Como los maestros antes de saltar al albero en una plaza de primera. Así es como dice sentirse el periodista de EL CORREO Ángel Resa (Vitoria, 46 años) -un apasionado con mayúsculas de los toros, por cierto- ante su nueva faena profesional de tejer, cada día a partir del próximo martes, la columna en la que ofrecerá su visión de la ciudad en la que nació y se curtió como profesional de la comunicación. Visiblemente entusiasmado con la misión, ésta, no lo oculta, «me impone un gran respeto». Sabe que a partir de ahora lidiará solo, sin más ayuda que la muleta de su sagaz y viva pluma, y que ello le granjeará tanto críticas como alabanzas. «Más en una ciudad tan entregada a las polémicas como ésta», apostilla. Y el astado -a quién no-, inquieta.
Aunque el nuevo cronista, que se instalará en la atalaya ocupada hasta hace tres años y medio por el irrepetible Carlos Pérez Uralde, asegura estar orgulloso de la calidad de vida de Vitoria, de su modelo de urbanismo, de sus equipamientos deportivos y del progresismo alcanzando en el campo de los asuntos sociales, no guardará pelos en la gatera cuando toque. Lo dice bien clarito en su carta de principios. «Disiento del patrionalismo del 'vtv', que considera Vitoria lo mejor y punto. Hay que asumirla como es, con lo bueno -mucho- y también con lo malo, que lo hay», afirma abiertamente para advertir, a renglón seguido, de su naturaleza «políticamente incorrecta».
En su habitual estilo, directo y enérgico, proclama su ateísmo en lo que a la objetividad periodística se refiere y su culto a la honestidad -«es decir, a escribir aquello que uno verdaderamente cree»- y a la sensibilidad. Por ese orden. Buena prueba de esta última cualidad representa el VIII Premio Tiflos de Periodista, que la Once le concedió por la estremecedora historia que escribió para este diario sobre un niño con gravísimos problemas de salud desde su nacimiento y que, tristemente, falleció más tarde. Para siempre queda ya 'Por el respeto debido a Xabier'.
La épica del baloncesto
Hábil retratista de los avatares de la política foral -así lo hizo entre 1991 y 1995- y entregado trovador de las campañas deportivas del Baskonia, que reflejó en sus artículos como vibrantes cruzadas épicas durante nada menos que nueve años, Resa cambia de tercio para desgranar los «sentimientos encontrados» que le genera una ciudad de «marcado carácter conservador». A punto de emprender ese camino, promete fidelidad a su estilo de hacer (y de escribir) del que, dice, quiere hacer un signo de identidad.
Cuando los clarines suenan ya, el cronista del devenir vitoriano y alavés se mira en sus otros maestros, los del columnismo: Elvira Lindo y el «gran» Manuel Alcántara, «con quien nadie puede competir dentro de nuestro periódico», pontifica.