L a pulga es un diminuto insecto díptero que no tiene alas pero posee unas potentes patas traseras con las que da unos saltos rápidos e inverosímiles. Lo sé por experiencia, porque me tocó en mis años infantiles y juveniles convivir con la pulga casera, una plaga que, al igual que la chinche, yo creí que había pasado ya a la historia. Es posible que la chinche ya sólo sea un recuerdo, pero la pulga parece que no, que sigue dando la lata.
En San Ignacio existe una consulta veterinaria que, aparte de atender y curar animales de compañía, es también un comercio polifacético con un auténtico muestrario de artículos, incluidos los gatos. Hace unos días, al pasar por su escaparate, me sorprendió un cartel que decía 'Tratamiento de las pulgas caseras'. Y, como soy curioso por naturaleza, entré a preguntar si era cierto que aún quedaban pulgas en las viviendas y me dijeron que sí, que había muchas.
Sin embargo, parece que el imperio de la pulga, que tuvo su máximo auge en la posguerra, no se ha extinguido y todavía hay hogares en los que siguen dando la lata. Y no vean ustedes la molestia que es tener una pulga entre la ropa. Sobre todo los hombres, que hemos sido siempre unos inútiles intentando matar una pulga.
Fue la caza de este díptero el que marco el cambio de signo en la superioridad masculina, en aquellos tiempos del patriarcado cuando los maridos tenían todos los derechos y las esposas ninguno. Pero en cambio a la hora de cazar una pulga entre la ropa de un hijo pequeño, teníamos que inclinar la cerviz y reconocer la superioridad femenina. Una superioridad que yo calificaría de aplastante.
Las mujeres tenían una habilidad increíble para detectar y eliminar una pulga. Eran capaces de saber que el hijo pequeño tenía una por la forma de llorar, eran capaces de localizar el bicho (que mide dos milímetros) a ojo y con la rapidez del relámpago colocaban el dedo sobre el bicho, lo frotaban para que quedase como anestesiado y después, colocándole sobre la uña del pulgar de la mano izquierda, lo despachurraban con un chasquido, prensándolo con la uña del pulgar de la mano derecha. Todo en un santiamén, visto y no visto.
¿Conservaran las nuevas generaciones esta habilidad? Eso lo tendrán que decir las nuevas generaciones de pulgas.