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Milagro en la nieve

el piscolabis

Milagro en la nieve

La ola de frío, a la mínima, nos monta el caos y, sin embargo, deberíamos quererlas; nos ayuda a quemar grasa para calentarnos

03.02.12 - 17:02 -
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Milagro en la nieve
La plaza Moyua, en una imagen de la nevada que convirtió Bilbao "en una pista de esquí". / Archivo
Definitivamente servidor no es un inuit. Lo supe hace años, tras leer 'La señorita Smila y su especial percepción de la nieve'. Novela del danés Peter Høeg, de la que se hizo después una película. La protagonista sí lo era. De ahí que nieve y hielo fueran para ella una grata compañía. Pues sepan que no nos vendría mal hacer lo propio. Hasta ahora, uno mantenía que el hielo como mejor lucía era en vaso ancho y con una rodaja de limón. Y en cuanto a la nieve... Lo de "año de nieves año de bienes" será atinado refrán, pero la dama de blanco resulta incómoda. Cierto que los amantes del esquí estarán en desacuerdo y que no hay nada más romántico que una chimenea encendida y ver caer la nieve a través de las ventanas. Y acepto la máxima que recuerda que una nevada en invierno, supone agua en verano. Pero sigo viéndola y tratándola con respeto. La blanca dama, lo siento Smila, es tirando a puñetera. Y por muchas cosas. La ola de frío y la nieve, a la mínima, nos montan el caos. Y sin embargo, deberíamos quererlas.
Dado que somos una especie con querencia a repetir errores, hordas de ciudadanos cogieron el coche y acabaron tirados en una cuneta. -No habían avisado-, decían algunos. Como si no nos hubieran dado el tostón con la nieve en teles, radios y prensa. Sobre todo, en las primeras. Es como si hubiera una competición para ver quién logra hacer sufrir más a sus reporteros. Esos o esas, últimamente hay un empeño en que sufran ellas, que si hay una inundación acaban con katuiskas hasta la cintura y agua hasta el cuello. No vale con decir que llueve a mares o que el río se desborda. Lo suyo es calarse hasta los huesos o meterse en la zona más peligrosa, para contarlo al mundo. No les digo nada, si su jefe es Piqueras. El señor de las tragedias. El de los horripilantes, espeluznantes y todos los "antes" que resulten impactantes. Aunque, seamos sinceros. No es el único. Gusta lo de sorprender al personal con los arrebatos de la madre naturaleza. Como si las madres hicieran algo raro. Al menos ésta, es fiel a su esencia. La lía parda de vez en cuando. Pero, año tras año, acabamos alucinados porque nieva en invierno. Y miramos hipnotizados el manto blanco, mientras exigimos a "mamá gobierno", tanto de aquí como de allá, que nos limpie de copo y hielo el mundo que nos rodea.
-Quién iba a imaginar que acertarían los del tiempo, dirá alguien. Pues aciertan, oiga. Cada vez más. Otra cosa es que no sea para tanto. Pero es lo que hay. Lo que me lleva al principio. Difícilmente me pillará la nieve, si no es por causa mayor. Las ha habido. Como en cierto viaje por trabajo, y porque no había otra, hasta la capital alavesa con la nevada del siglo. No se lo recomiendo a nadie. Tampoco recorrer la M-40 madrileña, de madrugada y con tráfico, sabiendo que parar era más peligroso que seguir. O bajar Altube, en fila india y detrás de las rodadas de un camión, con más miedo que frío. Nada que no hayan hecho ustedes alguna vez. Por eso, sorprende la buena fama de la nieve, frente a la denostada imagen de la lluvia. -Hace malo, sentencia la gente cuando el cielo suelta agua. Da igual que los pantanos estén más secos que un cajero el sábado por la noche. En esta sociedad que pretende vivir en una permanente estación "de entre tiempo", no concebimos que la naturaleza siga su curso natural.
Incluso pretendemos imponer nuestra medida del tiempo, a la de ella. Como si el hecho de que sea la mayor ola de frío de la década, signifique algo para quien marca su calendario en milenios. Hace frío y punto. Era lo que tocaba. Y no ha sido de lo peor. En los 80 cayó una de órdago que convirtió Bilbao en una estación de esquí. En la Gran Vía, más de uno lució esquís. Pero antes, ya tuvimos lo nuestro. En Febrero de 1888, Pamplona y Vitoria acabaron incomunicadas durante días, bajo ochenta centímetros de espesor. En 1914, se alcanzaron los cuatro metros en las faldas del Gorbea. Y en Bilbao cayó tal nevada que el alcalde "tuvo a bien" pagar un café a cada uno de los policías municipales que despejaron las calles. Pero no fue la peor.
En 1954, la cosa llegó a los 54 centímetros. Así que no es novedad, ni el peor panorama. De hecho, deberíamos apreciar la nieve. Y aun más, al frío. Al parecer, cuando hace mucho, utilizamos el tejido adiposo como energía para mantener la temperatura. Así lo afirman los últimos estudios. Según éstos, quemamos grasa para calentarnos. Quien regula el proceso es la grasa parda, que tenemos en cuello y hombros, y que se activa con el frío. Para que funcione hay que exponerse a temperaturas bajo cero. Qué cosas. Lo que se dice un milagro, oiga. Ni dieta Ducan, ni gaitas. No sé los inuit, pero los reporteros que han ido a nuestros puertos de montaña van a acabar en línea. Helados, sí. Pero con tipito. Y lo hemos sabido la misma semana en la que, en la poderosa Europa, morían centenares de personas de frío. No hablaré de lo que supone la nieve para un sin techo. Que en 2012 siga muriendo gente de frío, como en los tiempos prehistóricos, dice mucho sobre nosotros. Triste, surrealista y reveladora coincidencia. Al final Smila va a tener razón. Tenemos que cambiar nuestra percepción de la nieve. En ella, hay mucho misterio. Tragedia por un lado y circo por otro. Y en medio, un curioso sistema de adelgazamiento. Y luego dicen que la vida es simple.
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