Aun cuando la mañana se presentó bastante fría en las instalaciones de Talleres Zorrilla había quienes sudaban; se esperaba la llegada de dos grúas de 350 toneladas para las ocho de la mañana y lo cierto es que dos horas después todavía faltaban las carrochas que iban a permitir la primera maniobra, el traslado lateral de la pasarela para colocarla en paralelo con el portón de salida de la nave donde se ha construido.
Había nervios y la tensión propia de quienes se saben protagonistas de un trabajo complicado, y observado, que «en teoría tenemos muy controlado y que ahora debemos realizar de modo práctico», reconocía José Zorrilla.
Colocar las sesenta toneladas sobre los rodillos fue el primer paso y el segundo posicionar la estructura para que los 15 centímetros de holgura por los laterales y los 22 en altura fueran suficientes como para que la pasarela asomara en el exterior de la nave. Comenzó a hacerlo quince minutos después de la una de la tarde; momento en el que la primera de las grúas 'atrapó' la pieza para facilitar su salida. Movimientos lentos y precisos, dirigidos con experiencia y determinación, eso es lo que contemplaron algunos curiosos, sobre todo los empleados de empresas colindantes en el polígono y, también ciudadanos que como «hemos trabajado en esto», no quisieron perderse la operación. Tampoco lo hizo Antonio Zorrilla que así apoyó a su hijo y calificó de «enorme orgullo ver que se ha hecho un trabajo de esta envergadura».
Los espectadores, ya jubilados repetían «va bien, va muy bien» y, sin duda, acertaron en el pronóstico ya que pese a las dificultades no pasaron más de treinta y cinco minutos antes de que la segunda gran grúa entrara en acción. Con las dos plumas operativas una realizaba tareas de punto fijo y quien estaba a los mandos de la otra realizaba la maniobra.
En el aire
Y llegó el momento más delicado y esperado por todos, el de suspender en el aire el puente para volver a girarlo y colocarlo en línea con la carretera. Allí esperaban dos plataformas de apoyo de giro, una de ellas ensamblada a la cabina de un camión, para recibir el enorme peso y transportar después la pasarela.
Cuarenta y ocho metros de estructura rígida no son fáciles de mover, y el más mínimo toque sobre los edificios colindantes o los cables de teléfono y electricidad tendidos en las inmediaciones habrían 'deslucido' el trabajo. No hubo motivo para el temor puesto los operarios controlaban por igual las toneladas y las distancias milimétricas. De hecho la colocación en la plataforma exigió la mayor de las precisiones para que el peso estuviera equilibrado.
Con el paso del tiempo los nervios iniciales fueron desvaneciéndose y el alivio total, el respiro definitivo por un trabajo bien hecho pudieron darlo todos a las dos y media de la tarde. En ese momento ya sólo restaba el transporte de la pasarela al lugar en el que descansará hasta el lunes que será cuando se lleve a cabo el último y definitivo paso, la instalación sobre el río.