E n la época actual no nos damos cuenta de la importancia que tuvieron en su día las cerillas, también llamadas fósforos y mixtos. Pero yo, que he vivido la época de las cerillas -no la anterior, que no llego a tanto-, puedo calibrar lo que tuvieron que ser aquellos años en que aún no se habían inventado. ¿Cómo se las arreglaban nuestros ancestros para producir un elemento tan necesario en sus hogares como era el fuego? ¿Cómo hacían lumbre nuestras bisabuelas o nuestras tatarabuelas en aquel hogar donde el fuego era la única fuente de energía que existía entonces para guisar y calentar? Es algo que no logro imaginar.
Don Ricardo Guelbenzu me ha enviado un magnífico libro que ha escrito dedicado a los «fósforos de Cascante que se encienden al instante» (era el eslogan de aquellas cerillas), en el que hace la historia de su familia y de su industria cerillera que tanta importancia alcanzó en Cascante y aun en España entera.
¿Cómo se inventó la cerilla? Según leo en el libro, fue de la misma forma que la penicilina, es decir, por casualidad. Allá por el primer tercio del siglo XIX, el inglés John Walker, propietario de una farmacia en Stocktonon On Tees, se encontraba en su laboratorio buscando un nuevo explosivo y al remover una mezcla química con un palito, observó que en extremo de este había quedado una gota en forma de lágrima. Para eliminarla la frotó contra el suelo de piedra y ¡Tatachaaan! El palito comenzó a arder. ¡Había nacido la cerilla!
Lo mismo le ocurrió a Fleming con el famoso moho que dio origen al increíble mundo de los antibióticos, aunque según he leído, el autentico artífice de la penicilina, el que la hizo posible de manera práctica generalizando su fabricación, fue un doctor apellidado Florey, que obtuvo el premio Nobel junto a Fleming. Pero esa es otra historia.
Tras la experiencia de Walker, la cerilla se perfeccionó, se comercializó, se fabricó y nuestras madres, abuelas y bisabuelas pudieron encender la lumbre del hogar, día tras día, con la facilidad que supone, sencillamente, rascar un palito contra una lija.
Hoy no nos damos cuenta porque la lumbre ha desaparecido ya y los edificios se construyen sin chimeneas, pero eso no resta ningún mérito al invento de John Walker, que se pudo calificar en su tiempo de sensacional.