La relación de Vitoria con el vino es vieja e intensa. Tradicionalmente, fue paso obligado del producto hacia los mercados del Norte, tempranos consumidores de aquel vino áspero, grosero, espeso y cerrado que debía de ser, allá por el siglo XVIII, el tinto riojano. Luego llegaron otros refinamientos, a la vez que el despegue industrial vizcaíno, la consolidación de Bilbao como el gran mercado del 'comer, beber y arder', y la fuga de grandes capitales del 'botxo' para adquirir viñedos y bodegas. Y Vitoria se quedaba ahí. En medio.
Hace no tanto, llegó el 'boom' del negocio. Levantaron palacios -más que bodegas- los Calatrava, Gehry, Aspiazu, Quemada y toda una larga lista de arquitectos de relumbrón de aquí y de allá. Gracias a ellos, la Rioja Alavesa se ha afianzado como visita obligada de cualquiera que viaje al País Vasco por motivos de negocio o de placer. O por eso que ahora se hace llamar 'turismo cultural', que no es otra cosa que 'comer, beber, arder' y detenerse, aunque sea de soslayo, en la parada ineludible del patrimonio y el arte. Y Vitoria, de nuevo, en medio.
«Se está perdiendo la oportunidad de convertir esta ciudad en la puerta de acceso a la Rioja Alavesa. Vitoria ha sido una ciudad industrial que ha vivido mirándose al ombligo, creyéndose autosuficiente, pero eso no es así. Tenemos una oferta impresionante que no nos terminamos de creer, en parte quizá, por el hecho de ser una capital joven, todavía en formación, que no ha encontrado aún su propia identidad. Pero ya es hora de ponerle un espejo a la ciudad», anima Juan Ignacio Lasagabaster, gerente de la Fundación Catedral Santa María y uno de los artífices, junto a Agustín Azkarate y Gonzalo Arroita, de la conversión del viejo templo enfermo y olvidado en un espectáculo turístico con 100.000 visitas al año.
Tras la Sierra de Toloño
Agazapada, sin embargo, detrás de la sierra de Toloño, la capital de Álava no ha sido capaz de encontrar un lugar propio en el mapa del vino. Tampoco de explotar al máximo ese filón que podría suponer su proximidad a Laguardia, por un lado, y a la comarca de Ayala -que este mismo año estrena la primera ruta del txakoli de Euskadi-, por el otro. A este nuevo circuito ya se ha apuntado una treintena de bodegas, hoteles y restaurantes, pero ninguno de ellos, por cierto, con sede en la capital.
Y es que Vitoria suena a catedral, destila patrimonio y huele a verde. Pero su marca de ciudad no fermenta en barrica. Tanto, que todos sus intentos -públicos o privados- por sacar pecho y levantar cabeza han caído, de momento, en saco roto. Como muestra, dos botones: la ciudad mundial del vino, que el empresario Gonzalo Antón proyectó en Zabalgana hace ya una década, y Ardoaraba, la feria a la que en 2008 el Ayuntamiento de Vitoria y la Diputación de Álava decidieron retirar su apoyo a pesar de sus seis años de exitosa trayectoria y de sus más de 600.000 visitantes.
La pregunta es, ¿si somos del mismo equipo, por qué no jugamos en la misma liga? «Porque falta sensibilidad política para percibir el potencial que tenemos y para aprovecharnos de él y falta dotación presupuestaria para poner proyectos en marcha. Hagamos un plan director a cuatro años, por ejemplo, contratemos un buen gestor, apoyemos la iniciativa privada desde las instituciones y, a partir de ahí, hagamos lo que sea. Pero hagamos algo porque parece mentira que, con lo que tenemos, seamos incapaces de explotarlo», se lamenta el propio Antón, una década después de que el Ayuntamiento, entonces en manos del PP, guardara en el cajón su macroproyecto enológico.
Y es que, por más que resulte paradójico, la capital administrativa de Álava no lo es, en la práctica, ni de la Rioja Alavesa ni de Ayala. Y, por extensión, tampoco del vino. Cierto es que en los últimos años Vitoria se ha volcado en el impulso de sus zonas vitivinícolas -«se hacen muchas acciones de promoción conjunta desde la óptica turística y congresual, como el enobús, los paseos culturales con salida todos los sábados desde Vitoria, desayunos de trabajo, catas o presentaciones conjuntas de nuestros recursos en grandes capitales», destaca la directora municipal de Turismo, Ana Lasarte- pero le ha faltado, dicho de manera vulgar, 'chupar del bote'.
«Hace unos años -apunta el gerente de la Agencia de Renovación Urbana, Gonzalo Arroita- esta ciudad no sentía la necesidad de venderse. Vivía muy bien, con unos estándares de calidad muy altos, pero el mundo se ha transformado y hace falta invertir y explotar aquellos recursos que tiene. Tal y como se hizo con la catedral». Y en ello se está.
Propuesta para el casco
Consciente de que «hay que tomar la iniciativa, sin esperar a que las infraestructuras nos vayan a caer del cielo», Arroita ya tiene en mente una gran proyecto relacionado con el vino, que pretende poner en marcha en 2011 en el Casco Viejo. El máximo impulsor de la revitalización de la 'almendra' piensa en una «infraestructura cultural, turística, formativa, hotelera y gastronómica» con el vino como hilo conductor. Algo muy similar al 'Centro-Museo de promoción, conocimiento y divulgación de la Pelota', que se levantará también en el barrio histórico y en cuyo proyecto trabaja ya la ingeniería LKS.
Por su parte, y aunque a menor escala, el sector hotelero también parece decidido a coger el toro por los cuernos. El primero en romper la veda ha sido el Gran Hotel Lakua, que aprovechó la pasada feria de Fitur para presentar un nuevo paquete turístico cerrado que combina sendos circuitos por Vitoria y por la Rioja Alavesa. «Vitoria se ha quedado un tanto descolgada del circuito y ya tocaba trabajar porque la capital se asociara con el vino. En Fitur, la iniciativa se acogió estupendamente y por eso confiamos en que sea un éxito». Desde el otro lado de la sierra de Toloño, Inés Baigorri, la gerente de ABRA -la Asociación de Bodegas de Rioja Alavesa- y el alma del centro temático del vino Villa Lucía, en Laguardia, lo resumen así: «Es importante crear una complicidad y seguir educando al ciudadano en el conocimeinto de lo propio» para que Vitoria «consiga erigirse como capital del vino con mayor protagonismo».