la crisis actual nos apresó con el endeudamiento exacerbado. La burbuja se infló durante una década y lo hizo con tal ansia que atropelló la prudencia y arrasó la cordura. La primera víctima del desmadre fueron los precios de los activos, que alcanzaron alturas de vértigo. Pero nada asustó a los inversores, incapaces de aplacar sus desbocadas ambiciones de riqueza. Tampoco fueron un obstáculo las limitadas fuerzas reales de los agentes económicos. Muchas personas y no pocas empresas, deseosas de participar en la fiesta del crecimiento inagotable y ante la ausencia de recursos propios, se lanzaron, sin la debida reflexión, a pedir prestados los dineros de los que carecían.
La marea subió atraída por el irresistible influjo de unos tipos de interés jibarizados, navegando por océanos de liquidez. Las entidades financieras nunca decían 'no' a cualquier petición, por descabellada que fuera, e incluso animaban al indeciso con ofertas irrenunciables. Sin darse cuenta, el endeudamiento traspasó las fronteras de la mesura y se adentró en los prados de la locura. El desenlace final lo conocen de sobra. Más bien, lo padecen de lleno. Cuando revienta la burbuja y se desinflan los precios, la necesidad de desapalancar los bolsillos de los ciudadanos y los balances de las empresas pasa a ocupar el primer lugar en la escala de las preocupaciones. Los compradores se desvanecieron en el sector inmobiliario y sólo aceptaban precios de derribo en el mercado de valores.
Por eso, vender donde exista un mercado con contrapartidas y ahorrar donde quede renta disponible son los 'mantras' del presente. El sistema ha tomado nota. Los bancos y las cajas refuerzan sus fondos propios con ampliaciones de capital, emisiones de preferentes y reducciones de dividendos. Las personas individuales, simplemente, ahorran. Los últimos datos son muy significativos. La tasa de ahorro alcanza niveles récord y se va hasta el 24% de la renta disponible. ¿Es bueno este comportamiento? Como suele ocurrir, es exagerado. Hemos abandonado el club de los manirrotos para ingresar en la orden de los frugales, pero a tal velocidad que, por el camino, hemos destrozado el consumo.
La economía es una ciencia débil, pero es la ciencia de la ponderación. Hemos hecho mal. Veníamos de una situación desquiciada y nos vamos a otra desequilibrada. Así que ya lo saben. Si lo necesitan y les alcanza, ahorren para recomponer su situación financiera. Pero, si se lo pueden permitir, consuman por favor. Sin sus compras no habrá ventas; y, sin ellas, no habrá actividad ni empleo. Venga ya, anímense, la Navidad está cerca.