«Unos cuantos vecinos nos apoyaron en voz baja. Venían a hablar con nosotros, pero miraban hacia atrás antes de contarnos nada para asegurarse de que nadie les escuchaba. 'Animo, chavales, estamos con vosotros. No os rindáis', nos decían. Pero en voz baja, casi en un susurro». Jokin, un ertzaina destinado en Ondarroa desde hace varios años recuerda así los primeros días después del atentado. El 21 de septiembre del año pasado un coche bomba de ETA arrasó la comisaría de la localidad vizcaína y sólo el azar evitó que la brutal detonación convirtiera ese rincón del pueblo en el escenario de una matanza. «¿Que cómo me sentí entonces?», se pregunta Jokin.
El próximo 14 de octubre el propio lehendakari Patxi López reinaugurará el centro policial, cuya reconstrucción ha costado dos millones de euros. La base, pintada ahora en un extraño color rosa palo, ya no es el escenario de guerra que parecía aquella mañana del 21 de septiembre. Ese día, el motor del coche utilizado para cargar 120 kilos de explosivo apareció entre las ruinas del tejado de la base. La carrocería fue recuperada por buceadores en el fondo de la ría cercana. Once personas, seis de ellas ertzainas, resultaron heridas y quinientos vecinos presentaron denuncias por los daños sufridos. La explosión proyectó los cristales blindados de las ventanas hacia el interior de la comisaría como si se tratase de cuchillos.
«Guillotinaron todo lo que encontraronn a su paso. Fue un milagro que no partiesen por la mitad a nadie. Fíjate la potencia que tendrían que algunos de los cristales aparecieron clavados en los pilares de hormigón del edificio», afirma Emilio, otro agente que trabaja en la localidad vizcaína. Tanto Jokin como Emilio recuerdan que, días después del atentado, todavía había personas que se acercaban a la comisaría para poner denuncias porque en los primeros instantes no se habían enterado de los hechos y acababan de descubrir daños en alguno de sus bienes a causa de la onda expansiva. Ambos se encogen de hombros sin saber explicarse cómo un ciudadano puede vivir tan al margen de una acción terrorista. Ellos recuerdan ese día perfectamente. «¿Qué como nos sentíamos?», exclaman.
El atentado fue la erupción de un volcán que llevaba meses enviando señales de alerta. En junio de 2006, tras las elecciones municipales, el ex líder de Batasuna Arnaldo Otegi aseguró que algunos concejales de los partidos nacionalistas en Ondarroa habían mostrado su intención de renunciar a sus actas, ya que la lista ilegalizada de la izquierda abertzale había obtenido ella sola 2.195 votos frente a los 2.557 sumados por el resto de formaciones. Poco después, los ediles del PNVdevolvieron sus actas por las presiones recibidas.
El municipio quedó en manos de una gestora liderada por el propio partido jeltzale, cuyos miembros comenzaron a sufrir un calvario de amenazas, insultos e incluso agresiones. Cometer una masacre de ertzainas, según interpretaron entonces todos los expertos, era la forma que tenía ETA para golpear por vía interpuesta al PNV. Pero los agentes de la base de Ondarroa tenían otras ocupaciones que descifrar en el laberinto vasco.
Robos y palizas
El día del atentado, Emilio y Jokin entraban a trabajar a las seis de la mañana. «Aquí hay un alto porcentaje de gente radical, pero no te comen», precisa Jokin. La preocupación de los dos agentes son las continuas denuncias de robos y, los fines de semana como aquél en el que explotó la bomba, el importante volumen de denuncias por violencia de género. «Afortunadamente, cada vez hay más querellas porque las mujeres ya no se callan para vivir una vida de infierno, como antes. Pero los fines de semana, con el alcohol, hay muchos maridos que la toman con sus esposas. Es bastante duro», explica Jokin. El 21 de septiembre del año pasado debían iniciar una mañana de denuncias por hurtos, peleas y palizas. Pero encontraron su puesto de trabajo arrasado. «¿Que cómo nos sentimos esa mañana?», se preguntan.
El cierre de la comisaría les obligó a trabajar de forma totalmente distinta a como lo habían hecho hasta la fecha. El Departamento de Interior dirigido por Javier Balza comenzó a realizar controles antiterroristas preventivos en los alrededores del pueblo y se reforzó la presencia de patrullas. «Tuvimos un refuerzo tremendo de agentes de las últimas promociones, chavales jóvenes y que se comen el mundo. Esperamos que ahora, al abrir la nueva comisaría, no se los lleven. Aquí, como en todas partes, estamos escasos de personal», afirma Emilio.
La base de Iurreta -que acoge a unidades especiales como la Brigada Móvil- sirvió para montar unas oficinas provisionales que suplieran el cuartel de Ondarroa mientras era reconstruido. Jokin bromea con lo que supuso ese cambio para los vecinos. «Han sido los vascos mejor atendidos por la Ertzaintza. Como no teníamos oficinas hemos tenido que darles una atención personalizada. Bastaba con que nos llamasen para que les marcásemos una cita previa y allí íbamos con una furgoneta de atestados, a la hora que mejor les venía», asegura. Todo ello, en una comisaría que atiende 14 pueblos, entre ellos, Ondarroa, Lekeitio y Markina. Un laberinto de carreteras y caseríos aislados que se extiende desde la localidad vizcaína de Ereño hasta la muga con Guipúzcoa.
En todas esas carreteras, las pintadas a favor de los presos son constantes, así como los edificios con pasquines que reclaman el acercamiento de los reclusos. El propio Ayuntamiento tiene este emblema en su fachada como si fuese un escudo oficial. El 14 de agosto de este año, el pueblo amaneció con centenares de pintadas a favor de ETA y en las que se recomendaba al presidente de la gestora municipal, el peneuvista Félix Aranbarri, que mirase debajo de su coche.
Los técnicos municipales aseguraron que eran tantos los grafitis y tan escasos sus medios que tardarían varios días en borrarlos. Pese a que la Ertzaintza ha realizado este verano intervenciones para retirar fotografías de los presos de la banda, el pasado fin de semana, día del 'gudari eguna', las calles de Ondarroa aparecieron con cientos de fotos de presos. «Nosotros tratamos a toda la gente por igual», asegura Jokin. «Hay gente que sabemos que, bueno, que son de ellos, de los que apoyan las fotos. Pero en el trato diario no hay ningún problema».
«Muy contentos»
El día del atentado, varias de las casas que resultaron destrozadas tenían el emblema a favor del acercamiento de presos en la ventana. Y muchos de los coches destruidos pertenecían a vecinos significados dentro de las movilizaciones de la izquierda radical. «Ninguno de ellos dijo nada. Ni a favor ni en contra. Pusieron la denuncia como uno más», recuerda Jokin. Varios de los ertzainas que iniciaron los trámites para que estas personas recibieran las ayudas correspondientes a las víctimas del terrorismo eran amigos personales de los agentes que habían sobrevivido al atentado, algunos de los cuales todavía padecen secuelas psicológicas y no han podido reincorporarse al trabajo.
«¿Que cómo nos sentimos esa mañana?», se pregunta Emilio. «Pues muy contentos. Cuando vimos nuestra comisaría arrasada y nos dimos cuenta de que todos nuestros compañeros estaban ilesos no nos lo podíamos creer. No esperábamos verlos vivos».