Cuando se habla de recuperación de patrimonio la primera imagen que se le viene a uno a la cabeza es la de una catedral o similar. ¿Y una fábrica? ¿Una vaquería? ¿O un edificio social de los años 50? Los arquitectos ven una oportunidad donde otros solo ven chatarra, permitiendo así la regeneración de la ciudad, la reutilización de espacios, el reciclaje. Es decir, una arquitectura sostenible.
No es fácil. Los espacios industriales, enclaves céntricos tras el crecimiento de las urbes, son «caramelos» para los promotores, como apunta Esperanza Marrodán, que ayer expuso sus trabajos en las centrales térmicas de Alcudia (Mallorca) y Ponferrada (León), reconvertidas en museos, en el marco de las XV Jornadas Internacionales de Intervención en el Patrimonio Histórico, organizadas por el Colegio Oficial de Arquitectos de La Rioja. Precisamente su presidente, Domingo García-Pozuelo, recordó que la «operación especulativa» ha prevalecido en los casos de la Casa Sevilla en Arnedo y la alcoholera de Haro.
Abordar este tipo de proyectos es «un reto intelectual», apunta la arquitecta. Se trata de dar un «aprovechamiento contemporáneo» a un espacio histórico, pero reciente, y bajo la premisa de que esa ocupación «no debe ser eterna; ahora lo usas par esto y luego para esto otro».
Más allá del Obradoiro
Caso parecido es el de la rehabilitación de una fábrica de curtidos para una vivienda en el Puente Sarela (Santiago de Compostela), dirigida por Victor López. «Esta riqueza oculta puede servir para que Santiago no sea sólo el peregrino y el Obradoiro», apuntó.
La experiencia de Manolo Fortea y Alexander Michbronn en Mondragón (Guipúzcoa) también tiene que ver con la falta de miras en estos tiempos. En un edificio de ocho plantas con bóveda de mitad del siglo pasado, una de ellas se derrumbó. Los peritos dijeron que el edificio era insostenible, aunque la verdadera razón fue «el maltrato que ha sufrido los últimos años», explica Fontea, como demuestra el hecho de que la bóveda caída no arrastró al resto.
La solución que se proponía era «tirar todas las bóvedas», tapando así «su desconocimiento sobre esta técnica», dijo Michbronn. El Ayuntamiento estaba dispuesto a invertir 5 millones de euros en una reparación diseñada con la idea de que esa técnica «no vale» porque hay «un vicio de construcción». Los dos arquitectos, con 16.000 euros -y el conocimiento necesario-, han recuperado la bóveda y tan sólo han propuesto pequeñas intervenciones de reparación.