C omo hoy es sábado, les recomiendo que se queden con la versión optimista. El paro no empeora. Entre el tradicional empujón del verano y los benéficos efectos de la 'respiración asistida' que proporciona el Plan E han conseguido mantener la cifra en los valores anteriores. Pero, a cambio, les rogaría que el lunes recuerden que el paro no mejora; y ya saben que cuando los enfermos graves se estancan, en realidad, su salud empeora. Los resultados obtenidos no son buenos, pero, la verdad, cabía esperarlos peores. Sobre todo, tras las declaraciones del ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, que fueron muy pesimistas; las recientes de la vicepresidenta Elena Salgado, que esta semana nos advertía de los rigores que el invierno impone siempre al empleo; e, incluso, las del portavoz del PSOE, José Antonio Alonso, que ayer mismo se apuntaba a la agonía previsora.
Vivimos una época de enorme incertidumbre. Hay un consenso general a la hora de asegurar que hemos superado los peores episodios de la crisis. Pero luego existen discrepancias acusadas tanto sobre la proximidad como sobre la intensidad de la recuperación. Las noticias que nos vienen del exterior son halagüeñas y son mejores cuanto más lejano es su origen. Países como China, India o Brasil lo van a hacer relativamente bien, recuperando casi los ritmos de importante crecimiento registrados durante los años de la bonanza. Europa también va a lograr tasas positivas, de tamaño apreciable, lo que resulta esperanzador dado el volumen absoluto de sus economías. En España no sabemos. Con estas cifras de paro, el consumo no puede mejorar y con estos niveles de inversión, la competitividad exterior necesaria para aprovechar su recuperación está en entredicho.
Ése es el verdadero problema. El registro del paro es la consecuencia de la baja actividad, pero las causas hay que buscarlas en un mercado interior esclerotizado y en una aparente incapacidad para competir en la exportación. Y ésa es nuestra mejor esperanza. Casi nuestra única esperanza. Mucho mejor que ayudar a paliar las secuelas del desempleo es dirigir todos los esfuerzos públicos y privados a asegurar la competitividad de nuestras empresas, pues será la única manera de garantizar el futuro de nuestro bienestar. Si lo logramos, el paro se arreglará después él solo.