Si Albert Uderzo, el dibujante de Asterix, conociese la historia de Maramures, no habría situado a su héroe en la Galia, sino a caballo entre los Cárpatos y la frontera con Ucrania, una tierra «poblada por irreductibles rumanos que resisten, todavía y como siempre, al invasor». No habría exagerado lo más mínimo. La región que cruzan los ríos Mara e Iza es uno de los rincones de Europa más genuinos, anclado en el pasado y orgulloso de ser la cuna de los antiguos dacios, ese pueblo que plantó cara a las legiones de Roma y que, al menos en estos valles cubiertos de abetos y pinos, logró desalentar al mismísimo Trajano. Bueno, a él y a Ceacescu, que veinte siglos después renunció a domar a esos campesinos duros como el granito que sobrevivían con lo mínimo a inviernos de 30 bajo cero, sin otro consuelo que la misa del domingo y una botella de palinka, un aguardiante de ciruelas de 60º que destilan dos veces y no deja resaca. Palabra.
El viaje empieza en Baia Mare, la capital de Maramures, una ciudad industrial, famosa por sus minas de oro y una basílica enorme, el primer y último contacto con el siglo XXI. El coche enfila entonces las empinadas rampas de las montañas Tiblesului, en cuya cima se obra el milagro. Es como cambiar de planeta. La carretera se desliza por pueblos arracimados en torno a la carretera, con casitas de madera y portones artesanales que son en sí mismos una obra de arte. Si el viajero tiene la fortuna de que sea domingo, encontrará a la gente vestida como lo hacían sus ancestros hace cien años. Ellos tocados con sombreritos cónicos, chalecos negros y cara de susurrar a los caballos; ellas, con pañuelo a la cabeza, faldas de colores por encima de las rodillas, brazos en jarras y piernas de altera. Uno no puede evitar entonces esbozar una sonrisa, hasta que descubre que son de una amabilidad casi obsequiosa.
Algo no encaja en el paisaje y ese 'algo' no tarda en hacerse evidente. Apenas hay gente joven. El 60% de la población, relata un joven que acaba de regresar de España, ha emigrado a este país. O a Alemania. O a Italia. Sólo quedan los mayores y los niños. Y las mujeres, que a la mañana siguiente se colgarán un capazo a la espalda y peinarán, guadaña en maño, la montaña entera. Giulesti, Vadu Izei, Sighetu,... Cuando la carretera llega a Sapanta, la sorpresa lleva por nombre 'Cimituruli veles', el cementerio feliz, obra del artista local Stan Jon Patras. La iglesia está en obras, pero el interés no radica ahí, sino en las 800 tumbas, coronadas cada una por cruces finamente labradas y pintadas de un azul único, cada una centrada en un aspecto clave de la vida del difunto: su profesión, cómo murió, si lo asesinaron... Es uno de los reclamos turísticos de la región, apenas a cinco kilómetros de la frontera con Ucrania.
Sopa de miel y sarmale
La región es famosa por sus 'biserica de lemn', las iglesias de madera cubiertas de frescos, algunas de las cuales se remontan a la Edad Media, patrimonio casi todas de la Unesco. El coche circula a la orilla del río y va dejando atrás pueblos donde se alinean montones de heno, se suceden las ferias agrícolas y las aldeanas hilan la lana como si fueran la versión eslava de Gandhi. Tras un recodo se levanta Barsana, un monasterio de los años 90 que crece a un ritmo galopante, salpicado de macizos de flores, senderos cuidados con mimo y un museo de iconos.
La iglesia más espectacular, sin embargo, está en Ieud. Es del siglo XV, la más antigua de Maramures, rodeada de un cementerio de cuento invadido por el bosque y donde las devotas del lugar barren la alfombra de hojas que lo cubre todo. En su interior trabajan alumnos de la Universidad de Bucarest, que se afanan en rescatar los frescos arrasados por el paso del tiempo. Es mediodía y de las ventanas de las casas sale un aroma delicioso a ciorbá de miel si vitel, una sopa de miel y carne; a sarmale, rollitos de col con carne; y a mamaliga, una torta hecha de maíz que se acostumbra a cocinar con queso. Si el menú se acompaña de un licor con arándanos el resultado es, sencillamente, espectacular.
La carretera va ganando altura conforme avanza hacia Bucovina, la siguiente etapa del viaje, tierra de monasterios con los que reyes como Esteban 'el Grande' y su hijo Petr Rares conmemoraban su victorias sobre el invasor turco. Para llegar hasta allí hay que pasar primero por localidades de aire alpino, como Moisei -escenario de una brutal matanza durante la Segunda Guerra Mundial- y Borsa, con casitas que trepan por las estribaciones del Parque Natural de Monte Rodnei, rodeadas de cumbres nevadas no importa la época del año y bosques donde se refugia la población de osos más grande de Europa. En verano, los aldeanos siegan los prados que alfombran las laderas, mientras que en invierno los telesillas conducen a miles de personas a las estaciones de esquí que coronan esta parte del país.
A monasterio por batalla
Al otro lado del paso de Prislop se extiende, por fin Bucovina, la parte de Moldavia que no cayó en manos de la URSS, y que se conoce como Besarabia, ni se declaró independiente y ahora forma uno de los países más pobres del continente. La región está recibiendo una auténtica lluvia de millones por parte de la UE, lo que se traduce en mejores carreteras y en programas para recuperar un patrimonio cultural en el que también ha reparado la Unesco. El mejor exponente de esto último es la ruta de monasterios que arranca a las afueras de Campulung y que incluye media docena de paradas irrenunciables. La primera, y quizá la más famosa, es Voronet, conocida como 'la Capilla Sixtina de Oriente', aunque la fachada norte -la más expuesta a las inclemencias del tiempo- está prácticamente borrada. Es la occidental la que despierta más admiración entre el público. Allí se despliegan el Juicio Final y el Árbol de Isaías como viñetas de un cómic que llega hasta el último rincón del templo, y que los turistas fotografían a escondidas mientras los guardeses se dedican sin mucho éxito a la tarea de darles caza.
El esquema de Voronets es similar al del resto de monasterios de la zona: un recinto amurallado donde reside la comunidad de monjas y un patio en cuyo centro se levanta el templo, pura orfebrería en piedra. Una obra de arte contemporánea de los frescos de Miguel Ángel en el Vaticano, pero casi desconocida en Occidente. El circuito continúa por Humore, Dragomirna -cuyos muros se asemejan más a los de una fortaleza-, Arbore, Sucevitsa, Putna y Moldovitsa. Sus paredes son como una crónica de la vida y Pasión de Cristo, un olímpo de ángeles, serafines y también demonios. Hay una red de albergues de montaña que simplifica bastante las cosas, hasta el punto de encontrar alojamiento a la puerta de un monasterio por apenas 80 leis la noche (menos de 20 euros), con baño incluido en la habitación.
En Suceava merece una visita la iglesia de San Juan Bautista, adornada con imágenes de San Néstor, San Atanasio, San Basilio... nombres que pasan desapercibidos en el santoral católico, pero que aquí tienen un ejército de fans. El declive del comunismo ha dado paso a un fervor desmedido, como demuestran los fieles con una devoción sin fisuras, entre genuflexiones, ramos de flores y besos a los iconos. Los mismos que no dudan en despedir a sus difuntos con un vaso de aquel palinka que era capaz de resucitar a un muerto.