La colisión fue repentina y brutal. Salió despedido. Acabó en la parte delantera del autobús, inconsciente, a los pies del conductor. Abrió los ojos en el hospital. La camilla avanzaba a toda velocidad por un larguísimo pasillo. Apenas podía hablar, pero acertó a pronunciar dos palabras: «Soy seropositivo». El enfermero, sorprendido, asustado, ignorante, se alejó del herido automáticamente. Levantó las manos con aspavientos inverosímiles y gritó con brío: «¡Cuidado! ¡Tiene el VIH!». Sobrevino el caos en el pasillo del hospital.
La escena tuvo lugar hace unos años. El accidentado se recuperó poco tiempo después. Reside ahora en un municipio de La Rioja y hace una mueca, medio burlona, medio incrédula, cuando relata la anécdota. Es profesional liberal en el ámbito del interiorismo. La crisis, por cierto, le ha obligado a apretarse el cinturón, como a casi todo el mundo. Vive con el VIH (virus de la inmunodeficiencia humana). La enfermedad, advierte, no entraña una limitación determinante: «Llevo la vida que quiero llevar».
Ella se llama Ana. Hace unas semanas acudió puntual a una entrevista. Su llegada causó cierta sorpresa: «No te esperábamos así». Ella reaccionó con rapidez: «Me imaginabas hecha polvo, ¿verdad?». No puede ocultar una sonrisilla pícara al recordar la anécdota. Dice que el secreto es cuidarse un poquito. Ana ha conocido muy de cerca el infierno de la drogadicción. Hace tiempo que lucha para salir adelante. Es seropositiva. Reside en un piso de acogida de la Comisión Ciudadana Anti-Sida de La Rioja. Recuperar a su familia es ahora su objetivo fundamental. Aprovecha la menor ocasión para afirmar, convencida, que VIH/SIDA «no significa muerte».
Las cosas han cambiado mucho desde el inicio de la pandemia. Los primeros casos se detectaron en 1981 en Estados Unidos. Fueron años de confusión. No se conocía el origen de la enfermedad, tampoco sus causas ni las formas de transmisión. Los medios de comunicación, partícipes de la ignorancia general, hablaban de una enfermedad rara y letal que afectaba a varones homosexuales. Fue bautizada como SIDA (síndrome de inmunodeficiencia adquirida). No tardó muchos años en convertirse en un problema sanitario de orden mundial.
La pandemia
No había tratamientos eficaces. SIDA y muerte conformaron entonces un binomio tenebroso. La Rioja no fue ajena al fenómeno. Los diagnósticos se contaban por decenas a mediados de los noventa. El intercambio de material de inyección para la administración de drogas era la principal vía de transmisión. Figuraban a continuación las relaciones heterosexuales sin protección. Fueron años muy duros. El punto de inflexión sobrevino en 1996 a cargo de la triple terapia combinada. Se abrieron así las puertas a la cronificación de una enfermedad que ya había sesgado miles y miles de vidas en todo el mundo.
Los tratamientos no han hecho sino evolucionar desde entonces. Un apunte. Conviene aclarar antes de proseguir la diferencia esencial entre VIH y SIDA. El VIH es un virus que se transmite a través de la sangre, el semen, las secreciones vaginales y la leche materna. Ataca al sistema inmunológico. El SIDA supone un estado avanzado de la infección por VIH caracterizado por el deterioro masivo de las defensas. El afectado, en esta situación, puede sufrir una serie de enfermedades graves denominadas oportunistas porque aprovechan el debilitamiento del sistema inmunológico para desarrollarse. El objetivo de los tratamientos es reducir la cantidad de virus en la sangre y retrasar o evitar así el desarrollo del SIDA.
Según datos facilitados por la Consejería de Salud, hay 510 personas seropositivas en La Rioja. Los últimos datos epidemiológicos disponibles precisan que, en 2007, fueron diagnosticados veintiséis casos de infección por VIH. Las relaciones heterosexuales desprotegidas figuran como vía de transmisión en veintiuno. El intercambio de material inyectable, en el resto. Estos números ponen de manifiesto la naturaleza venérea de la enfermedad. Ese mismo año se registraron nueve diagnósticos de SIDA.
Él y ella son seropositivos, es decir, han sido infectados por el VIH. Siguen las indicaciones médicas de forma puntillosa y su carga viral es indetectable. Él quita hierro al asunto: «No hay que dramatizar porque tenga que tomar unas pastillas». Fue diagnosticado en 1993, pero su médico estimó entonces que podía haber contraído la infección unos diez años antes. Ha conocido, por tanto, cada etapa de la pandemia. También, las primeras, cuando VIH/SIDA se antojaba un sinónimo insoslayable de la muerte. Escribir el testamento fue su primer impulso al saberse seropositivo.
La exclusión
Los tratamientos, cada vez más eficaces, han destruido el binomio VIH/SIDA-muerte. Al menos, en los países más ricos. Cabe recordar que la situación es bien diferente desde una perspectiva mundial. Según el último informe elaborado por ONUSIDA, había 33,4 millones de personas infectadas por VIH a finales de 2008 en el mundo. Ese mismo año, se registraron 2,7 millones de nuevas infecciones y fallecieron dos millones de personas por enfermedades vinculadas al SIDA. La lectura positiva corre a cargo del descenso, cifrado en el diecisiete por ciento, de las nuevas infecciones en los últimos ocho años.
Los fármacos, a pesar de estas cifras escandalosas y el acceso desigual a los mismos, evolucionan. La comprensión social del VIH/SIDA, sin embargo, sigue otros derroteros. Ana afirma que «la gente parece que no tiene ni idea sobre la enfermedad y nos trata como apestados». La anécdota hospitalaria que abre este artículo es ilustrativa. Él habla también de odontólogos que se han negado a recibirle o familiares temerosos de infectarse por compartir un aseo, un vaso o una cama. Refiere «sinsabores» y «frustraciones», pero también puntualiza que «no tiene la necesidad de decir nada a nadie», que la enfermedad forma parte de su vida, pero no es su vida.
El VIH/SIDA, como la lepra o la tuberculosis en otras épocas, es un enfermedad estigmatizada. El miedo, los mitos sobre la transmisión, la relación con la sexualidad y también la ignorancia han hecho estragos. Ya es hora, apuntan, de cambiar el foco y avanzar en la normalización social. Ella considera conveniente una mayor visibilidad de la enfermedad, que «haya gente que diga: soy abogado o artista y tengo el VIH». Él se conforma con «poder vivir sin tabúes». Por todo, este martes se celebrará, como cada 1 de diciembre, el Día Mundial del SIDA. El lema será 'Acceso universal y Derechos Humanos'. El objetivo es promover la implicación social en la resolución de un problema que atañe al conjunto de la sociedad. Él y ella, sin duda, entrañan una garantía de éxito en este cometido.