La vida interna de los partidos necesita de cierto decoro, de cierta impostura sobre las relaciones entre sus dirigentes, para poder sostenerse. El descarnado exhibicionismo con que se están librando las discrepancias en el seno del PP, una de cuyas máximas expresiones fueron las aceradas críticas a Esperanza Aguirre que le han costado la suspensión cautelar de militancia al vicealcalde de Madrid, ya no sólo afecta a la mínima cohesión que precisa cualquier partido con aspiraciones de gobernar; o a la fortaleza del liderazgo de Mariano Rajoy.
El pulso interno, proyectado además en dos terrenos distintos -las implicaciones del 'caso Gürtel' y la eternizada bronca en Madrid-, condiciona ya en estos momentos un aspecto tan sensible y decisivo como el crédito para dirigir las instituciones, cuando quienes las encabezan se han convertido bien en un engorroso problema para el partido; bien en un ariete contra su presidente; bien en el territorio propicio para dirimir animadversiones personales. El tirón del PP en Madrid y Valencia, favorecido por la atonía socialista en ambas comunidades, permite aún a los primeros disponer de un mullido colchón electoral con el que tratar de aplacar el alcance de sus disputas.
Pero a estas alturas, Rajoy se enfrenta a una situación endiablada. Porque, por una parte, necesita hacer valer su autoridad al frente del partido, sacando a pasear, incluso, el fantasma de la exclusión de los revoltosos de las listas electorales; y, por otra, debe impedir que, al amonestar a quienes gestionan las instituciones, quede en entredicho la propia capacidad del PP para salvaguardarlas de sus zozobras internas. Rajoy no tiene una alternativa articulada enfrente, pero sus expectativas de desbancar a Zapatero necesitan la valiosa bolsa de votos de Madrid y Valencia: un total de 37 escaños al Congreso en las últimas generales y una distancia con los socialistas que, aunque insuficiente en el escrutinio global, sirvió para contrarrestar, por ejemplo, buena parte de la ventaja del PSOE en Andalucía.
El resto de 'barones' territoriales se han cargado de razones para sentirse disgustados. Pero ninguno de ellos, por muy relevantes que sean, atesora el poder y la influencia -real y simbólica- que han acumulado los populares en las dos comunidades en las que Rajoy no puede permitirse flaquear si pretende mantener sus opciones electorales.