamente aplazada. Como el libro tiene una cierta tonalidad melancólica, con algo de última voluntad, deseaba que al final asomara el deseo de seguir viviendo.
- ¿Duele despedirse?
- Depende de aquello de lo que te despidas. Pero a veces puede tener un fondo de tragedia personal. Te despides de lo querido y eso es siempre una pérdida, un acabamiento, o sea, una experiencia dolorosa.
- Pero ha dicho que si un poema se cruza en su camino no le negará la existencia.
- Sí, "Entreguerras" va a ser lo último como proyecto a largo plazo, o eso es lo que ahora creo. Se me han acabado el tiempo y las ganas. Pero si se me cruza por la cabeza un posible poema, no voy a resistir la tentación de escribirlo, claro.
- ¿Cuándo decide un escritor que lo deja?
- En mi caso, ese final ha llegado con este libro, un libro tumultuoso, con pretensión de totalidad, donde hay un flujo y reflujo continuo de la memoria. Creo que me han quedado muy pocas cosas aparcadas. Es un libro-río en el que se diluye la frontera entre los géneros, que se juntan para dar como resultado un poema total que, al terminarlo, me ha dejado la sensación de que ya he dicho todo lo que quería. Aunque siempre me queda el beneficio de la duda.
- Ahora que deja la literatura quizá pueda desvelar el secreto: ¿existe la inspiración?
- Para mí la inspiración consiste en tener buena salud. Si la tengo, y me coge trabajando, estoy inspirado. Yo escribo los poemas de memoria, surgen de pronto, como un fogonazo. Supongo que eso es una variante de la inspiración.
- Habla de la salud, pero hay grandes obras creadas cuando sus autores estaban muy mal, incluso en el umbral de la muerte.
- Sí, se pueden dar esos casos. Pero no es el mío. También hay escritores que escriben y beben a la vez. Yo no. He sido un bebedor asiduo, pero fuera de mi trabajo de escritor. Ahora escribo algo y bebo poco.
Vivir y beber
Terminada esa tarea, apagados los versos, la jornada de José Manuel Caballero Bonald está llena de actividades diferentes. «Procuro que no haya dos días iguales, porque la rutina es un mal hábito que anquilosa la realidad, el instinto de aventura del escritor», explica. Por eso, unos días se levanta tarde y otros madruga. Algunas mañanas escucha música -Schubert, Brahms, Mozart y el barroco italiano, bastante jazz, y flamenco- y otras pasea por la Dehesa de la Villa, el parque que desde su casa desciende hasta la Ciudad Universitaria.
- Lo que ya no hago, y lo lamento mucho, es trasnochar. Pertenezco a un grupo literario de amigos que vivía a fondo la noche. Como ha dicho Carme Riera, éramos partidarios de la felicidad. Elegimos la noche y la bebida como variantes de la libertad en un mundo hostil, como forma de enfrentarnos a lo establecido, y ahora ya no puedo permitirme esos alardes. Como tampoco puedo navegar. Tuve un velero que ya debe andar pudriéndose en algún varadero, carezco de la energía necesaria para gobernarlo. La vejez es lo más parecido a una cabronada.
- Ese grupo, conocido como Generación del 50, estaba formado por escritores que habían nacido en el seno de familias acomodadas. Fue su caso. Jerezano, hijo de un cubano empresario y una descendiente de la nobleza francesa.
- Sí, esa mezcla siempre me produjo una sensación curiosa. Me siento muy andaluz, pero mis cuatro raíces familiares no lo eran, y eso me da una cierta sensación de mestizo? Mi infancia se compone de recuerdos de un niño feliz, pero atormentado por una sensibilidad extrema, algo enfermizo. El franquismo fue el telón de fondo de casi toda mi vida, y por eso la Guerra Civil aparece de algún modo en todos mis libros. La postguerra fue terrible en Jerez. A lo mejor ya empecé entonces a intuir ciertas actitudes contrarias a lo que se defendía en mi medio social.
- Por razones familiares, usted estaba en el bando de los vencedores. Si no llega a optar por la poesía, su vida en Jerez podría haber sido muy cómoda.
- Me escapé de Jerez cuando inicié mis estudios. Fue una elección acertada porque si no me habría convertido en el integrante de un sector social que siempre he detestado. Y quizá ya no me sintiera asociado a ese sector, al bando de los vencedores. Mi literatura y mi vida no tienen nada que ver con todos esos desdichados ingredientes de cierta sociedad andaluza.
- Y se fue a estudiar Náutica.
- Quise ser marino para emular a mis héroes literarios. Me faltaba una asignatura para terminar Náutica cuando contraje una enfermedad pulmonar y me pasé año y medio en cura de reposo. Buena parte de ese tiempo, estuve en cama. Entonces me di cuenta de que mi salud no daba para muchas navegaciones y acabé estudiando Filosofía y Letras en Sevilla. O sea, que me equivoqué de otra manera.
