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H oy mi comentario va a ser una auténtica tertulia, porque conversaremos sobre diferentes temas. Y comienzo recordando el discurso del inefable Pepe Isbert desde el balcón del Ayuntamiento en la película 'Bienvenido mister Marsall'. Aquel discurso en el que repetía la frase «Como alcalde de este pueblo os debo una explicación». También yo, como firmante, os debo una explicación a cuenta del comentario que hice sobre dos helechos urbanos, el de la calle Elcano y otro nuevo que había visto en un sumidero de Doctor Areilza. Si algún lector intentó buscarlo no lo pudo encontrar, porque el pobre helecho había salido en un lugar tan inverosímil que se lo llevó una barredora mecánica. Lo siento porque era un ejemplar que demostraba la protesta de nuestra flora para resistir a toda costa la invasión del hormigón.
Hablemos ahora de uno de esos folletos que incluye nuestro común periódico entre sus páginas. Pertenece a una firma de muebles por elementos y entre sus modelos encontré uno en el que se vendían los muebles en paquetes planos. La finalidad de este sistema era doble; por un lado, el ahorro (ahora todo el mundo ofrece ahorros). Y por otro, una ventaja curiosa, porque con esos paquetes el vendedor puede reducir los viajes, con lo cual se reducen las emisiones de CO2 que producen los camiones de reparto. Miren por donde también la reducción contaminante se ofrece como ventaja en la venta de muebles. Pasemos a otra cosa
Les he hablado a ustedes más de una vez de que el metro, con ese ejemplar sistema de accesos a los andenes (y subrayó lo de ejemplar por experiencia propia), aparte de su utilidad especifica, está fomentando en la juventud el virus de la vagancia. Les he ofrecido muchos ejemplos vividos por mi, pero el que presencié hace unos días me dejó perplejo. En la estación de San Ignacio, cuando salía del ascensor que por necesidad utilizo para subir del andén al vestíbulo, me encontré esperando el ascensor a un jovenzuelo tomándose indolentemente un refresco. Sin duda, el muchacho se asomó a las escaleras y, pensando que bajar aquellos dos tramos equivalía a un descenso del Everest, optó por la seguridad del ascensor. Eso, en términos humanos, se llama instinto de conservación. Yo, en cambio, suelo llamarlo vagancia pura.
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