La España actual no sería la que es sin Sabino Fernández Campo, fallecido en la madrugada del pasado lunes al complicarse con una insuficiencia respiratoria el problema intestinal del que acababa de ser operado. Hay muy pocas personas cuyo papel haya sido tan relevante; apenas un puñado de personalidades que en la Transición y después movieron resortes, aunaron voluntades y despejaron amenazas involucionistas. La aportación de esos 'elegidos' dio el resultado que conocemos tres décadas más tarde.
El que fuera secretario general (1977-1990) y jefe de la Casa del Rey (1990-93) estuvo de una manera u otra en todos los guisos en los que se decidió el futuro del país, en aquellos años en los que la salida del túnel del franquismo pendía de un hilo. Un paso por detrás, nunca en primer plano, pero poco se movió sin su conocimiento. «¿Lo sabe Sabino?» y «¿qué dice Sabino?» eran preguntas obligadas ante cualquier jugada en el incandescente tablero político de la Transición. Cuando llegó al puesto clave como sombra del Rey, su currículo ya imponía respeto. Pocos como él tenían tantas claves para interpretar los pulsos de una sociedad en tránsito y también de las fuerzas subterráneas, políticas o castrenses, que empujaban en un sentido y en otro.
Hijo único de un próspero comerciante ovetense, estudió Derecho en la capital asturiana con idea de ingresar en el cuerpo diplomático. La Guerra Civil se interpuso y le encaminó al Ejército. Se integró en el cuerpo de Intervención Militar, del que llegó a ser general, además de profesor y jefe de estudios de la Academia de Interventores del Ejército.
Diplomado en Economía de Guerra en Estados Unidos, en diciembre de 1975, ya muerto el dictador, fue designado subsecretario de la Presidencia del Gobierno formado por Carlos Arias Navarro, y un año después subsecretario del Ministerio de Información y Turismo (1976). En 1977, Don Juan Carlos le escogió personalmente como secretario general de su Casa. Sustituyó en el cargo al general Armada, ulterior golpista. Fue una de las mejores decisiones del Rey, sin duda.
Ya en la Zarzuela, Sabino empieza a apuntalar los inestables cimientos de una monarquía bisoña y, al fin y al cabo, heredera del franquismo. Timoneó junto a Adolfo Suárez y otros hacia la democracia. Y lo hizo a su modo, discreto y eficaz, desde la trastienda, con ojos y oídos hasta en la nuca. Su momento más crítico fue el intento golpista de 1981. Ese 23-F de infarto en el que contribuyó a desmontar la trama militar y liberar a un Congreso secuestrado por el coronel Tejero. En esas horas angustiosas pronunció su frase más famosa. «Ni está ni se le espera», respondió al general Juste, que telefoneaba a la Zarzuela para saber cuándo llegaba el 'cerebro' del golpe, Alfonso Armada, sobreentendiendo que Don Juan Carlos lo secundaba.
Respuestas
Desde entonces se tejió alrededor de Sabino un aura de intriga sobre lo que conocía y callaba de aquel momento. Él, con guasa, admitía saber algunas «cosillas» más que el común de los mortales, pero ningún gran misterio, decía. Pocos le creían, claro. Junto al sentido de Estado y la coherencia, el rasgo más singular de este asturiano sabio fue un insólito equilibrio entre reserva y sinceridad. Sabino Fernández Campo era un hombre discreto que, asombrosamente, jamás dejó una pregunta sin contestar. Sobre el 23-F, sobre su relación compleja con el Rey, sobre cualquier tema.
Decía algo sin decir casi nada, con habilidad funámbula para salir airoso, elegante y sin traicionarse en ningún renuncio. Tras su cese en 1993, después de tres años como jefe de la Casa del Rey, dejó que corrieran ríos de tinta sobre el distanciamiento de Don Juan Carlos. Admitió que no se esperaba el retiro aunque hubiese superado con creces -tenía 75 años- la edad de jubilación. Reconoció algunas «diferencias de criterio», que «no discrepancias», con el Monarca. Y siempre defendió que no habría sido leal al Rey si le hubiese dicho siempre 'amén' a todo. Sabino ejerció de cortafuegos entre Don Juan Carlos y algunas amistades oportunistas, deseosas de entrar en la Zarzuela con intenciones poco claras. Ahí creyeron ver muchos el motivo del 'divorcio' entre el leal consejero y el Rey, cansado quizá de tanta tutela.
Conde de Latores y grande de España desde 1992, estuvo casado con Elena Fernández-Vega Diego, que falleció en 1993 y con la que tuvo diez hijos. Coqueto e impecable siempre, era un gran conversador, divertido y admirador de las mujeres inteligentes. En 1997 se casó en segundas nupcias con una de ellas, la periodista y escritora María Teresa Álvarez. En los últimos años se le veía en paz y hablaba del perdón como la mejor de las «venganzas». Se sabía ya en el tiempo de descuento. En algún lugar dejó dicho que la muerte era el momento crucial porque «sólo sucede una vez en la vida». Y además es para siempre.