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Economía

04.10.09 -

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La próxima recuperación
JESÚS FERRERO
España se enfrenta a una encrucijada, que nos obliga a elegir entre la senda incómoda del cambio o la inercia de un statu quo que conduce a la decadencia
Uf!, menos mal. Rondó el fantasma de la Gran Depresión, pero pasó de largo. El crecimiento de la economía mundial abandonó los números rojos en el segundo trimestre de 2009. Este punto de inflexión tiene mucho que ver con los masivos estímulos monetarios y fiscales aplicados. Por desgracia el enfermo sigue débil, lo cual significa que en 2010 deberá seguir recibiendo cuidados intensivos. Aún así, los organismos internacionales recomiendan prepararle para el día en que salga de la UVI. Se trata de impedir que las políticas de apoyo se conviertan en permanentes, haciendo que el curso de la deuda pública se torne insostenible. No es tarea sencilla, ya que el déficit público es como la pasta de dientes, una vez que la sacas del tubo resulta difícil volver a meterla. Pero si no lo hacemos, se corre el riesgo de que, al igual que el virus de la gripe, lo que comenzó siendo una crisis financiera mute a una crisis fiscal.
España ha quedado descolgada de la incipiente recuperación que se registra en la economía mundial. Los augurios más optimistas dejan para primavera los 'brotes verdes', lo que posiblemente sea triste consuelo para los condenados a engrosar las futuras filas del paro -a finales de 2010 la tasa de paro puede rondar el 21%-. Esta demora está asociada a los desequilibrios acumulados en la etapa de bonanza, cuya expresión más tangible son el déficit exterior y la burbuja inmobiliaria. Pero también tiene que ver con los errores de un Gobierno que se negó a reconocer la crisis. Esa miopía le llevó a adoptar una política de 'hoy para mañana', diseñada a son de titular de prensa. Así fue desgranando, sin orden ni concierto, 'cheques electorales', subvenciones, ayudas y rebajas fiscales. La consecuencia inmediata de este dislate es un déficit público desbocado, que amenaza nuestra continuidad en el área del euro.
El Gobierno parece decidido a cambiar de rumbo, aunque todavía no está claro hacia dónde. El proyecto de Presupuestos, al recoger un notable aumento de la presión fiscal, deja entrever el fin de las políticas de estímulo. Un giro que algunos consideran prematuro por dos motivos: puede deprimir aún más el consumo de las familias y se necesitan fondos públicos adicionales para sanear un sistema bancario enfermo. La reestructuración de este último sigue inédita por injerencias de las CCAA, algunas de las cuales han amenazado con recurrir el Fondo de Reordenación ante el Tribunal Constitucional. Mientras tanto el Banco de España gana tiempo, permitiendo la existencia de 'entidades zombis', que rehúyen la concesión de préstamos. El problema reside en que una salida de la crisis sin normalizar antes el flujo de crédito es una salida en falso, tal y como demuestra la experiencia de Japón en los años noventa.
A estas alturas más que cuándo saldremos de la recesión, lo que debería preocuparnos es cómo. La OCDE no es muy optimista al respecto, ya que prevé una considerable merma de nuestro futuro crecimiento potencial. Esto significa que la próxima generación tendrá serias dificultades para encontrar empleo, dado que a medio plazo la tasa de paro seguirá siendo muy elevada. El Gobierno pretende rehuir ese escenario, apostando por un nuevo modelo de crecimiento que sustituya al 'ladrillo' (Ley de Economía Sostenible). La paradoja es que lo quiere hacer a golpe de BOE, lo cual no deja de ser pintoresco. El nacimiento de un nuevo modelo tiene un largo período de gestación, y requiere reformas estructurales en numerosos ámbitos. Reformas que el Gobierno no quiere acometer porque su materialización le pasaría factura en las elecciones, lo cual cierra el círculo vicioso en el que penamos.
Nos enfrentamos a un problema económico, cuya solución es de índole política. Nos guste o no, lo cierto es que para recuperar la senda de un crecimiento generador de empleo se precisa acometer complejas reformas. La magnitud del empeño es tal, que ningún gobierno monocolor se atreverá a abordarlas en solitario. Se precisa un pacto de amplio espectro, que mire más allá de las próximas elecciones. Un pacto que trasmita confianza, definiendo objetivos y hoja de ruta. Para conseguirlo, deberemos superar el obstáculo de la fragmentación del poder político que resulta de un Estado en transición, a caballo entre el modelo federal y el confederal. Asimismo, habrá que desterrar el clima bélico que rodea a los partidos, haciéndoles esclavos del más corto plazo. España se halla en una encrucijada histórica, que nos obliga a elegir entre la senda incómoda del cambio, o la inercia de un statu quo que conduce a la decadencia.
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