El centro de control del tranvía, ubicado en un extremo de Ibaiondo, es lo más parecido a una nave espacial. En su interior conviven una multitud de lucecitas, un panel que desvela la situación exacta de cada uno de los siete convoyes en funcionamiento, diez televisiones y otros tantos ordenadores. Tres personas controlan semejante amalgama tecnológica. El corazón del medio de transporte que ha revolucionado la movilidad en la capital alavesa.
Alberto Rodríguez, con una amplia experiencia en este campo, es el encargado de velar de que todo transcurra por los cauces previstos, de que el 'gusano verde' llegue en hora. Responsable de operación centralizada, una especie de jefe de control, no retira la vista de los paneles. «¿Ves esa luz roja? Significa que ese tranvía va un poco retrasado», suelta mientras señala un punto que avanza en el mapa por Sancho el Sabio. A los pocos segundos, el maquinista -alertado de la situación- corrige el desajuste y se pone en hora.
No le queda otra ya que cualquier demora sobre el horario previsto -la puntualidad del tranvía alcanza «el 98%»- implica la pérdida inmediata de su preferencia. «Es que seguimos un sistema de ciclos que no podemos incumplir», desvela Iñigo Lizarraga, antiguo chófer de Tuvisa reconvertido a maquinista. Tienen diecisiete minutos para cruzar la ciudad. Gastan seis en las diferentes paradas. Por tanto les quedan once minutos y medio para cruzar la ciudad de punta a punta. Lo establecido por los expertos.
«Siempre vamos con mucho cuidado, especialmente en zonas con mucho peatón», corrobora Lizarraga. «Por precaución activamos la bocina en cada cruce y cuando existe una sensación de peligro cambiamos el tono, se vuelve más insistente para que el viandante se percate de la presencia y evitemos el cualquier riesgo de atropello», acompaña Rodríguez.
«A clase»
En la parada de Parlamento, una de las más concurridas, Leire García pasa su tarjeta BAT por el lector digital. Faltan poco para alcanzar la una y media de la tarde. Esta joven forma parte de ese colectivo que se vale a diario en el 'gusano verde'. «Lo cojo para ir a clases de inglés. Para trabajar tiro del autobús urbano», enfatiza.
¿Cuál es el pálpito entonces del usuario habitual? «Se ha convertido en una alternativa muy eficiente. Es más rápido que los buses de Tuvisa, más ecológico y más directo», piropea García. «Pero se nos queda corto, deberían plantearse una línea a Salburua y otra a las universidades», solicita.
Maite Corcuera, vecina de Gazalbide, también ha sucumbido a los encantos del tranvía. «Adicta» a este servicio público observa no obstante varios puntos oscuros. «Suelo bajarme en Angulema y cuando vas por General Álava hay que andarse con mucho ojo entre el paso del tranvía, los autobuses y los listos que se meten a toda pastilla con sus coches», enumera con gesto preocupado.
A su vera, María Luisa Espinosa va más allá. «Es verdad que tarda menos que, por ejemplo, el autobús o un coche, pero echo en falta más vagones y una mayor frecuencia. Vivo en Lakua, tengo que esperar mucho y con este frío una se queda helada», insta.