
Simoncelli en una exposición de moda en Florencia./ Reuters
Deprisa, deprisa. La paciencia no cotiza al alza en los circuitos cuando se trata de ser el más rápido lo que vale es la decisión, la ambición, la agresividad. Si hay un hueco -aunque sea un hueco imposible- ahí me meto. ¿El riesgo? En las carreras ya se sabe… Aquí el que gana es el que llega antes. Marco Simoncelli, el piloto que envió al suelo el domingo a Dani Pedrosa al intentar un adelantamiento imposible, no es el único que suscribe el catecismo elemental del motociclismo de competición. A ver quién de la parrilla de salida se atreve a decir que nunca ha metido la rueda en una frenada cortando la trayectoria del rival. O que jamás ha conquistado la trazada buena aun a riesgo de chocar con el carenado del que va al lado. No, en eso no hay muchas diferencias. Lo que hace a Simoncelli distinto del resto es Valentino Rossi. No es que Rossi frene más tarde, trace mejor que él o le supere en la zona más técnica del circuito. Al fin y al cabo eso tiene solución, sobre todo desde que la Honda va como un tiro. El verdadero problema, el que hace que Simoncelli se haya convertido en la oveja negra de la parrilla, es que quiere ser el nuevo Rossi sin respetar los plazos que impone cualquier proceso sucesorio.
Simoncelli se siente depositario legítimo de la herencia acuñada por el mejor piloto de motos de todos los tiempos y piensa que a sus 24 años tiene que empezar a hacer cosas para demostrarlo. Rossi, ocho años mayor que él, ha sido su principal referencia. Cuando Marco conducía con 4 años la Suzuki 50 que le habían regalado sus padres por Navidad, Rossi era ya una figura emergente en el Moto Club Cattolica, un club de minimotos que casualmente tenía su sede en la ciudad donde vivía el matrimonio Simoncelli. Marco creció viendo cómo Valentino iba convirtiéndose en un ídolo en su país y desde muy pequeño quedó deslumbrado por su carisma. En aquella época todo Italia sucumbía ante la magia y el desparpajo de un joven piloto que además de ser endiabladamente rápido sobre el asfalto sabía ganarse el favor del público con su aspecto estrafalario y sus simpáticas payasadas. No resulta por tanto extraño que Marco calcase la trayectoria vital de Valentino. Al igual que él, logró sus primeros triunfos en las competiciones de minimotos que promovía el moto club de su ciudad natal de Cattolica. Más tarde siguió también el camino que había recorrido su ídolo y se convirtió primero en piloto de 125 cc y luego de 250 cc.
Dicharachero y gamberro
Simoncelli siempre ha sido rápido, eso nadie lo pone en duda. Cuando logró un puesto en Gilera, un equipo competitivo en el cuarto de litro, pronto empezaron a llegar los resultados. Con los primeros triunfos su popularidad fue creciendo y Marco empezó a construir un personaje público que tenía mucho en común con Valentino. Se dejó crecer el pelo hasta hacer de su melena leonina una de sus señas de identidad y se convirtió en el piloto más dicharachero y gamberro de la categoría. Siguiendo la estela de su modelo, siempre tenía una broma o una sonrisa para las cámaras y no tardó en ser uno de los pilotos más populares del 'paddock'. En la pista, sin embargo, las cosas no pintaban tan bien. En 125 cc la beligerancia de Simoncelli había pasado desapercibida porque lo habitual en la categoría es salir con un cuchillo entre los dientes. En el octavo de litro, además, no llegó a cuajar debido quizás a su corpulencia (mide 1,83 metros, una talla para motos más grandes). Fue al saltar de categoría cuando empezó a labrarse fama de tipo conflictivo. En la memoria de muchos aficionados aún perduran las imágenes de las caídas que padecieron en 2008 pilotos como Álvaro Bautista o Héctor Barberá cuando disputaban la plaza con el italiano. Nadie presta mucha atención a los accidentes que se producen en el pelotón. Las caídas que suceden en cabeza de carrera, sin embargo, atraen muchas más miradas y pronto quedó claro que Simoncelli iba por libre.
Tras conquistar en 2008 el título de 250 cc, Simoncelli dio el salto a Moto GP en la temporada de 2010. Su cotización como piloto había subido y era ya un inseparable de Valentino Rossi, con el que compartía horas entrenando en el gimnasio y en el circuito de cross. Durante su primera temporada en la categoría reina pasó desapercibido porque la Honda que pilotaba era una moto del montón. Ahora que la fábrica japonesa ha puesto en manos de su equipo las mismas máquinas que llevan Stoner y Pedrosa, Simoncelli está que se sale. Es condenadamente rápido pero no sabe esperar: se ha ido al suelo en dos grandes premios y no ha pasado del quinto puesto en los otros dos. Su agresividad, además, le ha granjeado la animadversión de la mayor parte de sus compañeros de parrilla. El toque de atención que le dio Lorenzo en público hace unas semanas por la beligerancia de su pilotaje se ha revelado algo más que una advertencia.
La caída de Pedrosa ha confirmado que sus prisas por hacerse con la herencia de Rossi constituyen una amenaza para todos. Incluso su ídolo y amigo ha cuestionado sus maneras. A partir de ahora Marco Simoncelli tendrá que medir mucho sus movimientos. En breve le tocará enfrentarse a un público catalán que le espera enfurecido por la lesión de su héroe. Cuando el próximo día 3 salte a Montmeló en medio de una pitada que se presume apoteósica igual empieza a pensar que el trono de Valentino puede esperar.