¿Quién no ha sufrido alguna vez la mala suerte de pisar una baldosa suelta y acabar con todo el pie mojado? Pocos vitorianos pueden presumir de no haberse topado nunca con estas inesperadas losas pues raro es el barrio que se salva de baches, desniveles o huecos en sus aceras. EL CORREO ha recorrido, con la orientación de las asociaciones vecinales, una docena de calles deterioradas para conocer sobre el asfalto los puntos negros de la ciudad. Conclusión, queda trabajo por hacer sin menoscabo del arduo trabajo y la importante labor que realizan las Brigadas de Acción Inmediata (BAI).
Basta con acercarse al centro de Vitoria para engrosar esta lista de vías dañadas. Los transeúntes pueden encontrar decenas de baldosas resquebrajadas en un pequeño paseo por Postas, entre la Virgen Blanca y Fueros, aunque muchos ven «normal que estén de esta manera si no hacen más que pasar furgonetas y camiones por aquí», razona Andrés Aguirre frente a la entrada a la plaza de España. «Es increíble que a pocos metros del Ayuntamiento se puedan ver tramos así», lamenta una mujer con la vista puesta en una alcantarilla a la que le faltan varios trozos de losa alrededor.
Los adoquines de San Prudencio tampoco presentan una cara mejor -hay pedazos sueltos- aunque varias vallas de las BAI indican que los operarios se han encargado de mejorar la imagen de la vía a la altura de 'El Caminante'. «A ver cuánto dura» es la opinión generalizada de quienes pasan por encima de las planchas metálicas. En Diputación no hay rastro de ninguna mejora y los problemas se concentran en la parte central de la calle, donde se pueden contar más baldosas en mal estado que en buenas condiciones.
En otros rincones de la ciudad ni siquiera hace falta hacer un recuento de los fallos pues «el problema es evidente». Así de contundente se muestra Francisca Cortés en el acceso a La Esperanza por Francia, donde el desnivel es «cada día más pronunciado». La zona fue reurbanizada por la Diputación tras la apertura del Artium en 2003 -y en una segunda ocasión en 2004- pero la reforma no acabó con los huecos entre las baldosas ni con su escasa fijación al suelo.
Pero las losas no son siempre las culpables de los resbalones, los tropiezos y hasta «alguna caída», como la que sufrió un viandante en Fray Fermín Lasuen en el invierno pasado, recuerda Fernando Cuesta, presidente de la asociación de vecinos Iparralde-Zaramaga. En algunas ocasiones, las quejas llegan precisamente por la falta de adoquines. Tramos de calles como Antonio Machado, Errekatxiki o Portal de Castilla presentan el denominado asfalto fundido o brea en el que han aparecido «baches como pelotas de golf», explica Esther Delgado apostada en Ramón y Cajal, entre Paseo de la Senda y Florida.
«Como hace 30 años»
La sensación de «dejadez» invade también a los residentes en Sansomendi. Una de sus vías principales, Paula Montal, que abarca seis bloques de edificios, tres colegios y una iglesia, «no ha sido nunca renovada», denuncia Milagros Marcos, que llegó hace 34 años al barrio. «No ha cambiado nada desde el día que vinimos y las únicas calles que están mejor son las que se han urbanizado después», critica. «La mayoría de las baldosas se pusieron en los años setenta», apostilla Julio Baiceredo, tesorero de la asociación Huetos-Montal.
Los vecinos, cansados de evitar los adoquines dañados, apuestan por el llamado asfalto impreso en próximas reformas -se usó en General Álava-. «Las baldosas de siempre no sirven. Hoy les echan un poco de pegamento y mañana ya están levantadas», advierte Ana Osaba, portavoz vecinal de Ariznabarra.