«¡Ponlo bien clarito, que aquí se piensan que nos forramos: nuestro sueldo base es de 420 euros! ¡420 euros! ¿Está claro? Nos dan envidia los 'mileuristas'», decía ayer airado un engrasador de la flota atunera de Seychelles. Es lo que cobra la marinería de una de las cuatro compañías vascas presentes en el archipiélago africano. El sueldo final sube en función de las capturas, pero los últimos años y especialmente éste, por los problemas con los piratas, han sido malos. Entre los marineros se respira un malestar profundo y una completa falta de esperanza.
Hay muchos deambulando por la anodina capital, Victoria, pues ya han ido llegando hasta una decena de naves. Algunos llevan más de dos semanas. Esperan a los soldados privados que se embarcarán en los atuneros con bandera española, los últimos que quedaban desprotegidos. Por ejemplo, los otros dos barcos de la compañía del 'Alakrana' siguen faenando sin seguridad alguna. La llegada de los vigilantes armados está prevista para el jueves, aunque es posible que al final se retrase. Sin embargo, no parecen ser la solución mágica que se anunciaba y el desánimo es total. Algunos de quienes los han tenido ya se quejan y la frase más oída es: «Así la vida en el barco es una cárcel». «Hay mal rollo», resumen.
Hace un mes, ocho barcos vascos, pero con bandera de Seychelles, empezaron a zarpar con seguridad privada a bordo, pues son ajenos a la ley española. Fueron los primeros. ¿Cómo les ha ido? En principio muy bien, porque por fin han regresado hasta arriba de pesca. Desde hace tiempo, desde que en julio los atuneros franceses introdujeron militares, está claro que tener soldados o no marca la diferencia entre pescar o no pescar, pues los buques se pueden acercar a las zonas más peligrosas, que son los mejores caladeros.
Los españoles han llegado tarde por la negativa del Gobierno a enviar soldados, pero ya lo están viendo. Cuando llegan los que van protegidos, entregan a los demás, los de pabellón español que aún esperan los vigilantes, centenares de balizas de su propiedad. Son los señuelos que se dejan en el mar a la deriva para atraer a la pesca y que puede usar quien pase por allí. Son la medida de la pesca que se están perdiendo. En el muelle, por ejemplo, aguarda un gran montón del 'Alakrana'. El resultado económico de la presencia de cuatro soldados privados en cada barco es evidente, pero si se pregunta a los marineros muchos de ellos echan pestes.
Disciplina férrea
En uno de los atuneros, no obstante, sí alaban la labor de sus soldados ingleses, como extremadamente profesionales y muy amables. Pero según explican en los demás, el problema es que la compañía de seguridad ha establecido una disciplina muy férrea y los militares controlan ahora la rutina a bordo. En una ocasión, por ejemplo, impidieron empezar la faena porque antes tenían que desayunar. «Sólo se sale a trabajar, y cuando lo dicen ellos, y al terminar, para adentro, no te dejan salir ni a estirar las piernas. Te encierran. No puedes ni fumar un cigarro, para que no se vea la luz», explica un marinero gallego. Han cubierto con plásticos todos los focos y luces. En todos los barcos ya están instalando candados y cadenas para cerrar los camarotes por dentro. «Pasar cuatro meses en el barco ya es duro, pero así es para volverse loco», resumen varios marinos.
Los vigilantes privados también han prohibido los móviles, porque no quieren arriesgarse a que alguien haga fotos del dispositivo de seguridad. En cubierta sólo se mueven los soldados, que han formado trincheras con sacos de arena en las cofas, donde se apostan con las metralletas. En uno de los buques uno de los marineros africanos salió sin avisar y le pusieron una pistola en la cabeza, hasta que aclaró que era de la tripulación. Los soldados son, en su mayoría, británicos y sudafricanos y el idioma también es un obstáculo. No obstante, los 52 que llegan esta semana para la flota vasca de bandera española son casi todos españoles y quizá eso facilite la convivencia. En cuanto al punto de vista de las compañías o de la empresa de seguridad que gestiona el servicio, eluden las relaciones con la prensa y han dado orden a las tripulaciones de no hablar con los periodistas.
Cunde el desánimo
Esta última vuelta de tuerca sobre lo que ya son unas vidas muy duras encuentra una flota muy desanimada. Grupos de marineros despotricaban ayer en Victoria contra sus condiciones de vida, contra la nula organización sindical para defender sus intereses y contra los armadores. Además de sueldos mejores, quieren vacaciones como los oficiales, que tras los cuatro meses de trabajo tienen cuatro de descanso, y no dos. «Cuando llega el segundo mes ya duermes mal pensando en que se te acaba», relata un marinero gallego de Bayona. Lejos de casa, en los cuatro meses no hay ni un día de descanso. Tampoco hay horarios, porque la pesca manda. Y aunque, pese a los piratas, no cobren plus de peligrosidad, es un trabajo con riesgos. Es raro quien no se ha caído alguna vez al agua y estar a tres días de puerto puede ser fatal si hay algún accidente o problema de salud. El año pasado, según afirman los marineros, hubo cinco muertos en la flota del Índico.
Uno de los casos de percances más llamativos son los tiburones, cuya mordedura se infecta siempre de mala manera. Se cuelan ocultos en las capturas que se izan a bordo. A veces, incluso, un marinero se encarama a la masa de pescado que está a punto de descargarse y se mete hasta la cintura, donde quizá le espera uno. El pasado 15 de septiembre un marinero del 'Intertuna 1' sufrió una gran dentellada en un brazo y perdió mucha sangre. La fragata 'Canarias', que estaba a 450 millas, acudió en su ayuda y lo evacuó rumbo a Seychelles. Cuando se acercó lo suficiente, fue trasladado en helicóptero. No hay barcos hospital en el Índico.
La flota española de Seychelles, que llegó a tener unos 60 buques, ahora anda por los 25 y todos sueñan con abandonar la zona e irse al Pacífico o a la costa oeste de África. Las empresas aguantan porque de momento se sigue ganando mucho dinero. Si la situación empeora muchos marineros piensan en dejarlo, aunque en casi todos los barcos la tripulación de base ya es africana, que cobra poco y no se queja. Casi nadie cree que los militares privados sean una solución, sino solo un parche. Es más, temen que los piratas redoblen el número de lanchas con las que atacan y, en el peor de los casos, están seguros de que un abordaje tendrá peores consecuencias si antes ha habido batalla. A largo plazo no ven a su vida ninguna salida.