Los historiadores del clima lo recuerdan como el año sin verano. En 1816, las temperaturas fueron inusualmente bajas en Europa y Norteamérica. Las lluvias arreciaron sobre el centro y el oeste del Viejo Continente y terminaron por arruinar las cosechas. Los problemas de abastecimiento, combinados con la crisis económica que habían provocado las guerras napoleónicas, agravaron los desórdenes políticos y acentuaron la emigración al Nuevo Mundo. La culpa la tenían las cenizas que había arrojado el volcán indonesio Tambora un año antes. Permanecían en suspensión en la atmósfera y dificultaban la absorción de la radiación solar, lo que se traducía en temperaturas más bajas. Para resumir, hacía un frío que pelaba.
En el norte de Inglaterra no recordaban nada igual en casi dos siglos. En Ginebra también se registró el verano más fresco desde 1753, hecho que tuvo consecuencias inesperadas. Allí se había mudado el poeta inglés Lord Byron, dejando a su mujer en el Reino Unido. Por su residencia, Villa Diodati, pasaba mucha gente, incluidos el poeta romántico Percy Bisshe Shelley y su esposa Mary. “Como hacía mucho frío -recuerda Brian Fagan en su libro ‘La pequeña edad de hielo’-, los invitados se quedaban dentro de la casa, así que solían pasar muchas horas inventando historias que relataban al resto de los presentes”.
Una de aquellas historias fue 'Frankenstein', personaje de Mary Shelley que se convirtió en mito literario. Fagan -arqueólogo y antropólogo, y divulgador científico de éxito- recuerda que alrededor de la casa de Lord Byron no había otra cosa que personas sin nada que llevarse a la boca. “Los pobres se alimentaban con acedera (una planta perenne), musgo y carne de gato”, resume.
Las alteraciones del clima abonaron el terreno a la charlatanería. La población rezaba, se concentraba en los mercados y entonces estallaban los desórdenes, los robos y los incendios. La baronesa Julie de Krüdener, conocida por su exacerbada religiosidad, que le costó ser expulsada de varias ciudades centroeuropeas, afirmó: “Se está acercando el momento en que el Señor volverá a tomar las riendas. Él mismo alimentará a su rebaño. Él secará las lágrimas de los pobres”.
En Suiza, 1816 fue declarado “año de los mendigos”. En Francia hubo “motines de subsistencia”, según Brian Fagan. En East Anglia, una región del este de Inglaterra, partidas de campesinos se armaron con palos acabados en una punta de hierro y al grito de “pan o sangre” protestaron contra la subida del precio de la harina. El hambre golpeó Irlanda, donde en 1817 se incrementó el número de mendigos y las ortigas llegaron a ser un alimento apreciado a falta de algo mejor. Al otro lado del Atlántico, en Canadá y Nueva Inglaterra, las olas de frío de 1816 también provocaron escasez de trigo, heno y maíz. Faltaban el pan y la leche.
A la postre, plantea Brian Fagan, las cenizas de un lejano volcán generaron una cadena de acontecimientos -expansión de la pobreza, aumento de las enfermedades, caída de la natalidad- que obligaron a los gobiernos europeos a adaptarse y marcaron el futuro político y social del continente.