E stos son momentos muy duros para las familias de los tripulantes del 'Alakrana', sometidos a los avatares de una prolongada negociación con los piratas que ni es diáfana ni fácil de comprender en su complejidad. Y lo más tentador, y a la vez lo más irresponsable, es echar las culpas de la situación a quienes gestionan esa compleja negociación, sea al armador del buque, al Gobierno, o a los servicios de inteligencia, como si alguno de ellos no estuviera haciendo todo lo que puede para poner fin al secuestro. Esa culpabilización, en ocasiones, es consecuencia no de una intención directa de provocarla, pero sí de una cierta irresponsabilidad en el tratamiento público del asunto.
Seguir afirmando que la negociación de un rescate pirático es un fácil asunto que se lleva a cabo en un despacho de abogados de Londres es una irresponsabilidad porque, además de ser plenamente falso, provoca en las familias la reacción lógica de desconfianza e indignación: si es tan fácil y sencilla, ¿por qué se pierde tanto tiempo en este caso? ¿Por qué no se soluciona el asunto de una vez? Pero hace ya muchos años que los rescates no se negocian ni pagan en Londres ni en ciudad europea alguna, y quien venda a la opinión pública esa imagen está jugando a provocar frustraciones humanas.
¿Por qué es tan complejo el proceso? ¿Por qué de repente se detienen los contactos? ¿Por qué no se les paga lo que piden y se acabó? No lo sé, como es obvio, pero sospecho que tiene mucho que ver con el hecho de que no existe algo así como una banda de piratas jerárquica y orgánicamente institucionalizada con la que se pueda negociar, pagar y terminar, como si fuera comprar un coche. Ésta es la imagen falsa que hay que desterrar: allí no hay una organización, ni un jefe, ni un responsable. Lo que hay es un borroso magma pirático escasamente cohesionado, compuesto de muchas piezas débilmente coordinadas: los piratas que han asaltado el buque, los que les han financiado, los jefes de la costa que amparan ahora al pesquero, los señores de los clanes o facciones implicados, los mediadores, las bandas competidoras, los que miran para otro lado, los que venden protección a los piratas. ¡Y todos ellos tienen que ponerse de acuerdo en su participación final en el rescate que se vaya a cobrar antes de fijarlo y recogerlo!
Cuando durante días desaparece cualquier contacto con los mediadores no es que algo se esté haciendo mal por la parte española, sino que las piezas de la parte somalí están intentando afanosamente ponerse de acuerdo entre ellas. La experiencia de casos anteriores avala esta complejidad que, por otra parte, no debería ser tan difícil de entender para nosotros, pues es parecida a la que ha hecho siempre imposible poner fin a la violencia terrorista llegando a un acuerdo con los que mandan en ETA: que allí no hay una dirección orgánica capaz de llegar a ese acuerdo.
También resulta altamente especulativo, y un tanto irresponsable, presuponer que la detención de dos de los piratas por la Armada (algo en sí mismo muy poco reflexionado) supone un escollo para la solución del caso. Podría ser así, pero también podría ser un hecho neutro e indiferente. Se supone alegremente que la banda se preocupa por la suerte de estos dos hombres, como si fuera un grupo solidario y unido, cuando es muy posible que a nadie en Somalia le preocupe particularmente el futuro de los dos detenidos. O que incluso consideren la detención como algo bastante beneficioso para ellos en el terreno personal, dado que han ingresado en un país desarrollado donde podrán obtener una vida mejor que en su país de origen.
Insisto, cuando están presentes sentimientos en carne viva, lo mejor es aplicarse una máxima de precaución: «De lo que no se sabe, no se debe hablar».