Y a les conté no hace mucho la aventura que vivieron mis vértebras cervicales cuando volvía en taxi del periódico a mi casa. Ahora el Ayuntamiento está sembrando a voleo esos pasos de peatones resaltados y en el recorrido por la carretera de Zumalacárregui, tuvimos que pasar por encima de casi una docena de esos resaltes y en cada uno de ellos mis huesos bailaron un rock de los duros. Menos mal que pude improvisar un método de emergencia agarrándome con una mano el cuello y con la otra una manilla del coche.
He vuelto hace unos días al periódico en coche y me he dado cuenta que los resaltes del pavimento están proliferando de forma increíble. Me dio la impresión de que los hay en todas las calles. O en casi todas. De este dato no estoy muy seguro, porque a veces me dejo llevar por la exageración. Yo no protesto por los resaltes: me parecen oportunos y cumplen una misión. Lo que me molesta es que no se haya establecido desde su principio una norma oficial para que los resaltes en cuestión sean todos iguales y favorezcan a los peatones sin perjudicar a los vehículos. Da la impresión de que nadie se ha preocupado de estudiar su perfil y cada cual los ha construido como Dios le dio a entender y sin ponerse de acuerdo.
Hay resaltes que cumplen su misión sin que los coches tengan que dar un salto, aun reduciendo la velocidad, que es otra de las finalidades de dichos resaltes. En cambio los hay con un perfil que obliga al coche casi a pararse para trepar por un lado y descender por el otro a paso de tortuga si no quiere que paguen el pato las vértebras de los pasajeros y los amortiguadores del coche. Compadezco a los que tienen que recorrer las calles a diario. Yo supongo que estos conductores tienen los huesos a prueba de zaranderos. Lo de los amortiguadores ya es otra cuestión.
Me contaba uno de mis compañeros de trabajo, que es también aficionado a la apicultura, que tuvo que transportar una colmena en su motocicleta y a pesar de llevarla bien atada, las pasó canutas para evitar que las abejas se cabreasen y armaran un zafarrancho capaz de volcar la colmena y salir de su recinto a tomarse cumplida venganza en el vecindario. Por fortuna, mi compañero pudo salvar los resaltes casi de puntillas y se evitó la catástrofe apícola.