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Retrato de un viejo barrio obrero

ÁLAVA

Retrato de un viejo barrio obrero

Zaramaga vive en una encrucijada sobre su futuro al cumplir cincuenta años

17.01.10 - 03:35 -
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«¡Cuántas veces me sangraron las manos de lavar pañales con cinco hijos y sin lavadora!». En un cuarto piso del número uno de la plaza Zaramaga, Teresa Pontón, 74 años, gallega de Monforte de Lemos, echa la mirada atrás y cuenta pequeñas anécdotas de un sufrimiento silencioso, resignado, el de todas las mujeres del barrio que sacaron adelante sus numerosas proles. «¿Cómo hemos podido soportar tantas cosas? No sabemos lo que la gente puede aguantar por sobrevivir. Pero se hace y punto», proclama esta confesa cristiana y luchadora, un ejemplo de conciencia amodorrada que despertó «cuando tocó -el 3 de marzo de 1976-» y ya no se volvió a dormir.
Esto es Zaramaga, 50 años de historia de un barrio obrero hecho con sangre, sudor y lágrimas, construido de aluvión, como un rompeolas de urgencia, como Adurza, Ariznavarra, Abetxuko o Errekaleor y los demás polígonos residenciales diseñados entre los cincuenta y sesenta. Ya se nota el paso del tiempo, como las arrugas de sus vecinos o la soledad de sus viudas.
«Nos queríamos»
A finales de la década de los cincuenta a Vitoria llegaba gente de Extremadura -el principal colectivo del barrio-, Andalucía, Galicia o Castilla, también de Guipúzcoa, durante el mayor crecimiento en población de la historia local. Venían expulsados de sus tierras, de rincones de la geografía donde no había ya ni para comer, dispuestos al sacrificio. Zaramaga fue un techo y una oportunidad. Y sin proponérselo construyeron la nueva Vitoria.
«Fui de las primeras. Pagamos una entrada de 25.000 pesetas y el piso costó 180.000. Pero mi marido ganaba 400 pesetas al mes», cuenta Teresa que luego apoyó la economía familiar con una tienda de moda. «Tenía una libreta donde apuntaba a los que me debían. Había que fiar a muchos. Hace unos meses me pagaron las últimas 3.000 que me debía una vecina. Pero es que me contaban sus penas. 'Si se me funde una bombilla, no puedo reponerlas', me decían. A punto estuve de arruinar la tienda más de una vez, pero nos conocíamos todos. De alguna manera, nos queríamos», dice Teresa.
La diferencia entre un barrio joven y uno mayor se mide por los cochecitos de niño y la pujanza del centro social de mayores. En Zaramaga apenas se ven pequeños por la calle. Sin embargo, los hubo. Llenaban los pequeños pisos. Había que rediseñar las habitaciones y meter literas y hacer cola en el único servicio, ¡con baños de dos metros cuadrados! «En verano, en la plaza de Zaramaga, nos juntábamos unos 200 chicos. Era una fiesta continua», relata Miguel Ángel Sevilla Goya, que regenta una tienda de alimentación. La calle era gobernada por la banda del Mapache, según Fernando Cuesta, otro cincuentón al frente ahora de una de las asociaciones vecinales. Él recuerda escenas en blanco y negro. Todo el mundo viendo un partido de fútbol en el Eguren en uno de los primeros televisores mientras el dueño amenazaba con el sifón o las incursiones «a coger» manzanas en las fincas del ahora parque del Norte.
Cierre de comercios
El envejecimiento de la población tiene consecuencias. Miguel Ángel llama a los clientes por su nombre. María, Modesto -«aquí nos hemos dejado la piel», cuenta el hombre, de Villa del Rey (Cáceres)-. Todas son personas mayores. De vez en cuando entra un 'niño' de Zaramaga que bordea los cincuenta. Viven en otras partes de Vitoria, han dejado a sus padres aquí, pero siguen viniendo a comprar. «Éramos como una familia en la que se crea un vínculo difícil de olvidar», subraya el comerciante que pone rostro a una situación penosa: desde 1999, Zaramaga ha perdido 66 comercios, casi el 30%, una de las cifras más altas del municipio. «Hace 15 años estábamos cinco personas trabajando en la tienda. Ahora justo hay trabajo para dos. Pero me gusta y no tengo pagos que hacer porque la lonja es mía», explica Sevilla.
No es el caso del Bodegón Gaona,un bar de referencia en estas cinco décadas que aún conserva el sabor añejo de las mesas de 30 años, los bancos corridos sin respaldo y las cazuelitas de callos y bacalao. El tiempo parece detenido en la estética pero no hay crisis de público. «Llevamos 50 años abriendo cada día a las 5 de la mañana de lunes a sábado. Antes venía la gente con su bota de vino. La dejaba la víspera, se la llenábamos y al día siguiente tras desayunar el café, el aguardiente o la cazalla se la llevaba al trabajo. Era clientela de todos los días. La veías entrar y ya sabías lo que querían», relata José Ramón Gaona, uno de los cinco primos que se asociaron para seguir el negocio de la familia, que también tuvo tiendas de alimentación.
Entonces por Portal de Villarreal pasaba todo el mundo. Los obreros, en dirección a sus fábricas, y decenas de camioneros y conductores porque por esa calle se cruzaban la carretera de Bilbao y la N-1.
«La cosa»
«Había domingos, los del inicio de la temporadas de caza y pesca, que a las 5 de la mañana nos quedábamos sin vasos. Hoy todo eso ha cambiado. La gente desayuna zumo de naranja , donuts o cola-cao. Y las botas de vino están prohibidas en las fábricas», prosigue José Ramón que no ha perdido la costumbre de beber en porrón, pero teme que nadie en la familia coja su relevo. Parte de su éxito se debe a un cartel colgado en la pared. «Aquí no se habla de la cosa», o sea de política.
Frontón de Zaramaga, 12 del mediodía. Un grupo de veteranos de más de 60 años, alguno sacerdote, juega a pala. Piernas y brazos de hierro. Hay que verlos. Observa en la grada Agustín Pérez Medina, de 69 años, ex presidente de la Escuela de Pelota del barrio. Llama la atención que un zamorano de origen que llegó a Vitoria en 1962 haya sido pelotari y maestro de pelotaris. «En mi pueblo hay frontón y toda mi vida he respirado este ambiente. Antes venían más chicos. Pero esto no se apaga. Tenemos un campeonato con 36 años de historia y una tradición de muy buenos deportistas. Algunos días esto se pone de bote en bote. Es para verlo», explica Agustín.
Pero si Zaramaga se enorgullece de tradiciones tan vascas como el chiquiteo y la pelota, son los sucesos del 3 de marzo de 1976, con 5 obreros muertos y decenas de heridos, los que elevaron el barrio a la categoría de símbolo de lucha. Todo ocurrió aquí «porque San Francisco era muy grande», señala Paco Lecuona, el sindicalista de 75 años y carné número 2 de la asociación de vecinos, creada en el franquismo. Paco, que conoció la cárcel, es un libro de historia andante y aunque ha aparcado la lucha sigue pensando que la vieja N-1 frente al Boulevard no es una calle, sino una vía demasiado rápida. «Siempre hay una razón para seguir en la brecha», piensa.
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