- ¿No estuvo tentado de convertirse en un "acostado"? En su familia hubo varios.
- Entonces no. Pero es cierto que más tarde he estado tentado de hacerlo con bastante asiduidad. En esos momento de cama obligada, aproveché para leer cierta poesía que me produjo una desconocida emoción. Es decir, que empecé a escribir poesía porque empecé a leer a poetas que me emocionaban.
- Así que cuando leyó la biografía de Espronceda decidió que quería ser como él.
- Sí, leí una biografía que había por casa y descubrí a una persona que había hecho de todo: sufrió exilios y cárceles, fundó una sociedad secreta, fue perseguido, luchó contra el absolutismo, ejerció de diputado, se escapó con la mujer de otro... Como no podía imitarlo en tantas hazañas, me limité a escribir y a tratar de llevar una vida licenciosa, que era también una pretensión vana.
Conversión política
Lo hizo durante bastante tiempo acompañado por una generación extraordinaria de escritores que compartían el rechazo por una «España tediosa, poblada de sumisos, en la que eran frecuentes los malos modales y donde se respiraba un ambiente mezquino». Un país gris, sin brillo, en el que ellos consiguieron crear un pequeño mundo aparte que se enfrentaba, aunque fuera en lo simbólico, al régimen.
- Muchos pensarían que era fácil ser contestatario cuando no tenían ustedes preocupaciones económicas y disponían de suficientes contactos como para salir rápidamente del calabozo si eran detenidos.
- Bueno, sí? Hubo una cierta crítica hacia nuestra manera de comportarnos, de incorporar a aquel clima mezquino unas nuevas maneras de vivir y de beber. Hubo gente incluso que nos consideraba unos frívolos, para quienes la literatura era como un pasatiempo. Pero también hicimos nuestra particular autocrítica, nos enfrentamos a la clase social a la que pertenecíamos. Luego, cuando se fueron difundiendo nuestros libros, las cosas empezaron a ser distintas, claro.
- Formaron un grupo literario muy importante.
- Verá. Yo no soy partidario de enfocar la literatura por grupos, por escuelas. Lo que importa son las personalidades aisladas y entre todos esos componentes de la Generación del 50 había dos o tres poetas y otros tantos novelistas comparables a los mejores de las generaciones precedentes. Así de claro.
- Son los años también de su conversión política. ¿Cuál fue el detonante?
- Lo recuerdo muy bien. Mi conciencia política despertó con Dionisio Ridruejo. Yo no digería muy bien su evolución desde el falangismo a demócrata convencido, nada menos que eso. Pero coincidí en Carabanchel con él, durante un mes que estuvimos en la cárcel, y hablamos mucho, paseábamos juntos a diario por el patio, y entendí que su transformación política era absolutamente veraz. Luego fundó un partido que apenas tuvo trascendencia y yo trabajé más tarde en la lucha clandestina al lado del PCE, aunque no tuve carné. Nunca he tenido carné de nada.
- Ese coqueteo con los comunistas también lo tuvo en Cuba, de donde procedía su padre.
- He estado tres veces en Cuba; una de ellas, varios meses. Mi familia paterna, que era de Camagüey, ya no estaba allí, se había ido a Miami. En La Habana me sentía como en Cádiz, que son ciudades muy parecidas en muchos aspectos. Al principio estuve muy vinculado afectivamente a la Revolución. Se percibía por todas partes la alegría de vivir la revolución, de transformar justicieramente la sociedad, pero todo eso empezó a torcerse?
- ¿Cuándo?
- El "caso Padilla" resultó muy significativo a este respecto. Fidel es una persona anclada en unas ideas fijas, como de burócrata del partido único. Se ha instalado en un dogmatismo absolutamente inoperante?
- ¿Le gustaría volver a Cuba?
- No, ahora no.
- ¿Qué le diría a Fidel?
- Pues no sé, le hablaría de los fervores que me contagió y de las decepciones que después me ha ido proporcionando. Algo así.
Cela y su mujer
Pero antes de esos viajes a Cuba y Colombia, donde vivió casi tres años, Caballero Bonald ya se había hecho un nombre en la cultura española. Durante un tiempo colaboró muy estrechamente con Camilo José Cela en la revista "Papeles de Son Armadans", en la que el futuro Nobel, que había sido censor del régimen, dio voz a muchos artistas jóvenes y a intelectuales antifranquistas.
- ¿Cómo era Cela en esos años?
- Un personaje bastante contradictorio en muchos aspectos? Pero aceptó sin más la idea de que la revista que fundó y que yo subdirigí canalizara la literatura del exilio y la de los jóvenes de la generación del 50. Allí publicaron Jorge Guillén, Max Aub, Alberti, Américo Castro, Ayala y, por otra parte, Barral, Gil de Biedma, Ana María Matute, Sánchez Ferlosio, Goytisolo y tantos otros. Yo me enteré que Cela había sido censor mucho después. Leí no hace tanto esa carta en la que se ofrece como delator. Es espantoso?
