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Esplá se va con torería pero sin pompa
El maestro alicantino, en su última corrida.
L a última corrida de Esplá. En la misma plaza donde toreó en mayo de 1976 la primera. Treinta y cuatro temporadas en el frente. Veinte de ellas, en primera línea. Una ovación de salida, que Esplá compartió con Ponce y Perera. Otra ovación de despedida, que, liquidado un festejo de casi tres horas y siete avisos, fue bastante más sonora. Esplá tomó emocionado el portante pero salió de escena muy deprisa. Ni tomó el puñadito de arena que se besa ni se erigió a sí mismo una estatua ni siquiera se cortó la coleta. Le espera una breve temporada en América. Su hijo Alejando pretende emplazarlo para que en primavera le dé la alternativa. Lo que sea.
Esplá tuvo el gesto antiguo de brindar el primer toro a su cuadrilla; el otro toro se lo brindó a su señora esposa, en el tendido.
Esplá toreó templadamente de capa al primer toro, friote pero empapado en el vuelo de lances despaciosos. Al cuarto también le pegó Esplá a gusto cinco lances de caro son. Nada sencillos, porque el toro, de 615 kilos, era de cuello y quilla descomunales y tuvo de partida la desgana clásica del encaste Atanasio. A los dos les puso banderillas sin hacerse de rogar. Dos cuarteos, uno por cada mano, y un gracioso violín en el primer turno. En el segundo, un extraordinario primer par de poder a poder, un segundo al violín como un respiro y un tercero de ataque precipitado y sólo un palo clavado.
El primero de los dos toros del adiós fue tan áspero como frágil. Agarrado a la barrera -homenaje a Luis Miguel-, Esplá abrió con dos espléndidos muletazos librados por arriba pero sin escupir al toro. Los cosió a cuatro saliéndose a la raya. El del desdén que abrochó tanda, embraguetado, fue puro ritmo. No empujó el toro ya más. Pinchazo, media, tres descabellos.
En la faena del cuarto, algo desatendida porque los tres avisos a Perera en el tercero lo habían torcido todo, Esplá se atuvo a rigor. Manso el toro, lo trató amablemente. Firmó un cambio de mano y un farol muy propios, y, en la suerte contraria, pinchó con más fe que acierto. Tres veces. Cuatro descabellos. Un aviso. Y fin. O casi. Pues, azares del destino, al sexto le hizo un quite antológico.
El resto de corrida no fue una anécdota. Por la mano derecha, Ponce toreó con convincente suavidad y precisión algebraica al primer toro pero le faltó la guinda de una tanda de verdad ligada con la izquierda. Perera se atragantó con la espada en el tercero, tal vez no oyera el primer aviso porque se solapó con la música de un pasodoble y, después de seis descorazonados ataques con la espada, tuvo que renunciar. Un baldón. Ponce brindó a Esplá la muerte del quinto, que fue de nones. Y Perera se empeñó con un sexto distraído y desganado casi tanto como con el sobrero tercero. ¿La espada? «Tenemos un problema...».
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