V isité Alemania invitado por Helmut Kohl después de la caída del Muro y al poco de la reunificación que convirtió la RDA en un cascaron vacío y las secuelas de la aceleración histórica provocasen el desplome de los regímenes prosoviéticos de la Europa del Este, como magistralmente describía Juan Goytisolo. Nadie sabía si podrían pagarse las facturas de la luz y todo el mundo temía que el hecho del reparto entre muchos significara que tocaría a menos.
Su capital era Bonn, una ciudad triste de piedra, occidental pero de aspecto soviético, con más funcionarios que habitantes haciendo sus maletas para trasladarse a Berlín, el símbolo y la capitalidad de la Alemania reunida. A mi llegada todavía quedaba algún lienzo de muralla, aunque la mayor parte había sido reducida a escombros por una progresía depredadora de recuerdos. Yo mismo me traje algún resto que guardo como un tesoro en mi mesilla y que ha sobrevivido a mis mudanzas, tan depredadoras también de recuerdos. De Berlín se había adueñado la nostalgia, el nuevo Reichstag, que emergía acristalado símbolo de la modernidad, se esforzaba en borrar el pasado, y vendedores ambulantes traficaban con medallas hitlerianas y conmemorativas de la victoria aliada sobre el Reich en un extraño acoplamiento de la historia. Las noches eran de cafetines de época en los que una dama, embutida en una falda oscura abierta desde el principio del muslo e instalada en una nube de humo, cantaba a la memoria. Y el día, una sinfonía de olores a mies cortada y humedad gótica gélida, cuyo rocío empapaba el verde salvaje de unos bosques románticos surcados por infinidad de arroyos donde los jabalíes campaban y entraban en los jardines y las huertas buscando sustento cuando las nieves cubrían los alrededores de la ciudad mientras los chicos se tiraban en trineo por las calles empinadas del nuevo Berlín.
Aún los inviernos son crudos y la nostalgia sigue viva. Tengo una nuera alemana del Este. Nos hemos enterado de que Mitterrand y Thatcher se opusieron tenazmente a la reunificación. La media de edad de la población se ha igualado, no así su nivel de vida, por eso, los del Oeste votan conservador, tienen qué conservar y los del Este 'rojo' porque tienen mucho que cambiar; ambos, como Merkel, esperaban que 'Magna' se quedara con Opel para que se comiera el paro. Y mi anfitrión, Helmut Kohl, aquel gigante soñador carpintero de Europa, amigo de Felipe González, mira la vida desde una silla de ruedas.