- ¿Habría colaborado con él de haber conocido todo eso?
- Eran años tan sombríos, tan desoladores... Eso propició los mayores desatinos. De todos modos, Cela ya había cambiado cuando yo lo conocí. Tenía sus contradicciones, pero no tenía nada que ver con ese personaje siniestro de la carta? Podía pasar de ser una persona muy bien educada a ser muy soez, un insolente con poca gracia.
- Y siguió cambiando.
- Cuando le dieron el Nobel y se volvió a casar ya era más bien insoportable, se había rodeado de gente muy conservadora, muy de relumbrón? Se olvidó de su mejor literatura: "Viaje a la Alcarria", "Mrs. Caldwell habla con su hijo", "Oficio de tinieblas 5"? Luego empezó a imitarse a sí mismo como escritor y ya no había quien lo leyese?
- ¿Qué sintió cuando la primera esposa de Cela contó que había tenido un romance con usted?
- Por supuesto que yo no lo había contado nunca, no soy tan impúdico... Cuando ella lo desveló, ya no había remedio y lo conté prudentemente en mis "Memorias". No deseo hablar más de eso.
Superviviente
A comienzos de los setenta, terminó su periplo caribeño y se instaló en España, donde ha vivido ya de forma continua, con la salvedad de una estancia en EE UU. Se fue a vivir a Madrid, a un edificio donde también residían los escritores Francisco Brines y Fernando Quiñones y los pintores Arcadio Blasco y Manuel Viola. Una academia en miniatura. Lo recuerda mientras camina por la Dehesa de la Villa, tocado con una gorra y cubierto con un grueso abrigo. Pronto llegará el momento de poner rumbo a Sanlúcar, donde pasa la primavera y el verano.
- En España vivió muy de cerca la Transición. Usted nunca ha sido uno de sus defensores...
- No, pienso que fue un apaño de urgencia, una componenda a lo mejor inevitable. La derecha cedió algo para no perder sus privilegios y la izquierda aceptó poco para no perderlo todo. De resultas de esa decisión de decretar una historia sin culpables quedó un franquismo latente, se está viendo ahora a cada paso. Hay como una regresión a la ultraderecha, al nacionalcatolicismo?
- ¿Qué pasó con la cultura? El franquismo había tenido sus artistas, pero también ahora los partidos tienen los suyos.
- Estoy un poco al margen de todo eso, así que no podría puntualizar lo que sucede de verdad. He firmado cosas que juzgué denunciables en distintos momentos, pero no he tenido compromisos con nadie ni me he afiliado a nada. Aparte de que el escritor deba ser por definición un crítico del poder, su independencia también debe ser su primera norma de conducta.
- ¿No haber entrado en la Academia es una espina clavada?
- Me presentaron como candidato, no me admitieron, y punto. Es verdad que me produjo algún desencanto, pero ya no quiero ni oír hablar del asunto. Tampoco me apetece compartir mesa con gente que no me merece mucho crédito ni humano ni literario.
- ¿Teme que la crisis afecte a la cultura?
- Las crisis siempre afectan de algún modo a la cultura, aunque sea en términos cuantitativos. Con el franquismo hubo algunos hechos culturales brillantes porque no hay dictadura ni censura capaz de amordazar la libertad creadora. Ahora, con la crisis, quizá no haya medios o estímulos para organizar algunas cosas, pero el verdadero artista seguirá trabajando a su aire, encerrado en su casa. Lo malo es que esta crisis no es solo económica, sino de valores?
- Uno de sus poemas se titula "No tengo nada que perder" ¿Tenemos algo que perder hoy como sociedad?
- La crisis puede ocasionar obviamente muy graves quebrantos sociales. Hay un abismo realmente inconcebible entre los millonarios, la creciente oligarquía financiera, y esos cinco millones de parados. Cuando se llega a una cifra así es que algo esencial ha fallado. No entiendo todo eso de los mercados, las primas de riesgo, la deuda, el déficit, parece que nos gobierna un poder invisible. Soy un observador atónito que ha llegado a desaprender cosas que sabía.
- Es el último superviviente de su generación. ¿Qué siente?
- Por supuesto que me produce zozobra. Prefiero no pensar en ello. Me afectó mucho cumplir 80 años. Ahora casi me he habituado a sobrellevar el peso de la edad. Es la primera vez que tengo tantos años y eso es preocupante.
- "Somos el tiempo que nos queda". Otro de sus poemas. ¿Qué espera del tiempo que le queda?
- A mi edad, el futuro es muy exiguo. Tengo mucho pasado por delante y el futuro se acorta. Mi sensación ahora es de fin de trayecto, de escepticismo, de estar en un punto en que ya nada vale mucho la pena. El futuro es una pared vacía, la meditación ante el muro, que es casi el título de un libro que ya no escribiré.
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